Las madres en la historia

La reina britana que declaró la guerra a Roma porque violaron a sus hijas y otras historias de madres coraje

Tras armar un ejército, Boudica y sus hombres cayeron primero sobre Camulodunum (actual Colchester). Posteriormente hicieron lo propio en Londinium (hoy en día, Londres).


La reina Aixa en la “Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra” palacio de los reyes.
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BOUDICA. SANGRE PARA VENGAR A SUS HIJAS VIOLADAS

Boudica (durante años conocida como Boadicea) era la mujer de Prasutagus, rey de los icenos (una tribu que vivía y dominaba la parte suroeste de Gran Bretaña en el siglo uno de nuestra era). Durante años la tribu de esta mujer, a quien la historiadora Bonnie S. Anderson define con “cabellos rojizos que le llegaban hasta las rodillas” y una “voz áspera”, mantuvo la paz con los romanos que asediaban Britania. Al menos hasta que murió su marido.

“A su muerte, su marido había legado en su testamento la mitad de su reino a Roma y la otra mitad a sus hijas”, explica la experta. Ante la posibilidad de tomar todo el territorio de sus enemigos, el procurador imperial Deciano Cato azotó a la regente, violó a sus hijas y obligó a la familia a cederle la totalidad de sus territorios. El ultraje de ver a sus pequeñas mancilladas hizo que Boudica tomase las armas y se uniese a varios pueblos cercanos (entre ellos los trinovantes) para plantar cara al infame enviado de las legiones. Así comenzó la guerra.

Tras armar un ejército, Boudica y sus hombres cayeron primero sobre Camulodunum (actual Colchester). Posteriormente hicieron lo propio en Londinium (hoy en día, Londres). Allí le esperaban generales como Suetonio que, al ver el contingente que se les venía encima, decidieron huir. “Cuando llegaron los sublevados, mataron a cuantos se habían quedado e hicieron otro tanto en el vecino municipio de Veralamium (Saint Albans): murieron unos 70.000 ciudadanos y aliados, algunos, sacrificados a los dioses”, explican los historiadores franceses Joël Le Gall y Marcel Le Glay en su obra “El Imperio romano”.

Mientras duraban las masacres icenas, Suetonio logró reunir una legión y plantó cara al ejército de nuestra protagonista (de entre 120.000 y 230.000 combatientes, atendiendo a las fuentes) en algún punto de Midlands. Como hicieron en su momento los espartanos, los romanos decidieron combatir en un lugar en el que no pudieran envolverles. Tras horas de lucha y más de 80.000 fallecidos la batalla tocó a su fin. La vergüenza de la derrota y saber que, si vivía, sería obligada a marchar en un desfile romano como premio, hizo que Boadicea se suicidase tomando veneno.

Anna Kauderová salvó a su hija nonata de los nazis

Anna Kauderová nació el 20 de abril de 1917 en Trebechovice pod Orebem, una pequeña ciudad ubicada en la República Checa. La de Anna (o Anka, como la llamaban) fue una vida feliz hasta que Hitler se anexionó por las bra-vas Austria. En ese momento sus padres fueron expulsados del negocio que habían regentado toda su vida (una fábrica de cuero) y les requisaron una buena parte de sus bienes. A pesar de ello, nuestra protagonista logró encontrar el amor en Bernhard Nathan, un judío de origen alemán. Ambos se casa-ron en 1940 pensando en que lograrían evitar el nazismo, pero no fue así. Y es que, en 1941 ambos fueron enviados al gueto de Terezín (cerca de Praga).

A pesar de estar separados, lograron verse en varias ocasio-nes y, finalmente, Anka se quedó embarazada. En el campo de concentración trató de esconder su barriga para evitar que los alemanes le quitaran a su pequeño. Logró dar a luz el 2 de febrero de 1944, pero el niño murió a las pocas semanas. Poco después la situación empeoró todavía más cuando la pareja fue enviada al campo de concentración de Auschwitz. Para cuando llegó a este centro de exterminio, nuestra protagonista ya se había vuelto a quedar encinta de su es-poso. Algo que pudo costarle caro, pues en es-te lugar el sádico doctor Josef Mengele acostumbraba a usar a las embarazadas como ratas de laboratorio para sus infames experimentos.

Por suerte, y casi de forma milagrosa, Anka logró esconder su embarazo al médico, lo que le permitió sobrevivir los meses siguientes en Auschwitz. Fuera como fuese, lo cierto es que a principios de abril de 1945 los nazis no tuvieron más remedio que volver a reubicar a una gran cantidad de presos ante el avance masivo de los aliados. Fue entonces cuando la joven checa recibió la orden de subirse a un transporte. Tras más de dos semanas en un tren sucio, lleno de enfermos y en el que el hambre era una compañera habitual de viaje, Anka llegó al pueblo de Mauthausen el 29 de abril de 1945. Aquel emplazamiento era cono-cido como el “quebrantahuesos”, un apodo que se había ganado a pulso. Cuando reconoció aquel nombre, los nervios atacaron a Anka, que se puso de parto.

Al percatarse de los gritos, los alemanes sa-caron a rastras del tren a Anka y la arrojaron a un carromato lleno de enfermos. Fue allí donde la checa tuvo que dar a luz después de haber pasado meses escondiendo su embarazo a los guardias para evitar la muerte a su pequeño. Cuando el sol se ponía, el bebé de Anka vino al mundo totalmente desnutrido por la falta de alimento de su madre. Lo primero que vio al na-cer fue el campo de concentra-ción de Mauthausen. Los ale-manes, sin saber por qué, se apiadaron y dejaron vivir a su niña, Eva. Días después, el cen-tro fue liberado.

Livia, asegurar la sucesión de sus hijos con asesinatos

Livia Drusa Augusta pertene-ce a una generación de mujeres romanas que, sin posibilidad de participar en la vida política, su-pieron moverse desde la esfera familiar hasta lograr sus objetivos e impulsar las carreras de sus descendientes. Se puede casi afirmar que Livia le entregó todo un imperio a su hijo Tibe-rio.

César Augusto se casó por tercera vez en el 38 a.C. Eligió con este propósito a una mujer que también había estado casada y tenía fama de ser especialmente atractiva, Livia. La joven estaba casada con Tiberio Claudio Nerón, un primo suyo de familia patricia, que se vio obli-gado a echarse a un lado al hacer acto de pre-sencia el Princeps. Cuando César Augusto pu-so sus ojos en Livia, la patricia tenía ya un hijo, el futuro emperador Tiberio, y estaba embara-zada del segundo, Druso el Mayor. Se casaron un día después de que sus divorcios fueran anunciados y, entre el mito y la leyenda, se afir-ma que incluso el exmarido asistió a la ceremo-nia. El matrimonio entre Livia y Augusto se mantuvo durante los siguientes 52 años –a pe-sar del hecho de que no tuvieron hijos–, en los que se convirtió en el ideal de las cualidades femeninas romanas, una figura maternal, y, finalmente, una diosa como la representación que alude a su virtud.

No en vano, el lado oscuro de Livia ha sido un tema recurrente para la ficción. La esposa de Augusto presionó en favor de que sus dos hijos, Tiberio y Druso, fueran adoptados por el Princeps y le sucedieran a su muerte. Con este fin se valió de toda clase de maniobras y, se-gún los rumores de la época, de veneno y ase-sinatos. Y en verdad desaparecieron los princi-pales candidatos a la sucesión, hasta que la cabeza de Roma cayó en manos de sus hijos. Uno por uno, todos los hijos de Julia (única hija de Augusto) y Marco Vipsanio Agripa murieron prematuramente.

El día que murió César Augusto, en el año 14 d.C, Tiberio y su madre Livia se hallaban presentes en el lecho de muerte de Augusto y escucharon sus últimas palabras: “Acta est fabula, plaudite” (La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!). A partir de entonces, Tiberio se convirtió en el protagonista de la nueva come-dia y, casi al instante, un centurión de la Guar-dia pretoriana viajó a la isla donde permanecía exiliado Agripa Póstumo, el último de los hijos de Julia, con la misión de asesinarle. A su re-greso a Roma, el centurión acudió con normali-dad a informar a Tiberio como correspondía por ser su comandante, salvo porque éste negó enérgicamente que él hubiera dado la orden de matar a Agripa. Puede que dijera la verdad y que fuera una orden directamente dada por su madre o incluso por Augusto antes de morir.

“La Honesta”, la última reina mora de Gra-nada

La última reina de la Granada mora se llama-ba Aïsha bin Muhammad ibn al-Ahmar, apoda-da la “Honesta”. Casada con Muley Hacem, la musulmana reinó junto a su marido durante veinte años y le dio dos hijos y una hija, entre ello Boabdil. Sin embargo, Muley Hacem se enamoró de Isabel de Solís, una esclava cris-tiana que se islamizó con el nombre de Soraya, y tuvo con ella dos hijos varones. Los hijos de Soraya desplazaron de la sucesión a los hijos de la musulmana.

Con el objetivo de velar por su hija, Aixa se alió con los Abencerrajes, eternos enemigos del rey Muley Hacem, para destronar a su mari-do. El golpe de estado tuvo éxito y Aixa consi-guió poner en el trono a su hijo Boabdil. Mien-tras los cristianos aprovechaban las intrigas palaciegas para medrar más terreno, Aisha continuó al frente de la resisten-cia mora hasta el final. No obs-tante, con el permiso de Boab-dil, una avanzada cristiana ocu- pó la Alhambra a principios de 1492, adelantándose a cual-quier reacción violenta del pue-blo, lo que fue seguido por la en-trega de la ciudad. Un cronista vasco describió aquel día como el que “redimió a España, inclu-so a toda Europa de sus peca-dos”.

Aisha y su hijo Boabdil siguie-ron viviendo en la Península, en un territorio asignado por los Reyes, en las Alpujarras, pero al cabo de dieciocho meses cruza-ron el Estrecho. Un romance po-pular puso en boca de la madre Aisha la célebre cita: “Llora co-mo mujer lo que no supiste defender como hombre”. No hay ninguna evidencia histórica de que pronunciara dicho reproche hacia su hijo.

CÉSAR CERVERA - MANUEL P. VILLATORO

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