Agropecuaria entre optimismo y pesimismo


 

Informaciones propagandísticas de origen oficial y extraoficial muestran que el país ingresará en una etapa de desarrollo agropecuario que permitirá la seguridad alimentaria de la población, las exportaciones de productos, el ingreso de divisas al país, la creación de fuentes de trabajo en el medio rural y otras lindezas. Pero mientras los anuncios van por un lado, la realidad marcha por otro, pues siempre las palabas vuelan y sólo quedan los hechos.

Los pomposos ofrecimientos oficiales para el sector agropecuario son innumerables; por ejemplo, que el Banco Mundial anuncia un crédito a Bolivia de 60 millones de dólares; en Parotani el presidente Evo Morales anunció que está en marcha una “revolución agraria”; el Poder Ejecutivo dictó una decena de decretos para desarrollar la agricultura; que crecerán las áreas de cultivos agrícolas; que este año se incorporará a la agricultura un millón de hectáreas, etc.

Así mismo, la cadena de proyectos para mejorar la agricultura se ha visto enriquecida, además, por un supuesto crecimiento de la producción de trigo y, por si fuera poco, dos sapientísimos personajes han hecho conocer sugerencias para que la agricultura ingrese en una “revolución verde” y detallaron, al mismo tiempo, propuestas para que el Gobierno las tome en cuenta ipso facto para resolver el problema agrario del cual depende el futuro del país.

El primero de ellos, el industrial León Prado, se ha pronunciado en forma categórica y señaló cuatro fórmulas, a cual más inteligentes, para atender el asunto y poner al país en la senda del progreso agrícola. El segundo en hacer propuestas fue un columnista de EL DIARIO, Paulovich, quien también propuso como segura solución del problema agrario nacional, retroceder a la formula populista de “la tierra es de quien la trabaja”, que daría posibilidad para que cientos de campesinos desocupados que viven en los barrios marginales y laderas de las ciudades, vuelvan a sus sayanas y retomen el arado de madera egipcio tirado por bueyes, sistema que trajeron los conquistadores españoles, pero que no pudo ser erradicado ni con la reforma agraria de 1953.

En todo caso, el optimismo de funcionarios públicos y ciudadanos ante la preocupante realidad agraria del país, parece ser algo ilusorio, pues otros indicadores confirman que las cosas no van por el camino de las rosas, sino por el de las espinas. En efecto, en las regiones de yungas, Chapare y otras se sigue cultivando coca con tecnologías más modernas (riego por aspersión, abonos, insecticidas, etc.) a costa de erradicar cultivos de café, frutales, verduras, tubérculos y otros, mientras continúa indeclinable la migración de campesinos a ciudades, quedando en abandono cientos de hectáreas cultivables y otros.

Pero hay algo peor. Se mantiene inalterable la legislación agraria neofeudal vigente y se eternizan las viejas estructuras de producción y propiedad, ante las cuales se quiere obligar a aceptar soluciones que corresponden a otras realidades. En efecto, o bien se desea restaurar los viejos medios de producción y con ellos antiguas relaciones de propiedad, o bien se desea introducir por la fuerza los modernos medios de producción en el marco reducido de las primitivas relaciones de propiedad.

Es más, en vez de la acción social ponen en acción su propio ingenio; en vez de la liberación de los restos del pasado, condiciones más que fantásticas; en vez de acabar con los saldos comunitarios, esclavistas y feudales que predominan no sólo en la agricultura sino también en la minería y la industria, una organización imaginada por ellos y a título del socialismo, ¡”la invención boliviana indígena, obrero y popular de una vía democrática hacia el horizonte socialista”!, de nuestra burocracia insensible y satisfecha.

A todas esas ilusiones se agrega el dato oficial de Emapa, de que aparte de importar cientos de toneladas de trigo, ahora comprará, por exigencia de Anapo de Santa Cruz, otras cien mil a los productores nacionales del Oriente, que al parecer no tienen consumidores. Entre tanto, según el Ministerio de Desarrollo Rural, en La Paz se cultiva 284.307 hectáreas; en Cochabamba 217.000 y en Chuquisaca 180.000. Así mismo, en todo el país se cultiva 3.55.659 hectáreas, de las cuales 1.571.766 se destina a las oleaginosas (soya, chía, etc.) y 1.758.997 a tubérculos, hortalizas, etc.

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