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[Ignacio Vera]

La espada en la palabra

El nacionalismo como clave


Hablar de nacionalismo en un mundo en el que la globalización no solamente ha impuesto su ley sino también su tiranía, puede parecer hoy una locura.

Hablar de razas es hoy un sinsentido, porque ninguna sangre posee mejores genes que otras. Dejemos el fascismo para los que aún discuten la superioridad de unas razas, para quienes viven en un mundo no solo alejado de éste en el que vivimos sino además de fantasía (como viven los que creen en la religión de Marx) y para los que piensan que los militares en el poder son la misma bendición de Dios hecha realidad.

Pero, si no de fascismo, sí podemos todavía hablar de las potencialidades que el suelo ha provisto a sus moradores, para que éstos sean los que mejor aprovechen las virtudes que el medio puede dar a quienes trabajan sobre él. Eso es el nacionalismo, que no es determinismo social, aunque sí tiene algunas características físicas en común con éste.

El mundo de ahora da vueltas mucho más rápido que el de ayer y la economía y las comunicaciones hacen que parezca hoy imposible hablar de un nacionalismo practicable, pero no es tan así. El debate se presenta oportuno, dado que en el planeta la variable sociológica de los países se ha hecho casi inexplicable desde el punto de vista de los movimientos vinculados con la migración, cada vez más intensos. Alemania, con una Ángela Merkel en aprietos, está viviendo esta incertidumbre; los Estados Unidos, con un Trump celoso de una raza que es todo menos pura, viven el dilema; Bolivia, con un flujo de inmigrantes asiáticos que ponen en vilo el futuro de muchos bolivianos, siente el problema. Y no solamente estos países, sino muchos otros más.

El nacionalismo es como un proteccionismo, pero un proteccionismo de la raza; un proteccionismo no discriminatorio, sino favorable a la potencia de un pueblo unido a su suelo. Este proteccionismo no es un fin en sí mismo, como en cambio sí lo es para el fascismo.

El medio ha dotado al ser humano de un sistema de concepciones y fuerzas históricas que hacen que el hombre pueda desplegar todo su potencial y toda su creatividad solo en un determinado territorio, fuera del cual es incapaz de alcanzar plenitud material y espiritual, pero mucho menos material. No por nada un indígena altiplánico no puede trabajar en las pampas occidentales igual que en las llanuras del oriente; no por casualidad los prusianos no pudieron penetrar la Rusia invernal como lo hubiese hecho descalzo un siberiano; no por nada un carioca en el Tíbet es un donnadie. Esta insuficiencia no está relacionada tanto con el intelecto cuanto con las capacidades físicas del cuerpo. Por tanto, la migración puede afectar la producción material de un Estado cuando aquélla no está bien regulada por las leyes. En conclusión, sí existe un determinismo físico que hace que los hombres estén hechos para rendir mejor en unos lugares que en otros.

El subsuelo de la tierra tiene vida, se llama nacionalismo; de ahí los grandiosos Estados-nación configurados por la Gran Guerra que, aunque violenta y macabra, fue fecunda en el ordenamiento de Europa.

Desde el comienzo de la era contemporánea, la sociedad vive conmovida por la eliminación de las clases sociales; las mejores impugnaciones están en las páginas de los socialistas científicos. Y en realidad, un buen pensador o intelectual siempre querrá que las clases sociales algún día desaparezcan, pero el nacionalismo es cosa muy diferente, y no supone, como se dijo, la creencia de que unos son más que otros, sino que pueden obrar mejor en unos lugares que en otros.

Un viejo determinismo rige inexorablemente, y a despecho de los poetas y abogados de una sociedad global, la vida y el desenvolvimiento de las sociedades humanas.

El autor es licenciado en Ciencias Políticas.

 
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