I

Y entonces: ¿La suerte ya está echada?

José González

Si el existencialismo es el signo y resultado de una crisis (1) en el pensamiento tradicional y una desorientación, a veces dolorosa, que sufre cualquier persona que detiene, aunque sea por instantes, la marcha incesante de su vida, que abre los ojos, que contempla y que toma conciencia de su existencia, entonces muchos somos de alguna forma existencialistas, aun si se afirma que esta corriente filosófica sólo estuvo en boga durante un período determinado y es cosa del pasado.

La melancolía invade el espíritu de quienes están en constante vigilia y que consideran la posibilidad de ser el resultado fortuito de un conjunto de accidentes naturales, históricos y sociales, con un futuro indeterminado e incierto; que advierten, además, que somos pequeñas partículas en la inmensidad infinita del universo y que nuestras vidas, como dijera Thomas Nagel, son simples instantes en una escala geológica del tiempo, y no se diga en una escala cósmica (2).

Así, reflexionar sobre nuestra pequeñez y fugacidad, en un insignificante rincón del espacio y del tiempo, rodeados por el infinito y la muerte, equivale a pensar (y sentir) la angustia subjetiva a que hacía referencia Kierkegaard: «La angustia -decía este filósofo- puede compararse muy bien con el vértigo. A quien se pone a mirar con los ojos fijos en una profundidad abismal le entran vértigos. Pero ¿dónde está la causa de tales vértigos? La causa está tanto en sus ojos como en el abismo.» (3)

Para un existencialista radical, que se siente como si lo hubiesen arrojado en un lugar y tiempo determinados, sin motivos claros, para enfrentarse a diversas situaciones, a sabiendas de que su presencia es importante pero no necesaria, pues en todo momento es absolutamente prescindible, hallarle sentido a la vida resulta poco menos que un sinsentido. Ya lo decía Sábato: «A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?» (4).

Y para problematizar aún más estas ideas, el humano no sólo se enfrenta al abismo que se percibe en la escala del macrocosmos, también debe asumir su existencia frente a los misterios del microcosmos: los átomos, las moléculas y las células. Como afirmaba Salvador Borrego: «La complejidad de una galaxia, compuesta de 400,000 millones de estrellas es asombrosa. Y sin embargo, un ‘simple’ ser humano es todavía más complejo» (5). No nos explicamos muchas cosas que ocurren en nuestro interior, ni a nivel fisiológico ni emocional, ni mental ni espiritual. Inclusive, no sabemos a ciencia cierta si todo, en el universo, está sujeto a una ley inflexible de causa y efecto, en forma mecánica. ¿Estará trazado desde el inicio un destino predeterminado? Arthur Koestler decía que «el modelo del universo como un mecanismo de relojería, típico del Siglo XIX, se ha derrumbado. Con el advenimiento de la teoría cuántica y de la relatividad, el mismo concepto de materia ha perdido toda solidez, de forma que el materialismo ya no tiene derecho a proclamarse una filosofía científica» (6).

Claro, a muchos les podría causar antipatía el pesimismo y la incertidumbre que expresan las palabras anteriores. Seguro que sí. Pues una cosa es que al universo no se le halle ningún sentido, pero otra es que a alguien individualmente se le cuestione su propio sentido en la vida. Así de paradójicos somos. Cioran sentenciaba en ese sentido que: «Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune. Así somos todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese castigo? Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido; pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno».

1) Crisis en el sentido de ruptura y cambio de derrotero en el planteamiento y solución de problemas fundamentales (el problema del ser, de la verdad, del tiempo, de la trascendencia).

2) Nagel, Thomas. ENSAYOS SOBRE LA VIDA HUMANA. FCE. 2ª Edición, 2000. El Absurdo. Pág. 35

3) Kierkegaard, Sören. EL CONCEPTO DE LA ANGUSTIA. Filosofía. Alianza Editorial. 1ª. Edición, 2007. Pág. 118.

4) Sábato, Ernesto. EL TÚNEL. Lo mejor de Ernesto Sábato. Seix Barral. 2011. Pág. 26.

5) Borrego, Salvador. DOGMAS POLÍTICOS Y CRISIS. 4ª Edición, 2003. Pág. 47.

6) Koestler, Arthur. FÍSICA, FILOSOFÍA Y MISTICISMO, citado por Salvador Borrego, Idem.

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