La Paz, ciudad de maravilla


 

La Paz es, sin lugar a la menor duda, una ciudad de maravilla, como ha sido definida por un organismo internacional y con base en encuestas a nivel internacional y nacional. Sin embargo, esa realidad tiene algunos aspectos contrarios que no son bien conocidos y de los cuales los paceños van adquiriendo conciencia plena.

Entre las maravillas que encierra esta ciudad está la montaña mágica del Illimani, que es una de las más hermosas del mundo, y cuya presencia varía a todas horas del día, crece y decrece, brilla como un diamante, cambia de color y aparece desde un color oscuro matinal, hasta el rosado del atardecer, espectáculo realmente increíble de cada día, aunque dura menos de cinco minutos.

Goza de alimentos propios variados y en los meses de verano aparece una gran variedad de frutas deliciosas, empezando por damascos, peras, guindas, mangos, duraznos, manzanas, plátanos, hasta terminar en las ulupicas que cierran la temporada con su delicioso picante.

Se puede citar otros numerosos encantos, pero como todo tiene su reverso y junto al lado positivo existe inevitablemente el lado negativo. La Paz tiene otros valores que reconocen los turistas. En efecto, el paceño vive en la altura de más de tres mil metros sobre el nivel del mar; experimenta fríos y calores variables desde la mañana a la noche; tiene que subir y bajar calles empinadas; soporta bloqueos de comerciantes o choferes.

El paceño aguanta marchas callejeras de gremios protestantes, así como otras acciones, por ejemplo el estallido de cargas de dinamita, la profusión de gases en algunas oportunidades; así mismo debe aceptar la creciente contaminación del aire con gases de motores, humo de fábricas, bocinazos, pitos, gritos de voceadores y algo notable, la presencia de comparsas de barrios que paralizan el tránsito no se diga una vez al año, sino decenas de veces de enero a diciembre. También soporta la presencia de puestos callejeros, ya no por decenas sino por miles; las marchas partidarias, las sirenas de las ambulancias, el pésimo estado de muchas aceras de la ciudad, las calles sucias, las paredes pintadas de grafitis…

En medio de tantas maravillas, los pobladores de esta ciudad viven sin darse cuenta de que para soportar tantas dificultades se necesita tener una salud a prueba de enfermedades y accidentes, así como un espíritu capaz de no ser víctima de un ataque de neurosis, un organismo resistente a las inclemencias del tiempo, a las diferencias geográficas, a la presión política de organismos oficiales y extraoficiales y otros muchos problemas que, además, no se presentan en forma aislada sino que actúan en conjunto.

Realmente, no sólo la nuestra es una ciudad maravilla, sino en especial los paceños son maravillosos, pues, por lo demás, La Paz decide la vida del país y señala el rumbo histórico que debe seguir la Nación, atributo que viene desde la resistencia al bloqueo de tres meses en 1781, el primer grito libertario de 1809, la guerra de los quince años, el decreto de 7 de febrero de 1825, la victoria de Ingavi, el derrocamiento de Melgarejo, las grandes insurrecciones populares de 1899 y 1952 y otros acontecimientos. De todos esos hechos los paceños deben sentirse orgullosos y seguros de que también son maravillosos.

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