[José Alberto Diez de Medina]

Un homenaje aymara a Bolívar


Después de la batalla de Ayacucho quedó consolidada la independencia de las repúblicas americanas, el ejército unido libertador se encontraba acantonado en Puno, y su próximo destino era su ingreso al Alto Perú; únicamente la Segunda División cruzaría el río Desaguadero al mando del mariscal Antonio José de Sucre, y el general José María Córdova.

Por su parte, el Libertador parte hacia el Cusco con su escolta de reglamento, más una pequeña comitiva, para preparar su posterior ingreso a las provincias del Alto Perú, esperando reunirse con el mariscal Sucre en la ciudad de La Paz.

El Libertador cruza el Desaguadero, y avanza por el altiplano, con vientos helados y fríos hacia una altura de 3.800 a 4.000 metros sobre el nivel del mar, rodeado por cordilleras y cumbres nevadas majestuosas sobre los 6.000 m. de altura; subyugante y hermoso el paisaje, semejante a un Tibet americano.

La impresión que causa en estos guerreros, llegados del Apure, de los llanos venezolanos, y trópicos colombianos, impacta de tal manera en cada uno de ellos, dejando tal admiración, que es como si se tratara de la entrada a otro mundo o quizá a una nueva latitud de un mundo extraño, como a una tierra de ignotas riquezas y milenarias civilizaciones y creencias.

En su avance el grupo militar descubre una minúscula aldea, donde se yergue una fortaleza aymara Pucara, allí lo esperan los habitantes del lugar, allí lo espera la raza vernacular aymara, allí lo espera el indómito habitante de estas tierras, tan áspero, lejano y soberbio como la tierra misma; se aproxima al Libertador un Amauta, un sacerdote indio, llamemos la primera figura señera que en sí representa al Alto Perú, y allí en pleno altiplano, teniendo como escenario bloques de nieve similares a gigantescas catedrales, de esa enorme cordillera, más el viento ululante, frío y triste como un cántico de quenas y de flautas, le dice:

“Soy José Domingo Choquehuanca, y he venido a saludarte”, y con vibrante voz añade:

“Quiso Dios, de salvajes formar un gran imperio, y creó a Manco Cápac, pecó su raza y lanzó a Pizarro, después de tres siglos de expiación tuvo piedad de la América, y os ha enviado a vos, sois pues el hombre de un designio providencial, nada de lo hecho antes se parece a lo que habéis hecho, y para que alguno pueda imitaros será preciso que haya un mundo nuevo por liberar; habéis fundado cinco repúblicas que, en el inmenso desarrollo a que están llamadas, elevarán vuestro nombre, donde ningún otro ha llegado; con los siglos crecerá vuestra gloria, como la sombra cuando el sol declina”.

El Libertador da un abrazo a Choquehuanca, y con la admiración y gozo que ha producido esa arenga, continúa su entrada al Altiplano, de pronto se acerca una nueva y joven figura, quizá el hijo de un Amauta, o un descendiente del incario.

El Libertador se aproxima y pregunta:

¿Di como te llamas? Huayna Cápac le dice.

¿Cuál es tu trabajo? “Cultivo la heredad de Choquehuanca”.

¿Cuánto te paga tu amo? “Tres medallas de plata, con la efigie de un rey blanco que no conozco e ignoro, y es el dueño de estas tierras”.

¿Y cómo distribuyes las monedas? “Con una me alimento, la otra la siembro para que produzca otras monedas, y la tercera la pago por una deuda que dura mientras viva mi acreedor”.

¿Qué dicen esas frases enigmáticas? “Muy fácil, mi señor, saberlo, escucha: con la primera como cada día es el tributo a mi naturaleza; con la segunda siembro en mi hijo único, con ella lo alimento, y sus cuidados cosecharé más tarde cuando viejo, con la tercera pago aquella deuda a quien le debo todo, y es mi padre y mientras viva debo cancelarle”.

Bolívar, que admira su sapiencia, súbitamente le pregunta:

Di, ¿qué quieres como recuerdo? “Una moneda de oro que ostente tu semblante, esa medalla la sembraré en mi hijo, que ha de amarte, como yo te amo a ti, tú la siembras y tú la cosechas; el porvenir ya es tuyo, y para siempre, créeme, para siempre, tú sujetas el rayo luminoso de la gloria”.

Asombrado quedó el Libertador con esa oratoria, recibir esas loas de una raza descendiente quizá de elevadas civilizaciones.

Así se abrió la puerta del Alto Perú, y el Libertador ingresó, recibiendo esas inmensas arengas llenas de sabiduría, que causaron su júbilo y beneplácito.

El Libertador y su comitiva continuaron su ingreso al Alto Perú.

El autor es Past. Presidente de la Sociedad Bolivariana de Bolivia.

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