[Alberto Zuazo]

Tiempos pasados y actuales


“Todo tiempo pasado fue mejor”, era una especie de axioma que formulaban los abuelos de antes. Lo que generalmente ocurría es que las respuestas eran afirmativas. ¿Simple añoranza o certeza? Al escribir estas líneas, me encuentro con el mismo dilema.

Empero, extrañamente, en mi propio sentir, la respuesta sería afirmativa, a pesar de que cuando hablo con familiares, amigos y colegas les comento: ¡Vivir esta época es un privilegio! Tanta maravilla creada y que a costo accesible que es como disponer de la legendaria lámpara de Aladino.

La ciencia y la tecnología no cesan un día de seguir avanzando, por lo que no faltó gente en Europa, principalmente, que diga: “Basta”. Pareciera que está agobiando la mente de grandes y chicos, pero lo más seguro es que la vorágine del crecimiento y la modernidad no cesará. Es como si se hubiera desatado un mundo de ilusiones.

¿Ante esta eventualidad, qué queda? Aparentemente nada, porque eso implicaría quedarse en la puerta y no seguir ingresando al interior, al que todavía queda por venir, sin límite ni sosiego. Y ¿cuál sería ese interior? Me animo a decir que somos nosotros mismos. No como vivimos, vestimos o comemos. Sino simple y llanamente internalizarnos en nuestras propias cavernas, pero si se quiere ser menos rudo, en lo más íntimo que tiene el ser humano: la conciencia. En caso de ser más intimistas, en el alma.

Es probable que nadie o pocos estén dispuestos a desnudarse tanto en su yo. Empero, dependiendo de la calidad humana que se tenga, tal vez haya que hacerlo. No tanto por ocuparnos de nosotros mismos, sino de la circunstancia de que formamos parte de una comunidad, una sociedad. O sea, de un conjunto de individualidades diversas, pero que tienen que convivir juntos.

Si bien todo el entorno que se tiene es producto de unos más que de otros, en la instancia final, en lo estrictamente individual, es el comportamiento de cada quien.

Cuando se arriba a este punto, es casi como comparecer ante un tribunal, aunque no es precisamente el público. Es el rigurosamente personal, por tanto inaccesible e inalienable. Es como si se estuviera sepultado debajo de muchas lozas, por tanto resulta ser el sitio más inaccesible que posee el ser humano.

No obstante de tener semejante trasfondo, socialmente se trasluce de una u otra forma, a través del comportamiento, a través del cual sale a la luz qué somos, quiénes somos y cómo somos. En la instancia crucial, ese es el diseño de nuestras individualidades, socialmente expuestas.

Al empezar este texto, ambiguo si se quiere, recordaba aquello que decían los abuelos: “Todo tiempo fue mejor”. El caso es que nunca está lejana la perspectiva de ser abuelos, de manera que la frase se la seguirá repitiendo por los siglos de los siglos.

Al formularla en estos días, me arriesgo, atrevidamente si se quiere, a coincidir con ese axioma. Eran tiempos de sencillez, de carencias y restricciones, pero de ese contexto, por lo general, emergían seres más racionales y positivos. Como colofón, se tenía una sociedad merecedora de mayores reconocimientos que en los actuales tiempos.

Al presente, las falencias sociales se hacen más patéticas. Esta contraposición debería inquietar y hasta afligir, dependiendo de la sensibilidad que se posea. Esta reacción se está produciendo en la actualidad por lo menos en dos países. En Finlandia y Australia, para ser más concretos.

Finlandia tiene hoy el mejor sistema educativo del mundo, lo que se exterioriza en la calidad de país que está adquiriendo por el comportamiento de su sociedad. Australia, desde hace 25 años es el único país del planeta que no conoce de recesiones ni atrasos, de lo que puede suponerse también que no es producto del azar, sino de la buena calidad de sus gobiernos y del conjunto de su sociedad.

A la inversa, en Bolivia se sobrepone lo negativo. Más del 60% de su población vive en la pobreza, pese a tener en sus manos un territorio inmenso y rico, expresado en más de un millón de kilómetros cuadrados.

La primera conclusión que puede extraerse es que la política intoxica y aletarga a legiones de personas, lo que se traduce, en la actualidad, es que en este orden es un país polarizado. La mitad está en contraposición de la otra mitad.

En su población prevalece el alcoholismo, que infesta la vida de los hogares. Más todavía, cada vez se producen más asesinatos de esposas y parejas, delitos que se disfrazan con el eufemismo lingüístico de “feminicidio”, o sea que la cobardía de los varones está muy bien disfrazada.

El narcotráfico (engendrado por la corrupción) se ha erigido en la mayor industria nacional y, consecuentemente, le crea a Bolivia un gran desprestigio y menosprecio internacional. Más grave es su consecuencia: la adicción a la cocaína y la marihuana están en aumento, poco menos como si fueran unos inocentes caramelos.

Con estos breves apuntes, de lo mucho más que podría exponerse, adquiere sentido aquella afirmación de los abuelos: “Todo tiempo pasado fue mejor”.

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