Producción cultural en la era de la austeridad

Yesenia Barragán

“El oro no se puede comer”, dijo entre risas y angustia María José Rigo, enfermera jubilada que acudió a una tienda de compra de oro para cambiar sus alianzas de compromiso por unos cuantos euros. En Madrid a finales de 2012, en plena crisis, la locura del dinero a cambio de oro ya había alcanzado su pico. Este tipo de tiendas son llamadas “termómetros de la crisis”, ya que su presencia continua significa que la economía está en problemas. Familias españolas de clase trabajadora y clase media que luchaban para llegar a fin de mes acudían a estas tiendas para pagar el aumento de las facturas de electricidad o de salud.

Al otro lado de la calle donde se encuentran los grandes centros comerciales, un puñado de latas de sopa que hace poco expiraron descansan junto a un contenedor de basura de supermercado. Recolecciones realizadas por una multitud de recientes refugiados económicos sin hogar por la crisis. Este es el paisaje, la geografía física de la austeridad.

Veo fragmentos, pequeños rastros de este curioso momento presente: la edad de la austeridad. Mientras que los políticos empujan el papeleo para recortar inversiones en cualquier vestigio de la salud pública o la educación, las mujeres ansiosas llegan a los limpios pasillos de farmacias y centros comerciales para conseguir el lápiz labial rojo, un lujo barato cuyas ventas, se dice, están en auge en esta crisis.

Artículos de prensa e innumerables estudios han sido escritos para mostrarnos lo mal que está todo para la mayoría de nosotros. Pero nuestro momento actual exige algo más que este estricto cuestionamiento político y económico. La geografía física de austeridad requiere con urgencia que sus geógrafos revolucionarios y trabajadores culturales nos ayuden a todos a comprender el sentido de los tiempos, de los lápiz labiales rojos y de las latas de sopa de soledad, a prepararnos para la “la profunda reorganización de los ideales, de las instituciones y las relaciones humanas”, como el filósofo Melvin Rader observaba en 1947 en una reflexión sobre la crisis cultural de la posguerra de América. De hecho, es el momento de preguntar cómo se ve, se siente, se huele y sabe la austeridad.

Grecia es otro frente de primera línea del imperio de la austeridad. Militantes dirigen ataques contra las tiendas de compra de oro, destrozando escaparates, no sólo porque están acusados de “tomar-ventaja” de la crisis, sino también debido a los lazos con Amanecer Dorado, un partido fascista neo Nazi con creciente popularidad en todo el país. Para sentir de verdad lo que es la austeridad, hay que conectar las tiendas de compra de oro en Madrid a las movilizaciones antifascistas en Grecia a la esclavitud en Colombia y a las viviendas hipotecadas en Detroit. Como el antropólogo Michael Taussig señala en el prólogo: “Los bancos demostraron la falsedad mística de lo que se llama ‘la economía’, mucho más místico que mitos de milenios que se relacionan con el oro”.

¿Es esto, entonces, austeridad, o debo decir, el capitalismo tardío? Ha llegado el momento de cavar más profundo, de pedir con urgencia y comenzar a responder estas preguntas, calcular el significado social de la venta de lápiz labial, las aulas vacías, las caras cada vez más desnudas del capitalismo. ¿La austeridad, utilizando palabras de Walter Benjamin, tiene un “culto secular de la belleza”? ¿Cuáles son las políticas estéticas de la crisis? ¿De dónde la narrativa económica de “apretarse el cinturón” coincide con los políticos ‘gordo-fóbicos’ y con obsesiones culturales con la delgadez mortal? Y ¿de qué color es el capitalismo tardío? ¿Es más blanco y más blanco, al igual que las ciudades estadounidenses, a donde los nietos de los blancos-luchadores están escapando de nuevo, o más negro y más café, como los suburbios en los Estados Unidos con sistemas de transporte dañados y alarmantes índices de pobreza?

En palabras de Deric Shannon: “Nuestra generación requiere de manera urgente una radical, producción cultural de la austeridad, necesitamos un análisis de la cultura, de la construcción del significado, de la vida cotidiana junto a una comprensión general de las instituciones y estructuras que organizan en gran medida la experiencia de la vida diaria”.

La autora es Historiadora, Universidad de Columbia.

ccs@solidarios.org.es

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