Papás modernos, disfrutan a sus hijos



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Los tiempos han cambiado, la mentalidad ha evolucionado y sin duda los nuevos papás también. Son más juguetones, dulces y cariñosos que hace años atrás. La evolución que ha sufrido el concepto de ser papá ha traído muchos beneficios a las nuevas generaciones de niños.

Hace tiempo atrás los padres eran muy autoritarios, rígidos de difícil acceso para sus hijos, no demostraban su cariño y les costaba bastante jugar con sus hijos. La educación era bastante severa y el niño tenía un profundo respeto y algo de temor por la figura paternal.

Hoy en día, los papás disfrutan con la experiencia de ser padres, se muestran muy cariñosos y están implicados en la educación del niño. Los nuevos papás exigen más de sí mismos, son cómplices de la educación y desarrollo de sus hijos.

Hay que ser padre pero no exceder la perfección, ni tampoco sobreproteger a los hijos, es difícil pero hay que aprender. Es un maravilloso camino que hay que llevar con un gran sentido del equilibrio para el bienestar de sus hijos.

¿Cómo ser un buen padre?

Es una pregunta que muchas veces se realizan. Por ejemplo las películas se han ocupado de caricaturizarlos con miles de escenas tragicómicas sobre su supuesta inutilidad cuando tienen que cuidar a sus bebés. Sin embargo, lejos de lo que sucede en la pantalla, y como contraparte del avance femenino en el terreno laboral, hoy vemos que los hombres ocupan espacios tradicionalmente considerados de mujeres salvo la lactancia, comparten todas las tareas de cuidado y educación de un recién nacido. Pero ¿qué significa ser papá?, ¿Cuál es el rol de los padres? ¿Cómo ser un buen papá?

Aunque el protagonismo y la importancia de la función del padre es algo que es reconocido y aceptado en los tiempos que corren, poco se habla de lo que significa ser papá y de la relación especial que un padre tiene con su hijo.

Hay diferencias de roles que están planteadas desde el comienzo: De niños, los varones sueñan con ser bomberos, astronautas o médicos mientras que las niñas juegan a ser madres y tener muchos hijos. A pesar de que los lugares y sentimientos nunca serán iguales, la llegada de un hijo conmociona tanto a la mamá como al papá y genera un sentimiento de angustia y responsabilidad que acompañará para siempre ese inmenso amor por él.

Hoy los padres pueden expresar su amor por sus hijos, jugar con ternura, dialogar libremente con ellos, colaborar en el día a día de su educación, construir con su pequeño un vínculo indestructible que ambos necesitan para sentirse valorados y para poder desarrollarse plenamente.

¿Seré un buen padre? ¿Podré proveer a mi hijo de todo lo que necesite? ¿Mi esposa y mi relación de pareja, cambiarán para siempre? Estas son sólo algunas de las preguntas que se realizan los padres al enfrentarse con la nueva situación.

Que surja la angustia por el nuevo rol es totalmente normal, uno es porque el nuevo papá se siente como un tercero en cuanto a la relación de la mamá con su bebé. El padre se siente afuera de la relación entrañable que establecen madre e hijo, y siente celos tanto por la madre como por el hijo. Esa mujer que antes lo amaba y necesitaba parece no querer nada más que estar con su bebé, y ese niño con el cual soñó tanto tiempo, ahora lo excluye porque sus necesidades se dirigen principalmente a la madre.

El nuevo papá se angustia porque en esta exclusión de su esposa e hijo revive el haber sido de niño excluido en la pareja de sus propios padres. La paternidad nos hace pensar en cómo fueron nuestros padres, en qué relación interna mantenemos con ellos. Las personas que no han tenido un padre presente o no han llevado una buena relación con su padre, pueden ejercer una excelente función paterna, depende de cómo han elaborado su historia y su relación con sus padres.

Fundamental que el papá cumpla la función paterna y no sólo el tiempo que comparte con su hijo ya que no tiene discusión entre calidad y cantidad de tiempo que pasas con tu bebé, niño o joven se acentúa cuando se trata de la relación padre-hijo.

La función paterna es principalmente poner límites en esa relación entre madre - hijo, crear el lugar para un tercero, intermediar esa relación, propiciando la separación, con amor pero estableciendo límites y trasmitiendo valores. Esa función la puede cumplir el padre biológico, adoptivo, el nuevo marido de la madre u otra persona, alguien que rompa con la ilusión de que madre e hijo no necesitan a nadie más en el mundo.

Es fundamental que recuerdes que todo momento es bueno para establecer un vínculo con tu hijo. Desde el primer día, la relación padre-bebé se convierte en algo fundamental para ambos, aunque algunos padres se intimidan o no se atreven a jugar con el bebé delante de otras personas por temor a ser criticado si hace algo incorrecto.

Al bebé le da mucho placer el contacto físico, las palabras, las caricias, ese momento en que su papá lo levanta, lo acuna y lo mima. Si la vergüenza es tu problema, lleva a tu hijo a un lugar donde te sientas a gusto y juega con el sin que nadie los interrumpa.

Hacerlo dormir, cambiarle los pañales, preparar un biberón, un paseo por el barrio, todo momento se convierte en una oportunidad para demostrarle cuanto lo amas. Cuantas más veces lo bañes o le cambies el pañal, mejor lo harás. Cuantas más veces le des de comer y cuanto más tiempo pases con él, más lo conocerás y más rápidamente podrás interpretar y satisfacer sus necesidades. Inclúyete en aquellos momentos en que el bebé está con su mamá, y ofrécele a ella hacerte cargo del cuidado del bebé aunque ella no te lo pida.

Tal como ocurre con la maternidad, a ser padre se aprende. Los niños valoran más que sus padres les dediquen toda su atención unas horas al día a que pasen todo el día con ellos sin prestarles verdadera atención.

Los niños que cuentan con la presencia y dedicación de sus padres son más seguros de sí mismos, se desarrollan de una forma más saludable, crecen más felices y poseen un mejor rendimiento escolar.

Pero no sólo en los niños se ven los beneficios; cada día existe mayor evidencia científica de que los papás que se involucran en la educación de sus hijos son más saludables, participan más de actividades comunitarias, poseen una mejor relación con sus propios hermanos y padres, fortalecen sus relación de pareja, se vuelven más eficientes en el trabajo, se estresan menos por cuestiones laborales y tienen claro que su familia está en la cima de su lista de prioridades.

 
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