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¿Qué se hace con máquinas de juego decomisadas?


 

Periódicamente, las autoridades dan cuenta del decomiso de máquinas de juego y que pertenecen a locales que no siempre exhiben las autorizaciones legales que debían tener para funcionar. Muchas veces en pasados años se ha decomisado este tipo de máquinas, especialmente de aquellos recintos donde se permitía el ingreso de menores de edad; pero poco o nada se supo bajo qué condiciones funcionaban, con qué permisos contaban y si realmente no afectaban a la moral de la colectividad.

El juego, por principio, es un mal entretenimiento porque quienes recurren a él corren el riesgo de adquirir adicción y, de ahí, pasar a todo tipo de vicios, empezando por las bebidas alcohólicas y terminando en las drogas. En nuestro país, como ocurre en la mayoría de las naciones, las máquinas de juego están sujetas a determinadas condiciones y reglas que deben cumplir sus dueños; pero su uso por parte de niños y jóvenes debe ser prohibido o controlado, según los casos.

Lo que siempre ha extrañado es que se anuncia decomisos, pero no se conoce el posterior paradero de esas máquinas. En algunos países se ha denunciado que esos decomisos eran comercializados por personal inescrupuloso que tenía acceso a los respectivos depósitos. Será preciso, pues, que en nuestro país se establezca el destino de esas máquinas y, mediante los respectivos inventarios que deben cursar en alguna dependencia gubernamental, establecer cuál fue el destino de máquinas decomisadas.

El juego, en cualquier forma en que funcione, siempre ha sido considerado como pernicioso para la estabilidad de los hogares y para la salud moral de quienes acuden a él. Se lo ha considerado causante de grandes desgracias, debido a que “el juego absorbió todo lo que tenía una familia” o el patrimonio de importantes negocios; pero como se supuso siempre que reportaba beneficios financieros a los fiscos, rigió el “dejar hacer y dejar pasar”, hecho que ha ocasionado también la proliferación de la corrupción.

Vivimos tiempos en que la permisividad que muchos padres otorgan a sus hijos, da lugar a la adquisición de vicios y costumbres peligrosos y totalmente contrarios a la buena formación de niños y jóvenes que, atenidos a que “papás nada dicen o les importa poco”, disponen hasta festinatoriamente de sus vidas que, en muchos casos, resultan caminos propicios para muchos delitos que afectan a la sociedad. Esa permisividad de padres de familia es, generalmente, el inicio de situaciones que con el tiempo se vuelven conflictivas o son el principio de enfermedades y defectos morales que esos mismos padres tienen que sufrir, porque las conductas de sus hijos para nadie son garantía. Combatir los males que afectan a la niñez y la juventud debe partir por el amor y atención de los padres a sus hijos y, además, la no proliferación de máquinas y otros elementos que perjudican gravemente la salud moral de la colectividad.

 
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