¿Hasta cuándo la meritocracia vs mediocracia?

Gastón Ledezma Rojas

A nadie pasa por alto que vivimos en una sociedad altamente politizada; que la tendencia sea a la acumulación del poder, en su más amplia acepción, en torno de intereses de diversa significación, forzándose a que se diga con Stirner -en la obra de Will Durand- “Más vale un puñado de poder, que un saco repleto de derechos”.

Tal tendencia se objetiviza más, cuando esos intereses son varios y difusos que no encuentran, en el camino de su emprendimiento, planificación y estudios, medios que proporcionen a la población un mediano grado de confiabilidad y, reciba de ésta, valiosos aportes de sectores que contaren con elementos y factores de efectiva contribución patriótica. ¿Qué beneficio recibe la Patria de asesores expertos y “especialistas” con tantos discursos y proyectos en que ellos mismos se vanaglorian sin descubrir sus frágiles envases?

También es deplorable que las agrupaciones políticas engarzadas en lo que se dice representar a la “oposición” no sean más que una entelequia que no aporta, efectiva y fehacientemente con soluciones profundamente idóneas y ciertas como sucede con la función desarrollada por sus “líderes”, embriagándonos con torrentes de “experiencia”. Su crítica, no es crítica, porque encierra parcialidades conceptuales que traban las políticas.

Por su parte, el Poder se encastilla; no admite sana crítica y cuando la hay se confunde en el desorden, obtiene victorias a lo Pirro y se aísla en un egocentrismo opacante.

Con base en este exordio, se observa que el ciudadano es el factor que configura el marco de la inocultable división entre los que se sitúan dentro de lo que ha dado en llamarse los meritócratas y aquellos que encierran filas de los mediócratas. El estudio de estos fenómenos corresponde a filósofos, historiadores, sociólogos, psicólogos, moralistas y otros. En cuanto a sus raíces y naturaleza, desenvolvimiento, proyecciones, beneficios y consecuencias que acarrean, para trazar estamentos que conduzca a su ubicación conceptual y ratificando una verdad de Perogrullo, en la jerarquía de valores adviértase que la meritocracia y mediocracia son motivo de distinta consideración; tal vez ni eso.

El mérito y la oportunidad pueden entrelazarse dentro del propósito de obtener un resultado feliz, en el contexto de la importancia y trascendencia de lo que representa la educación en una sociedad. Hace una semana que un medio audiovisual hizo conocer que ninguna universidad latino americana todavía no ha quebrado la dura cadena de las 200 mejores casas superiores de estudio que existen en el mundo, según las conclusiones del centro de investigación de la enseñanza de Shanghai, significando con esta conclusión que la mediocridad prevalece en nuestras universidades y el mérito es el índice de la valía de la persona, en tanto en cuanto su aura impoluta siga latente.

A partir de esta realidad, se realizan estudios sobre cuáles son los componentes que integran esta figura de la mediocracia como sinónimo de ignorancia, medianidad, trivialidad, limitación, y otros calificativos que se encuentren reñidos con la instrucción y formación integral de la persona, amén de valores y principios morales y espirituales propios del hombre de bien. Lo expresado es útil para comprobar la hondura del axioma que enseña que “la igualdad entre seres proclamada por la ley, no implica equivalencia de aptitudes” recordando que la única igualación que es ineluctable, viene con la muerte.

A través de la mediocridad se llega a la evidencia de experimentar que no puede haber ansias ni medios de superación “en un organismo que vegeta, el espíritu se amodorra… los apetitos acosan a los ideales, tornándose dominadores y agresivos… todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda”, como resulta en ciertos periodos “ la nación se aduerme dentro del país”, al decir con tanta precisión el gran José Ingenieros en su obra “El Hombre Mediocre”, que todos aquellos que son de ideales superiores y que viven por sí mismos, han bebido en sus páginas sendas copas que sacuden el espíritu para evitar su “encebadamiento”, como previene el mismo autor en su vademécum de dignidad.

Estamos, pues, en momentos en que la mediocracia resulta ser la sencilla y mágica fórmula para obtener granjerías y prebendas a cambio de incondicionales servilismos y sometimientos sin sonrojo alguno, agravando -a medida que pasa el tiempo-, la crisis moral que conlleva cada caso en que el mediócrata logra su pretensión a sabiendas que no le corresponde. No faltan quienes oponen la mediocracia con la meritocracia como recurso eficaz para contrarrestar la improvisación, osadía y hasta temeridad en escalar posiciones sin la solvencia de su formación y conocimientos como si aquella -la meritocracia- fuese una panacea que suple las deficiencias con sus propias y naturales exigencias.

La meritocracia, como recurso de exigencia y valimiento, es el resultado de un proceso cultural erigido, sin dudas, sobre fundamentos filosóficos expresados en la ética del comportamiento de una sociedad. De ahí que la moral no puede ser eludida en la valoración de los merecimientos en una verdadera articulación de las ideas que Platón decía, se hallan “más allá del ser”, y por esto “la idea del Bien puede fundar el ser y con él, la belleza, la inteligencia y la verdad”.

La sociedad tiene por delante un innegable forcejeo entre estos dos extremos de comportamiento cultural; si el Estado prosigue descuidando la verdadera educación con sus valores ínsitos, cualquier otro intento de superación del individuo no será más que un brillar de fuegos artificiales. Entre tanto, irá aumentando el volumen de la carga mediocrática.

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