Los liquidadores

Los soviéticos que murieron “engañados” para evitar el apocalipsis nuclear de Chernóbil

A partir del 26 de abril, más de 600.000 personas se encargaron de contener el núcleo de la central nuclear y de construir un sarcófago sobre el reactor. Acudieron sin saber a qué se enfrentaban realmente y con unas protecciones insuficientes.


Un ejército de “voluntarios” en el tejado de uno de los reactores y, desde allí, recojen y arrojan escombros al núcleo del reactor 4 para sellarlo.
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Entre 600.000 y 800.000 personas. Una “fuerza” 20 veces mayor que el ejército que partió junto a Napoleón Bonaparte para conquistar Egipto y 6 veces superior a la cantidad de aliados que desembarcaron en las playas de Normandía el Día D. Ese es el número de soviéticos que, a partir del 26 de abril de 1986 y -tras la explosión del reactor número 4 de Chernóbil- fueron convocados por el gobierno para ayudar a sellar aquel infierno nuclear. Fueron llamados los “liquidadores” y, aunque muchos de ellos sabían a lo que se exponían, a otros tantos se les reclutó con falsas promesas de riquezas o con la posibilidad de librarse del servicio militar en Afganistán. Fueron, en definitiva, “engañados”, pues tampoco se les informó de lo que -en aquellos años- se creía que la radiación podía hacer en su cuerpo.

El infierno nuclear de estos hombres (así como la de los pilotos y los bomberos que acudieron a la central) comenzó después de la explosión acaecida en el reactor número 4 de Chernóbil -sucedida a la 1:23 de la mañana-. Para empezar, por la ingente cantidad de escombros incandescentes y altamente radiactivos que volaron por el cielo de Ucrania y cayeron sobre la tierra desnuda ubicada cerca del gigantesco edificio. La mayoría de ellos, como bien señala el doctor Renato Radicella en su dossier “Chernóbil, los hechos” (de la Comisión Nacio-nal de Energía Atómica) fue-ron trozos de la estructura, combustible y pedazos de gra-fito. Todo ello, mientras el interior del núcleo bullía a más de 3.000 grados y las llamas se extendían por varias salas de la central.

“Los restos del núcleo que no fueron expulsados por la explosión queda-ron expuestos a la atmósfera. (...) La (“nube”) formada por humo, productos radiactivos y escombros se elevó hasta una altura de aproximadamente 1000 metros. Los componentes más pesados se depositaron rápidamente en las proximidades de la planta, mientras los componentes más livianos, incluyendo los productos de fisión, fueron arrastrados por el viento en dirección al noroeste. El intenso fuego producido por el grafito fue el principal responsable de la dispersión de los productos de fisión a grandes alturas”, explica el experto.

LOS PILOTOS LLEGAN A LA ZONA

Durante el desconcierto inicial, varios agentes fueron obligados a acudir a las inmediaciones de Chernóbil para crear un perímetro de seguridad. Los que regresaron lo hicieron con la piel de las piernas severamente dañadas por el polvo radioactivo. Posteriormente el ejército hizo llamar a varios de sus pilotos de helicópteros -una buena parte de ellos veteranos de Afganistán y, algunos, participando incluso en ese momento en ejercicios activos- para que acudieran a la zona. A ellos se les asignó la misión de mitigar el incendio del reactor, el primer paso para -a continuación- sellarlo y evitar que más material y polvo radioactivo salieran a la atmósfera.

“Se decidió dar comienzo a la operación: los pilotos se las ingeniaron para mantener los aparatos estables sobre el núcleo en llamas mientras soldados sin equipamiento especial arrojaban desde ellos bolsas de ochenta kilos de arena con la que esperaban sofocar el fue-go. Esperaban neutralizar el incendio arrojando al pozo infernal, toneladas de arena y ácido bórico, que neutraliza la radiación. El primer día, los pilotos hicieron más de cien salidas, al día siguiente más de trescientas. En esos momentos, en su cota de vuelo, el nivel de radiación era de 3.500 roentgens, más de nueve veces la dosis letal. Algunos pilotos realizaron más de treinta vuelos en un solo día”, explica el periodista Ignacio Camacho en su obra “Chernóbil, 25 años después”.

Uno de estos fue Andrej Misko, que fue lla-mado para participar en las labores de sellado del sarcófago. “Recibí el mensaje de lo que sucedió estando en la ciudad de Sebastopol. Completábamos un entrenamiento de supervivencia (…) y nos preparábamos para una ope-ración en Afganistán. La gravedad de la situa-ción se hizo evidente el 30 de abril, cuando todo el regimiento fue alertado y tuvo que pre-pararse para volar a Chernóbil. El 2 de mayo un telegrama del cuartel general del ejército llegó: necesitaban ocho tripulaciones de heli-cópteros Mi 6 y había que modificar los apara-tos para transportar cargas exteriores”, explicó en entrevista a Fedasib -Federación Nacional de Acción Social con la Infancia Bielorrusa-.

El 5 de mayo llegó a Chernóbil. Aquel día, como bien señaló, se levantó a las 4 de la ma-ñana, desayunó a las 5:30 y partió hacia la central nuclear. Como parte de la tripulación del helicóptero lanzó hasta 11 cargas de arena desde el aire hacia el núcleo del reactor en un área de unos 30 kilómetros. “El primer vuelo me causó una gran impresión. El pueblo de Pripyat ya había sido evacuado, y desde arriba veíamos camiones y coches abandonados, ro-pa tendida en los balcones, era un vacío ate-rrador, no quedaba un alma. Sólo la voz del controlador de tránsito aéreo, que estaba en el hotel, el edificio más alto, de Pripyat, fue escu-chado en nuestros auriculares”, completó. En palabras de Camacho, los pilotos entendieron que era una misión suicida.

Con todo, Misko tuvo más suer-te que algunos de sus compañe-ros. Unos de ellos fueron los tripu-lantes de un helicóptero Mi-8 que, tras llevar a un fotógrafo llamado Ígor Kostin hasta la parte superior del reactor y dejarle luego en tie-rra, fallecieron tras sufrir un acci-dente en una de sus múltiples sa-lidas para lanzar deshechos sobre el núcleo. Al parecer, su piloto se desvaneció en el aire debido al cansancio y a la radiación, perdió el control del aparato, y chocó contra las grúas. Para desgracia de aquellos hombres, cayeron en el mismo núcleo.

BOMBEROS, LOS PRIMEROS “LIQUIDADORES”

Paralelamente a los pilotos, y en las tres pri-meras horas tras la explosión, fueron moviliza-das varias unidades de bomberos los que se les dio la misión de evitar que las llamas se extendieran y la de apagar los incendios gene-rados en la planta. Todo ello, a pesar de las altas temperaturas que se alcanzaron (de has-ta 2.500 grados, según afirma el escritor Fer-nando Bermúdez Ardila en su obra “El fin del fin”). Las imágenes que han quedado para la posteridad nos los muestran vestidos única-mente con un traje de goma y unas mascarillas similares a las de los hospitales.

Poco podían hacer esos trajes contra la radiación, por lo que las bajas de estos prime-ros valientes fueron muchas. Con todo, algu-nos de ellos como Víctor Zajárchenko -enton-ces jefe de bomberos- lograron sobrevivir. La semana pasada contó sus peripecias en Kiev. “No era la primera vez que teníamos que extinguir un fuego en la central, pero lo que no pude imaginar es que esa vez se trataba del propio reactor. En lugar de los 15 días que duraba cada turno estuve 45 en Chernóbil”, explicó, como bien señala el corresponsal de ABC en Moscú Rafael M. Mañueco en su artículo “Un experimento causó la catástrofe de Chernóbil”.

LOS “LIQUIDADORES VOLUNTARIOS”

Tras los bomberos (y después de entender que la única forma de enterrar aquel infierno sobre la tierra era con fuerza humana) las autoridades empezaron a reclutar un ejército de “voluntarios” con el valor suficiente para ir al tejado de uno de los reactores y, desde allí, arrojar todos los escombros que encontrasen al núcleo del reactor 4 para sellarlo.

Se estableció que su “turno” sería de 2 a 3 minutos para que su cuerpo no se viera exce-sivamente expuesto a la radiación. En ese tiempo tenían que correr desde el punto de salida, subir al techo como alma que lleva el diablo, arrojar todos los restos que pudiesen al fuego (los privilegiados contaban con una pala) y, finalmente -y cuando oyeran una bocina- darse la vuelta y huir para ponerse a salvo. Aún así, se arriesgaban a sufrir dosis de entre 250 y 500 milisievert de golpe (siendo 2 la radiación media, 5 la máxima que aconsejan que reciba el público en general al año y 100 la dosis máxima para bomberos durante una interven-ción -según el manual “Bomberos, temario general”).

Para “convencer” a los soviéticos de que acudieran de todas las partes de la URSS y (como ya hicieran durante la defensa de Sta-lingrado) defendieran a su país a costa, proba-blemente, de su vida, las autoridades idearon un curioso plan. El primer lugar, y tal y como explica la agencia de noticias SINC, alentaron a muchos militares proponiéndoles cambiar tres minutos sobre el reactor por dos años en los campos de Afganistán luchando por su país. A los civiles se les ofrecieron considera-bles sumas de dinero y hasta un coche. Tam-bién hubo muchos comunistas que fueron obligados por el mismo partido a personarse en la zona. Con todo, otros tantos supieron desde el principio a qué se enfrentaban y decidieron acudir de igual forma para salvar su patria.

Al final, en los siete meses que durarían es-tas operaciones trabajaron en la central entre 600.00 y 800.000 “liquidadores”, como fueron llamados. Y todo ello, en muchos casos, sin saber a lo que se enfrentaban. O al menos, así lo afirma Camacho en su obra: “Muchos de los liquidadores ni siquiera conocían la magnitud de aquello a lo que se enfrentaban. Tan sólo se les dijo que había habido un accidente en una instalación del gobierno y que tenían que miti-gar los daños en el lugar y ayu-dar en las labores de limpieza de sus alrededores. Esos traba-jadores, generalmente hombres de veinte a cuarenta y cinco años de edad, tenían perfiles muy diversos y procedían de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y otras zonas de la Unión Sovié-tica”. La agencia SINC es de la misma opinión, pues explica que no fueron informados de los riesgos en ningún momento.

¿Qué se les ofreció para com-batir contra aquel infierno nu-clear? Al parecer, poco más que trajes contra incendios sobre los que se les ponían “armaduras” de entre 25 y 30 kilos for-madas por planchas de plomo sacadas de los más variopintos lugares y cortadas a mano con tijeras (como se puede ver en varias fotogra-fías). Lo mismo sucedía con las máscaras anti-gás de “morro de cerdo” a las que, en palabras de Camacho, se les añadieron las mismas placas de este metal.

Al final, y además de las labores de deses-combro y de extinción del incendio, estos so-viéticos colaboraron también en la construc-ción de un gigantesco sarcófago alrededor del reactor número 4 para contener la fuerza de la radiación. Su actuación fue tan destacada que, tras el suceso, todos ellos recibieron una me-dalla conmemorativa por su valor en la catás-trofe. Una insignia que incluye una gota de sangre cruzada por varios rayos de radiación y que muchos llevan con orgullo sabiendo que, según la principal organización de “liquidado-res”, Chernóbil se llevó a 60.000 de estos valientes a la tumba e incapacitó a 150.000 debido a enfermedades como el cáncer.

Con todo, también existen voces discordan-tes con estas secuelas. “Entre los “liquidado-res”, la incidencia de enfermedades (980 sobre 1000 hombres en edad de trabajo por año) es un 25% menor que entre la población general de Rusia (1.300 sobre 1.000) y no se ha obser-vado ningún aumento en la incidencia de leu-cemias (Tukov y Dzakoeva, 1993). De acuerdo a Logachev, et al. (1993), la cantidad de neo-plasmas entre los “liquidadores” de Ucrania no aumentó durante los primeros siete años des-pués del accidente. Entre los “liquidadores” de Belarus, la incidencia de cáncer fue un 22% menor en los hombres, y un 9% en las mujeres, que entre la población general del resto del país (Okeanov et al. 1996)”, explica la Funda-ción Argentina de Ecología Científica en su obra “Mitos y fraudes” (un compendio de artículos).

Manuel P. Villatoro

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