Bolivia, Chile y La Haya

Iván Camarlinghi

Han pasado 4 años desde que el Gobierno decidió presentar la demanda marítima contra Chile en la Corte Internacional de Justicia de La Haya pidiendo que el gobierno del país trasandino acepte iniciar negociaciones bilaterales y directas entre ambos países con el objetivo de otorgar a Bolivia una salida marítima con soberanía, objetivo nacional con el que todos los bolivianos coinciden sin distinción de preferencias políticas, partidarias, religiosas, sexuales y hasta de raza y origen, por razones obvias.

De esa manera, de ser favorable a Bolivia, la Corte de La Haya decidiría y plantearía muy claramente que Chile debe sentarse a negociar con nuestro país la obtención de un territorio soberano que represente que dejemos de ser un país mediterráneo o sin salida directa al Océano Pacífico. Y ello ¿por qué? Porque en más de 10 oportunidades La Moneda accedió a sentarse en una mesa de negociaciones con sus pares del Palacio Quemado para solucionar uno de los más largos conflictos de la historia.

La opinión pública internacional se pregunta, ¿Es cierto que Chile se avino a dar a Bolivia una salida al mar? La respuesta es positiva, no solo por patrioterismo barato al que nos acostumbraron dirigentes políticos con urgencias electorales y problemas de gobernabilidad, sino porque la salida al mar es un bien muy preciado en el imaginario colectivo del país. Las ocasiones en que Chile ofreció una solución al tema a Bolivia están contenidas en el libro: “Oportunidades Perdidas” del Embajador Walter Montenegro, quien fue Embajador de Bolivia en Perú y Director de la Academia Diplomática Boliviana entre 1987 y 1991, además de otros importantes cargos en la Cancillería.

Montenegro detalla en su libro esas ocasiones, desde los acuerdos firmados en 1895, pero nunca ratificados (uno de los cuales otorgaba a Bolivia una salida soberana al Pacífico por Arica), pasando por las Notas del 50, las Negociaciones de Charaña en 1975, la Reunión de Montevideo auspiciada por Uruguay entre los cancilleres Bedregal y Del Valle y otras no menos importantes que fracasaron por diversas razones, pero principalmente porque Chile vetó un arreglo final.

El argumento principal del gobierno plurinacional en La Haya es que las oportunidades en las que Chile mostró su predisposición a dar la ansiada salida al mar “sentaron jurisprudencia” y convirtieron a la buena o mala fe chilena en una materia que debe ser tomada en cuenta como una fuente de derecho internacional y constituyen la base de una futura negociación bilateral auspiciada o instruida por la Corte de La Haya.

El argumento principal de Chile (¡cuándo no!), en contra de la demanda es que los mapochinos no le deben nada a los andinos, que todos los asuntos derivados de la Guerra del Pacífico quedaron saldados con el Tratado de Paz y Amistad de 1904 y que, en consecuencia no hay nada que “dialogar” y mucho menos que entregar soberanía a Bolivia. Son dos posiciones vigentes desde 1884 y que no han variado un ápice para pesar nuestro y alegría chilena porque son exactamente el principio, pero todavía no el fin de las tortuosas relaciones boliviano-chilenas desde aquella época. Tan falsa es la posición de Chile que el asunto marítimo tuvo que llegar a la principal corte de asuntos bilaterales para que la comunidad internacional se diera cuenta la necesidad de resolver este asunto entre dos países vecinos que no son hermanos por causa de una solución viable.

Sin embargo, se debe reconocer que en el presente y en el pasado, el tema ha sido utilizado para fines electorales y de política interna en ambas naciones. La última muestra es el anuncio de un pre candidato a las elecciones en Chile que presentó como bandera política la necesidad de acordar con Bolivia una solución al diferendo. Negar que este asunto no tenga que ver con asuntos internos de ambos países al margen de ser una soberana mentira, se podría considerar como una gran afrenta y hasta una gran traición a la causa marítima porque todos los días vemos twits de jefes de estado de los dos países agrediéndose mutuamente por asuntos derivados del centenario conflicto y generando una estela de declaraciones y contradeclaraciones, como si se tratara de una guerra digital y moderna en la que los fusiles y los cañones han sido reemplazados por los mensajes.

La demanda en La Haya se encuentra en su fase final y demandantes y demandados se niegan a ceder en sus posiciones, tal como si se tratara de la final de la Copa América o de la Copa Mundial deseada por muchas naciones, incluidas las nuestras. La Corte de La Haya fallará probablemente a finales de 2018, cuando hayan pasado las elecciones presidenciales en Chile y se inicie la campaña electoral en Bolivia en la que todavía no queda claro si habrá o no reelección. El fallo final de los jueces de la Corte influirá sin duda en el resultado de las elecciones en La Paz, aunque ya no pueda determinar los posicionamientos políticos en Santiago, aunque se decidir en el futuro de la negociación,

La gran pregunta es ¿qué decidirán jueces de la Corte al otro lado del mundo? Las fases desarrolladas hasta ahora no dan idea de lo que será el fallo. Sin embargo, se podría colegir que la Corte pudiera sacar una decisión “salomónica” dando la razón a las dos naciones en disputa. A Bolivia, aceptando la necesidad de devolverle la cualidad marítima perdida hace más de 100 años, a Chile, pidiéndole (quizás no le pueda obligar) a sentarse de buena fe con nosotros para negociar la bendita salida al mar.

Desde el punto de vista del interés nacional, ¿tal fallo se podría considerar como un gran triunfo?, de ninguna manera, porque una cosa es que los jueces instruyan a Chile a negociar y otra muy diferente es que realmente lo hagan. O más bien, se podría considerar una gran derrota para Chile, aunque quizás tampoco sea así. Todo es relativo y depende del cristal con que se le mire.

En todo caso, la decisión de la Corte debe acercar a los dos países y no distanciarlos aún más como hemos estado desde 1884, sentados de espaldas a ambos lados de la cordillera. Sin embargo y también es la pregunta del millón, ¿hay condiciones para el diálogo? Ambas partes han hecho todo lo posible para que no las haya y aunque La Haya inste a negociar entre dos países beligerantes, es agua de otro cantar que se sienten los cancilleres Muñoz y Huanacuni en una mesa en La Paz o en Santiago y olviden todos los tragos amargos de los últimos 4 años y “negocien” como si nada hubiera ocurrido. Habrá que esperar el fallo de La Haya, mientras tanto yo quiero un Mar Azul para Bolivia.

El autor es periodista y diplomático.

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