[Isabel Velasco]

El Cristo de Elqui


En 1920, durante el gobierno del Partido Liberal sucedió un acontecimiento que causó revuelo entre la ciudadanía por sus características inéditas.

Eran épocas en que la sociedad estaba pasando por un momento de incertidumbre, muy especialmente el pueblo católico y devoto por tradición. El gobierno había introducido una serie de reformas, entre ellas la Ley de Matrimonio Civil, la enseñanza laica y la más terrible de todas, la separación de la Iglesia del Estado.

De la noche a la mañana apareció por las calles un “Cristo” que deambulaba, seguido por un cortejo de curiosos. Este personaje, estampa y figura idéntica a la del “Salvador” de tez rubicunda, ojos azules, barba y cabellos rubios, vestido con blanca y larga túnica, manto rojo, calzando rusticas sandalias, iba acompañado de María Magdalena y dos apóstoles discípulos de Jesús que decían ser Pedro y Pablo, éstos al igual que el “Maestro” llevaban también vestiduras bíblicas.

La ciudadanía paceña convulsionada inesperadamente no supo qué hacer, la mayoría lo seguía y llegaba a santiguarse con entera devoción al verlo pasar, no faltaban los incrédulos que lo tomaron por un farsante timador. Pero con el transcurso de los días este “Cristo” y sus apóstoles lograron convencer a más y más personas que lo empezaron a seguir y a reverenciar.

El tal Cristo de Elqui, como así se había bautizado incursionaba a paso lento en la Recova de San Agustín causando el alboroto de las vendedoras, quienes al verlo se postraban de rodillas sacándose sus sombreros y haciendo la señal de la cruz. Jesucristo y sus apóstoles se posesionaban entonces de algún lugar preponderante y desde allí lanzaban sermones a los pecadores que deberían hacerse perdonar sus faltas. Pedro y Pablo se encargaban de recolectar las dadivas en medio del llanto fingido de María Magdalena que besaba los pies del Cristo mojándolos con sus lágrimas para luego secarlos con sus cabellos.

Este singular grupo, causante de tanta impresión, no era otro que una comparsa de cuatro “rotos”, los cuales rebasaron la frontera llegados de Elqui, una población chilena. Payasos trotamundos, disfrazados bíblicamente engatusaron a gil y mil, embelesando principalmente a las vendedoras ricas y creyentes de los mercados de San Agustín y San Francisco. Estos tres facinerosos, más la tal Magdalena, estaban alojados en el entonces Tambo Quirquincho, desde donde se desplazaban a los barrios de la ciudad, ante la mirada atónita de los paceños.

A su vez el Tambo Quirquincho se había convertido en un lugar de visita y peregrinación de los que se tragaron la píldora, se acercaban para tocarle el manto, muchos llevaban a sus hijos para obtener una bendición y el “Cristo de Elqui” muy ceremonioso exclamaba: “Dejad que los niños se acerquen a mí”.

En muchas de sus presentaciones no faltaban los milagros que por obra bendita de los sugestionados y maravillados enfermos se realizaban, aumentando así la fama del tal Cristo de Elqui.

La ciudadanía paceña, conmovida por estos sucesos, no atinaba a creer lo que estaba pasando, los caballeros alarmados decidieron hacer algo para desenmascarar al impostor.

Don Ambrosio Vigano, entonces concesionario del Tambo Quirquincho, con ayuda de la Policía Municipal y la Acción Católica de Churubamba, elaboró para este efecto un plan conjunto con los caballeros más representativos de la época.

Aprovechando uno de los descansos del falso Jesucristo sigilosamente sorprendieron al “Salvador” y a los apóstoles en pleno “arqueo” de las dadivas recibidas, al verse descubiertos y con las manos en la masa, no pudieron poner en práctica sus sermones conmovedores, siendo brutalmente expulsados del recinto. Así fueron desalojados los cuatro rotos, quienes tuvieron que mudarse a la casa de uno de sus paisanos chilenos en el barrio de la Riverilla y allí se trasladó el alboroto del Quirquincho.

Mientras tanto el intendente de la Policía, el “Tigre Cusicanqui”, había coleccionado una serie de informes sobre las actividades “non sanctas” de los plagiadores de Cristo, que no eran otros que unos bandidos fugados de las cárceles de “Bio Bio” y la tal Magdalena que resultó ser una “rota” de vida horizontal.

Engrillados fueron llevados a la Estación de Chijini para abordar el tren que los conduciría a su país natal, fueron despedidos por una multitud histérica en medio de una pedrea general.

Así terminó aquella historia del Jesucristo milagroso y volvió la calma a nuestra ciudad, durante mucho tiempo los confesionarios de las iglesias estuvieron repletos de fieles buscando perdón, por haber creído y reverenciado a ese gran impostor que logró embaucar a media La Paz, el tal “Cristo de Elqui”, un roto chileno que quiso hacer de Salvador.

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