Octava parte

Recuerdos del valle

Yuri Mirko Ríos Madariaga


Toro Toro a los pies del Wayllas (izquierda).
 GALERÍA(2)

Toro Toro, aunque muchos no lo crean, es un valle bien potosino si-tuado en la provincia Charcas. Se-

Según me dijeron, es más cómodo y rápido viajar por Cochabamba que por el norte de Potosí. Ya lo creo. El primer tramo del camino es asfaltado (La Angostura - Arbieto - Tarata), luego es enteramente empedrado con algunos sectores cubiertos de tierra. El paisaje es variado. De planicies semifrías se llega a hondonadas cubiertas de e-

xuberante vegetación. El trayecto serpenteante sube y baja tornándolo más emocionante. Las serranías grises y rojizas se entremezclan con el horizonte azul. Las formaciones naturales encuentran su grado más alto, son a-

sombrosas.

Una cholita añosa clama: “¡maistro! por favor dejame antes de pasar la curva”. Miro en toda dirección, me sorprendo, no veo ninguna casa, solo arbustos y rocas por do-quier. “Vivo detrás de aquel cerro. Tengo que caminar mucho a veces con bultos y todo”, me contesta sonriente. Un río ancho y estruendoso aparece repentinamente, seduce a todos y más de uno le toma fotografías sobre el puente. Sí, es el formidable Caine, su curso sinuoso abrió un cañón en la montaña pétrea, un verdadero portento natural muy cerca de Thayapaya, la parada forzosa para a-

bastecerse o comer a tres cuartas partes del recorrido.

Pocos creerían que nace de la confluencia de los ríos Arque y Rocha, éste último famoso por atravesar la ciudad del Tunari. De no ser por los avisos gubernamentales y la propaganda política es-crita en las paredes de las comunidades, uno no se percataría en qué lado se encuentra, si se está en Cochabamba o en Potosí. Un experto diría que con solo identificar al Caine, que sirve de límite natural a ambos departamentos, estaría solucionada la cuestión. Hidrográficamente el Caine no es cualquier “cosa”, en su recorrido al sureste forma el Río Grande o Guapay, uno de los afluentes del Mamoré.

El calor y el cansancio en algunos momentos encuentran la simbiosis perfecta, típico en los viajes (cerca de cinco horas), que desde mi punto de vista se zanjan con las vistas impresionantes que ofrece la ruta. Según me contaron, antes se empleaba hasta el doble de tiempo en época de lluvias y en muchos casos lo hacían a lomo de burro para transportar sus productos. El Caine se convierte por azares del destino en el fiel compañero del camino desde su encuentro, apego que termina en el ingreso a la cuesta “sin fin” que representa el último tramo. Una serie de curvas parecen enmarañarse al norte del cerro Wayllas, el celoso guardián de Toro Toro, para después como por hechizo desenredarse. Quién viaja por primera vez, sin duda, le parecerá desesperante. Ansiará llegar rápido, mas nunca borrará de su mente esta singular travesía, rumbo a la increíble tierra de los dinosaurios.

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