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[Harold Olmos]

Registro

Se llama Opinión Pública


Una premisa esencial de la propaganda es sintetizar las ideas en pocas palabras, en un proceso que culmina en una imagen o un símbolo capaz de representar de un solo vistazo todo el bagaje que le dio origen.

Un caso de estudio es el “Bolivia dijo No”, que partió del resultado del referéndum del 21 de febrero de 2016. La expresión se ha convertido en un dictamen que se esparce por doquier. Donde haya una comunidad fuerte de bolivianos, es probable que allí aparezcan esas tres palabras. Tras manifestarse en competencias deportivas, hace poco llegó hasta Roma, en un recorrido cada vez más amplio que aún está en desarrollo. Por haber ocurrido en la Santa Sede tuvo amplia resonancia y causó una incomodidad mayúscula entre todas las autoridades. Durante días fue plato noticioso favorito entre bolivianos y, sobre todo, en el mundo diplomático.

Es obvio que los diplomáticos bolivianos se sienten incómodos ante el surgimiento de banderas y poleras que llevan inscrito el trío de palabras. Aunque no lleven ninguna explicación escrita, todo el mundo sabe que se refieren al gobierno y a sus autoridades empeñadas en contradecir el mandato popular contra las reelecciones. La expresión potencia su efecto emotivo y racional si la expresión ocurre en presencia de la primera autoridad del país, a quien van dirigidas las tres palabras y que ahora empieza a percibir la magnitud del fenómeno. Sus asesores inmediatos también y es comprensible que se inhiban de comentarlo, pues se dan cuenta de que intentar apaciguarlo opera como combustible para avivarlo.

No recuerdo en la Bolivia de las últimas décadas que un movimiento se hubiese extendido tanto en las alas de tres palabras, detrás de las cuales yace una tendencia vigorosa en contra de las candidaturas presidenciales sine die. El mensaje, que ya no requiere de explicaciones, recuerda que hubo un referéndum, que las autoridades creyeron que ganarían con facilidad, pero les resultó adverso. El resultado es que la tendencia vencedora del referéndum sobre las reelecciones infinitas ahora quiere hacer valer su decisión.

Algunos equivalentes recientes que alcanzaron toda la magnitud del fenómeno podrían encontrarse en las guerras del agua y del gas o en la demanda por la apertura democrática de fines de la década de 1970.

El que se da en Bolivia es un típico fenómeno social con aristas políticas que ahora crecen con dinamismo propio, sustentadas por ideas, deseos, aspiraciones y sentimientos de arraigo profundo. Las lecciones de sicología social enseñan que una vez desencadenado, el fenómeno rara vez desaparece antes que sus metas sean satisfechas.

De dónde parten las raíces de estos movimientos y cuál es el momento exacto de su estallido es complejo precisarlo. Pero se da con una cadena de hechos, sucesos, eventos, accidentes, sentimientos y frustraciones que los van conformando hasta que en un momento que nadie podría determinar, se activan y convocan a la unanimidad y a la acción.

A favor o en contra, nadie se siente neutral. Los que se sienten parte del movimiento defienden que su causa es justa y comprobadamente victoriosa. Es como una marea, que puede comenzar con un oleaje suave para ir creciendo hasta convertirse en un tsunami. Sin duda, hechos remotos y recientes alimentan el caudal, que se retroalimenta constantemente.

Es de suponer que las escuelas nacionales de comunicación están saturadas de iniciativas para estudiar y debatir el tema. Si no fuera así, habría que urgirlas a hacerlo. De lo contrario, sería como dejar pasar frente a las narices un fenómeno ilustrativo, mejor que mil lecciones.

En el génesis del fenómeno boliviano actual no sería difícil detectar episodios de fuerte impacto, desde la paliza que recibieron cientos de campesinos del Tipnis, la masacre del Hotel las Américas y la justicia, hasta el imponente palacio de gobierno a ser inaugurado en semanas más que alimenta ideas de despilfarro o de malas inversiones. Todas contribuyen a formar una “matriz de opinión” que yace latente hasta que ocurre algo que la activa y la impulsa a actuar. Reproducir las tres palabras en las formas más originales se ha vuelto, de hecho, una competencia.

Movimientos así no encuentran antídotos con facilidad, salvo en otros equivalentes, en la mayoría de los casos improbables, que reorienten la atención pública y conlleven mayor fuerza y emotividad. Los investigadores dirán que es una competencia completamente desigual. Pocos dudarían en reconocer que hay una distancia abismal entre los postulados del “Bolivia dijo No” y el de “Bolivia dijo Sí” que pretendería demostrar que las reelecciones continuas son benéficas para las sociedades. Se trata de una aún no corroborada empíricamente, pues quienes lo intentaron fracasaron. Ejemplos abundan, inclusive a nuestro alrededor.

Enfrentar esas corrientes de opinión suele ser contraproducente y equivale a entrar en arena movediza en la que todo movimiento contribuye a hundir más lo que se quiere salvar. El tema es vasto y debería llamar la atención de los académicos.

http://haroldolmos.wordpress.com

 
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