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[Severo Cruz]

Una ingrata experiencia


El fracaso en el gobierno, de la vertiente populista llamada UDP, aún es objeto de comentarios encontrados, pese a que ha transcurrido, de esa experiencia política, más de tres décadas.

Muchos de sus protagonistas pasaron a mejor vida y, por consiguiente, las pasiones políticas se fueron apagando, paulatinamente. Los entretelones que encierra ese hecho histórico son sumamente interesantes y aleccionadores, para las futuras generaciones.

Resulta que diferentes partidos, con ideas contradictorias, se aglutinaron en torno a un proyecto político liderado por un movimientista, de tradición caudillista, que se preciaba de izquierdista. Permítasenos una disquisición: el movimientismo surgió en el país inspirado en la teoría de la alianza de clases, diferente a la lucha de clases, o sea de pobres contra ricos, que es el súmmum del materialismo histórico. Jamás, que sepamos, se ha preconizado, en las filas de ese partido el exterminio de los pudientes o privilegiados. Así que aquél buenamente pudo haber cambiado de color, de rosado a naranja, pero no pudo borrar los orígenes de los que provenía.

Posiblemente aquellos sectores no tenían el hombre representativo, el hombre idóneo y sin pasado ominoso, que dirija un movimiento popular, de las características de la UDP. Y en ese ambiente nada selectivo, el más indicado fue dicho movimientista. Un político, como bien sabemos, con deudas ante la historia y los hombres. Con un pasado nebuloso.

Su imagen entonces sería utilizada para tratar de ahuyentar a los malos espíritus que animaban a las dictaduras. Con este objetivo se había trabajado el “menjunje” udepista, que hizo agua en el gobierno. Que no supo sentar un precedente histórico con miras al futuro de Bolivia.

La UDP, estilando discursos y consignas de tendencia izquierdista, conforme habrían sugerido algunos de sus integrantes, se constituyó en instrumento de resistencia a la dictadura, que se había propuesto perpetuarse en el Poder, a toda costa. Por lo visto su perspectiva fue conseguir la reapertura democrática, con libertad, justicia social y bienestar garantizado. Para ello se había preparado. Para ello había concientizado a la gente en la administración pública, en zonas populares, fábricas, minas, campo, etc. La UDP se desparramaba por el territorio nacional.

Pero, desgraciadamente, no se había preparado para gobernar. No había armonizado criterios entre sus componentes, para esa finalidad. Todos tenían una visión diferente del país y diversos proyectos para encarar los problemas nacionales. Ahí es cuando surgieron las falencias que provocaron su caída estrepitosa.

Los discursos no contribuyeron a la solución de los problemas. Las falsas promesas deterioraron la credibilidad política udepista. Y el capitán del barco se vio obligado a acortar su mandato.

En suma: fue una experiencia que no debe ser repetida.

 
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