Publicidad

    



[Ramiro H. Loza]

Patente de mediocridad


“El hombre es la medida de todas las cosas”, dijo Protágoras de Abdera y esta verdad es aplicable en todo tiempo y lugar. El hombre puede ser mediocre o no serlo. En esencia la mediocridad es la falta de aspiraciones o de perfeccionamiento en la vida y muchos optan por la medianía, por una cómoda mediocridad, rechazando y hasta odiando la excelencia y viendo con pavor la superación personal. Una famosa pensadora decía: “los espíritus mediocres suelen condenar todo aquello que está fuera de su alcance”, en contrapartida, querer es poder. Todo anhelo de perfección es imposible sin esfuerzo, como todo en la vida. “La mediocridad trae consigo la hipocresía en el carácter”, o en la manera de ser, asegura Hebel.

En la vida pública es donde más resalta la mediocridad. Mucho más en nuestro medio que a toda hora gusta consumir el casi siempre amargo sabor político. No es pues raro tropezar con políticos mediocres, patentados de mediocridad. No escribimos esta nota sobre el político improvisado y casual que es lo que conocemos en torno, sino del político genuino, del político con mayúscula, si se quiere. El hombre público no debe ser necesariamente intelectual, pero lo menos que puede esperarse de él es que sobresalga algo por encima del común de las gentes, del vulgo. Si el varón o la mujer tienen previsto dedicarse a la representación ciudadana, a la política responsable, deben sincerarse consigo mismos y esforzarse por la vía de la superación.

Quien desde niño tenga afición primero y perciba su vocación política después, desde la escuela debe empezar por familiarizarse con las asignaturas vinculadas, sin descuidar el resto de su formación para proyectarse cada día mejor hacia su propósito. Los adolescentes que sientan esa orientación y crean que les basta sólo con ser bochincheros, no serán buenos políticos y acaso simples mediocres o demagogos.

Quienes en la función sindical o afines sean insertados como candidatos a alguna representación electiva, deberían optar por acortar tiempos para superarse personalmente, tomando conciencia que ocupar un escaño legislativo es una distinción y que “el hábito no hace al monje”. La vanagloria del cargo no es suficiente, deben honrar la representación que les ha sido confiada. La capacitación debe ir acompañada con la ética y una moral intachable. Por otra parte, corresponde a los partidos políticos seleccionar mejor a hombres y mujeres a los que pretendan asignarles no tan sólo su representación partidista, sino sobre todo el mejor aporte a la ciudadanía y a la función legislativa o a su participación en el Órgano Ejecutivo, si fuera el caso.

Uno de los rasgos más notorios de la mediocridad de mandatarios y legisladores es su lenguaje. Poca o ninguna diferencia se aprecia en las expresiones de ambos dignatarios, por así llamarlos, sin que descartemos las naturales excepciones de toda regla. Entre los que ocuparon esos altos niveles en los pasados catorce años y todavía los ocupan y quienes actualmente gobiernan, reconociendo también algunas individualidades, no se aprecia notoria diferencia. A los primeros por su extracción muy popular en una enorme mayoría, no es posible pedirles más de lo que pueden dar. Al presente se esperaba algo mejor, pero la mediocridad es un común denominador demasiado extendido y este fenómeno debe ser un llamado de atención a todos.

Los gobernantes son, al fin y al cabo, la primera vitrina de exhibición de un país, empero esta evidencia no se limita a la “clase política”. Vemos que los profesionales y expertos entrevistados por los medios televisivos tampoco destacan por el dominio y la ilustración que de ellos se espera. Para citar algo, no fundamentan sus opiniones sobre bases teóricas u otros recursos fuera de lo común. Esta deficiencia contrasta con lo que a nivel internacional nos ofrecen las imágenes en los medios de comunicación, empezando por lo que se ve al respecto de los países de nuestro entorno geográfico.

Veamos algunos términos del deficiente lenguaje indicado. “Sacar”, significa poner una cosa fuera de otra. Pero se usa diciendo por ejemplo: se “sacó” el decreto tal o cual. Debe decirse se pronunció, dictó, promulgó, etc. Otro ejemplo es “agarrar”, cuyo significado es asir o tomar fuertemente una cosa…. Como se ve, sería impropio decir: “agarró” la palabra buscada. Lo propio es encontró, halló, etc. Agarrar es un acto material, una acción física, no debe aplicarse a una idea, a un concepto, etc.

Un notorio barbarismo es el uso de “haiga” en lugar de haya, perteneciente al verbo haber en primera, segunda y tercera persona. Haiga era una palabra aplicada en la Colonia, es también un arcaísmo, además fonéticamente suena muy mal. Haiga significa: Automóvil de gran tamaño.

Viene a cuento señalar que comunicadores y funcionarios incurren en pronunciar “muncipio” por municipio y ocurre similarmente con muchos otros sustantivos. Otro ejemplo de estas carencias que afectan a ministros y personajes oficiales, llega a extremos como este: “Superior a Drácula”, por decir que alguien por suficiencia desafía las medidas de bioseguridad, y dijo “se cree…”.

loza_hernan1939@hotmail.com

 
Revistas

Usurpado el 7 de octubre de 1970, por defender
la libertad y la justicia.
Reinició sus ediciones el primero de septiembre de 1971.

EL DIARIO
Decano de la Prensa Nacional
Miembro de la Sociedad Interamericana de Prensa y la Asociación Nacional de Prensa.

Dirección:

Antonio Carrasco Guzmán
Presidente del Consejo de Administración

Jorge Carrasco Guzmán
Gerente General

Rodrigo Ticona Espinoza
Jefe de Redacción

"La prensa hace luz en las tinieblas
y todo cuanto existe de progreso en el mundo
se debe a su inagotable labor"...

JOSÉ CARRASCO


Publicidad
Portada de HOY

JPG (219 Kb)      |      


 
 
Publicidad