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Crónicas del kolla

¿Qué hay detrás del Año Nuevo Aymara?

E. Gerardo Mallea Valle

Bolivia ha celebrado el Año Nuevo Indígena 5.528 con ofrendas a la Pachamama y Tata Inti, con base en un calendario lunar aymara que consta de 365 días repartidos en 13 meses y un día. Este día que sobra es el 21 de junio, “día vacío” porque no pertenece a ningún mes y marca el inicio de un nuevo ciclo astronómico. Esta fiesta de solsticio de invierno simboliza el retorno del sol, “Willka kuti”; la recepción de nuevas energías del cosmos, la renovación de la voluntad y deseo de vivir bien “Suma qamaña”; el fin de la temporada de cosecha y el inicio de una nueva época de siembra.

¿Cuáles son las razones para institucionalizar esta celebración? ¿Cuál es el devenir histórico de este imaginario en la actualidad?

Como parte de un proceso cultural liberador, en 1979 un grupo de jóvenes indianistas, encabezados por Germán Choque Condori, quien después adoptó el nombre de Inka Waskar Chukiwanka, decidieron “retomar y reconstituir el Inti Raymi como el Año Nuevo del Tawantinsuyu con una actitud de recibimiento ritual al Inti Tata en el lugar sagrado de Tiyawanako”.

El 20 de junio de 1981 buscan un “yatiri” que realice la ceremonia bajo las tradiciones aymaras. Al no encontrar a algún sabio andino, ya que todos están influenciados por el catolicismo; encuentran en Rufino Phaxsi el más próximo; nace así un “Ritual ancestral” que se constituiría en la primera recreación del Año Nuevo Aymara.

Más adelante, nuevos jóvenes aymaras juegan un rol preponderante en el afianzamiento de la celebración. La relación de muchos de ellos con arqueólogos permite a éstos últimos acceder a la toma de decisiones en cuanto al Año Nuevo Aymara, dejando a un lado a los activistas y promotores de este acontecimiento. En 1986, Oswaldo Rivera, Director de la Dirección Nacional de Arqueología (Dinar), convoca a 13 personas, arqueólogos y estudiantes, a una jornada de reflexión y diálogo en la comunidad de Waraya, cercana a Tiwanaku. A las 4 de la madrugada irán al área arqueológica para la ceremonia del Año Nuevo. Ese rito pasa así a la interpretación de estos profesionales.

Muchos de éstos no disimulan la vinculación de su especialidad con el esoterismo. Oswaldo Rivera fue protagonista de interpretaciones fantasiosas sobre Tiwanaku, como lo demuestra una polémica de 2001 en la red. Javier Escalante será un teórico sobre la cosmovisión andina. Freddy Arce estará vinculado con los teóricos de la presencia de sumerios en el altiplano andino. Alberto Laguna Meave, cuya obra póstuma titula Tiwanaku: enigma de enigmas, no ocultaba su vinculación con los masones y con el realismo mágico tiwanaquense. (Fuente: Pedro Portugal Mollinedo).

Como observamos hasta aquí, la necesidad prioritaria de llenar un vacío espiritual, una esperanza liberadora bajo la visión aymara, se convierte en una impostura cultural, social y política.

La última fase en la evolución del Año Nuevo Aymara es particularmente política. La participación de personalidades del mundo político, con afanes proselitistas, distorsiona una festividad de carácter cultural y con el afán de jugar roles políticos importantes se despierta en dirigentes campesinos el apetito por asumir papeles de “sabios ancestrales”, sin serlo, falsos “yatiris” al servicio de las componendas políticas.

La llegada de Evo Morales al poder, mitificada en su posesión por una parafernalia exteriorizada con elementos de la simbología Tiwanakota; la declaratoria posterior de feriado el Año Nuevo Aymara, luego corregida bajo la denominación Año Nuevo Andino Amazónico otorga al MAS un valor agregado para sus fines políticos; hábilmente gestionada por sus ideólogos. La tesis de Antonio Gramsci de socialismo cultural se ve claramente aplicada en este capítulo.

El vacío conceptual acerca del mundo andino que padece Morales, hace del Nuevo Año Andino Amazónico, una triste parodia de la complejidad filosófica del mundo andino. Se constituye en una versión descafeinada e infame de la esencia profunda de esta festividad. Plagada de mentiras y vicios, la hace insostenible tal y como es ahora. Una festividad donde han perdido los indígenas más nobles e ingenuos y de manera aberrante se ha exaltado y encumbrando a los desalmados.

Cabe entonces preguntarse: ¿Es el Año Nuevo Aymara un fraude?

 
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