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[H. C. F. Mansilla]

Tradiciones retóricas versus imaginación creadora


Desde la restauración de la democracia en 1982 he participado en innumerables foros, debates, mesas redondas y formas similares de discusión en el seno de los estratos académicos en Bolivia y en muchos cursos de las universidades estatales de La Paz y Sucre. Siempre me ha llamado la atención la falta de curiosidad de los bolivianos -salvando las honrosas excepciones, obviamente- por lo que pasa allende las altas montañas que protegen al país y que antiguamente lo aislaban del mundo. Para provocar al público asistente, pero con el debido cuidado, he mencionado con frecuencia asuntos que la opinión pública mayoritaria considera como tangenciales, por ejemplo: la disolución de la Unión Soviética y del bloque socialista, la Primavera Árabe, el alcance de la tecnofilia y las causas del apoyo del gobierno boliviano a los regímenes autoritarios de Libia y Siria hace algunos años y ahora a los gobiernos de Venezuela y Nicaragua. Docentes y estudiantes suelen escucharme cortésmente, pero jamás han preguntado algo sobre estas cuestiones (o parecidas) y nunca han iniciado una pequeña controversia en torno a estos temas. Ellos retornan inmediatamente a los problemas del día, a la coyuntura política del momento y a las teorías que les brindan seguridad doctrinaria, como las difundidas por Eduardo Galeano. Me atrevo a decir que la conferencia propiamente dicha no les interesa. Lo que quieren es ser escuchados por personas a las cuales ellos atribuyen una cierta importancia. Los que intervienen siguen una pauta que es muy extendida en toda América Latina. Para ellos es una verdad absoluta que los males de estas naciones se deben a la acción perversa, continua y planificada de las potencias imperialistas, especialmente de los Estados Unidos. Esta verdad sería tan clara y manifiesta que no requiere de ninguna comprobación o análisis.

En este contexto me acuerdo a menudo de un breve y brillante artículo de Miguel de Unamuno, que tiene que ver directamente con la temática aquí tratada. Se titula “La imaginación en Cochabamba” (1910). Unamuno impugna la opinión de Alcides Arguedas en su libro clásico Pueblo enfermo, quien había atribuido una considerable fantasía, un “desborde imaginativo, fecundo en ilusiones”, a los habitantes de aquella ciudad. En su refutación el pensador español equipara las actitudes de bolivianos, hispanoamericanos en general y españoles, y asevera que hay que diferenciar entre la retórica ampulosa y la reiteración de certidumbres tranquilizantes -firmemente arraigadas-, por un lado, y la genuina imaginación creadora, por otro. Unamuno va más allá y afirma que los pueblos del Nuevo Mundo y de la España premoderna no exhiben habitualmente una fantasía inteligente, sino un apego rutinario a unos cuantos principios invariables que brindan seguridad. Son dogmáticos, sentencia Unamuno, a causa de la pobreza imaginativa, y no por tener una auténtica fantasía soñadora. Y esta inclinación, dice don Miguel, está estrechamente vinculada a la picardía cotidiana, a la malicia sistemática, que, disimulada por la oratoria frondosa y celebratoria, refuerza los prejuicios de vieja data y sosiega al espíritu convencional. Hasta hoy en Bolivia la astucia es considerada como una forma superior y hasta sublime de la inteligencia, y no sólo en el imaginario popular.

La actitud reseñada aquí favorece una integración fácil al modo de vida prevaleciente (incluyendo el uso masivo de computadoras, teléfonos celulares y cuando cachivache técnico aparece en el mercado) y rechaza al disidente, al que piensa y obra de modo autónomo, al que se desvía del grupo y, por consiguiente, al que exhibe espíritu crítico. Estos valores conformistas de orientación están muy difundidos en todas las clases sociales, las regiones geográficas y las comunidades étnicas de Bolivia. Y por ello se puede aseverar que la indiferencia frente a la libertad de prensa, al derecho a la información y a la educación racional moderna, conforma hoy una predisposición social muy expandida, que precisamente a causa de ello pasa desapercibida y resulta difícil de ser modificada.

Toda esta constelación de fondo sirve para fundamentar la tesis siguiente. Las herencias civilizatorias autoritarias, que provienen principalmente del Imperio Incaico y de la era colonial española y que todavía se hallan con buena salud, han fomentado una actitud generalizada de indiferencia de la mayoría de la población boliviana frente a los derechos humanos y la educación racional, actitud que puede durar un tiempo muy largo.

 
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