Descolonización, un proceso complejo para construir una “sociedad nueva”

Teodoro Salluco Sirpa

En el Siglo XXI los bolivianos debemos preguntarnos ¿qué es la descolonización?, ¿cuánto y cómo hemos avanzado hasta el momento en la recuperación de nuestras identidades?, ¿es posible articular o rechazar en el sistema actual que vivimos? Son algunos interrogantes que nos formulamos, ya que estamos tocando un tema crucial y ello implica analizar y reflexionar de manera responsable y seria.

Al respecto, debemos manifestar que este tema ha sido y es estudiado arduamente por cientistas sociales, es más, se establece debates y discusiones en diferentes espacios de la sociedad. Sin embargo, pareciera que no apuntan al fondo del problema, porque en los hechos no vemos cambios sustantivos en la población boliviana, principalmente en lo material (economía y tecnología) y en la mentalidad social.

Ésta nos advierte que no está resuelto ni es acorde a nuestro tiempo y lo que se ha planteado y aprobado en la Constitución Política del Estado no es suficiente, exige a la vez preocuparse por cómo cambiar las actitudes de las personas y colectividades, de tal manera que la misma población en su conjunto tenga la voluntad y conciencia de cumplir las mismas leyes de la Constitución.

La descolonización tiene su explicación en el proceso histórico de los movimientos y líderes indígenas que fueron luchando incansablemente a lo largo de los siglos y coyunturas, soportando una explotación de 420 o 500 años como decían otros. En la colonia se registró un sometimiento total al sector indígena, imponiendo obligaciones más pesadas e inhumanas, como el pago de impuestos, trabajo gratuito y forzado, servicio personal y otros. Esta situación de dominación continuó en la época republicana con los patrones.

Asimismo, la descolonización no emerge casualmente, sino responde a un clamor popular del pasado, exigiendo de generación en generación reconocimiento, liberación, derechos de igualdad, etc. al Estado colonial y republicano. Todos estos logros fueron gracias al derramamiento de sangre, sudor y sufrimiento, no fue un obsequio de los gobiernos nacionales ni de los neoliberales.

Como definición, la descolonización es un proceso que implica dos cosas, recuperar la afirmación identitaria de las naciones y liberar de las formas perversas del capital (desigualdad social, corrupción, contaminación del medio ambiente, etc.). En otras palabras, significa recuperar lo nuestro, es decir conocimientos, saberes, ideología política, economía de nuestras culturas andinas, que están transmitidos hasta hoy, rechazando todas las formas del mundo occidental, como la actitud, pensamiento, cultura material, etc.

Aplicando a nuestra realidad, esta afirmación resulta tanto más discursiva y simbólica porque en la vida diaria que pasamos vemos poca repercusión del caso. Aquí viene lo que plantea Silvia Rivera. “No puede haber un discurso de la descolonización, una teoría de la descolonización, sin una práctica descolonizadora”. En nuestro país se habla frecuentemente por casi dos décadas de este tema, entonces ¿cuál es la respuesta?, unos dirán que es un asunto a largo plazo, otros afirmarán que no estamos tocando el problema de fondo, y finalmente, dirán que es una utopía sin sentido.

Mencionemos algunos aspectos de por qué la descolonización poco o nada de significación tiene. La educación, que es un tema clave para la formación de jóvenes y niños y niñas del presente, para el futuro. Creemos que la inculcación o recuperación de conocimientos ancestrales de nuestras culturas es fundamental, así como enfatizan la Constitución Política del Estado y la ley Avelino Siñani. Si esto fuera así, debería aplicarse con mayor seriedad posible. Cosa que no está sucediendo actualmente.

Señalemos algunos ejemplos concretos: en un establecimiento rural dependiente del Centro Minero de Corocoro, los niños o los jóvenes estudiantes reciben enseñanzas del profesor en el idioma castellano, no en ambos idiomas (aymara y castellano). Otro, un padre de familia que migra a la ciudad, tiene hijos, enseña castellano, viste con ropas compradas del mercado y éstos cuando son jóvenes imitan y adoptan un estilo de vida urbana. En ambos casos, aprender el idioma español e inclusive inglés, por ejemplo, es una necesidad en el mundo globalizado. Pero lo que llama la atención es cómo en este sector rural, la población estudiantil y migrante casi deja de aprender su idioma materno, el aymara, sin tener en cuenta el carácter bilingüe, como señala la Constitución Política del Estado.

En lo económico y ciencia tecnológica, la situación es más compleja, pues hoy ¿quién puede renunciar a la cultura material?, casi nadie. Todos en alguna medida estamos inmersos con estos objetos materiales, a la vez son una necesidad en la vida diaria. Los jóvenes son más inclinados y atentos a adquirir, adoptar y utilizar las innovaciones tecnológicas de nuestro tiempo.

Concluyo con tres recomendaciones sobre la descolonización: a) no tendría sentido hablar de recuperar y recordar nuestros conocimientos ancestrales, la lucha de nuestros líderes, su ideología, etc., si no los aplicamos en la vida práctica de nuestra situación actual; b) corregir algunas leyes de la Constitución Política y los modelos curriculares de la educación básica y superior; c) difundir con mayor intensidad en todo el país a través de seminarios y conferencias para que la gente sepa y plantee soluciones al respecto, porque hasta ahora el tema había sido privilegio de algunos intelectuales, políticos, etc., y no así del conjunto de la población en Bolivia.

El autor es historiador.

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