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[Heberto Arduz]

Mi deuda con Unamuno


En mi ya lejana juventud, cuando frisaba los 20 años, conocí los ensayos (no las novelas) de aquel brioso escritor de Bilbao y rector vitalicio de Salamanca, en cuyas cercanías de la universidad se observaba su pétreo busto, emplazado ahí mismo, al alcance de la mano, el otro Miguel inmortalizado en vida. Su otro yo, no el de “carne y hueso”.

El dolor que sentía en la profundidad de su ser por su patria sumida en el fango de la política sin esperanza de una mañana mejor, conmovía mi alma joven. Y el grupo generacional del 98, en comunión de principios, hizo causa para que sus connacionales tomaran conciencia de la realidad y pusieran el hombro, férrea y lealmente, a la tierra humillada. Azorín, Baroja, Unamuno, entre otros más, constituyeron un núcleo de valía y proyección, incitando a la ciudadanía al estudio de la problemática española y, más allá de este umbral, vigoroso por supuesto, de la creación literaria propiamente dicha.

Lector del danés Soren Kierkegaard, tomo de éste El Concepto de la angustia, título de una de sus obras, para desarrollar los conflictos de la fe y la razón. En el libro de Unamuno Del sentimiento trágico de la vida, removió los cimientos del catolicismo, cuando sostuvo que: “La religión, más que se define, se describe, y más que se describe, se siente”. Y revalorizó conceptos, aun en paradojas, propias del ser humano en su devenir histórico. Todo lo cuestionó, sometió a duda incluso lo escrito por Descartes y siempre, casi siempre, mantuvo alta la esperanza, tabla de salvación del barco que amenazaba hundirse. Fe en la fe misma, diría.

La prosa de don Miguel, como solían llamarlo sus contemporáneos, sacándose el sombrero como homenaje a su vasta cultura, cautivaba a la juventud por su verbo combativo, nuevo, desafiante, basado en la superación intelectual.

Se ocupó, asimismo, del anhelo de inmortalidad que lo acompañó en su existencia, el eterno combate del hombre superior por no perecer pinta las aspiraciones unamunianas: “Dejadme soñar; si ese sueño es mi vida, no me despertéis de él. Creed en el inmortal origen de este anhelo de inmortalidad, que es la sustancia misma de mi alma”.

Junto al libro arriba mencionado nuestro autor escribió, junto a muchos otros trabajos, La agonía del cristianismo, de un atractivo singular. Veamos. “La inmortalidad del alma es algo espiritual, algo social. El que se hace un alma, el que deja una obra, vive en ella y con ella en los demás hombres, en la humanidad, tanto cuanto está viva. Es vivir en la historia”.

Uno de los méritos del autor fue haber restablecido el sentido etimológico de la palabra ‘agonía’: el de lucha. “Se puede morir sin agonía y se puede vivir, y muchos años, en ella y de ella”.

En el panorama cultural de España sobresale Miguel de Unamuno en una perspectiva de originalidad y lucidez conceptual, de apego a una nueva corriente que se estacionó, por decirlo de algún modo, en la renovación y el futuro patrio.

Uno de sus amenos biógrafos, Serrano Poncela, manifiesta: “Y es irónico su destino: entre los años 1932 y 1935 recibe los máximos honores a que un ciudadano puede aspirar: rector vitalicio de la Universidad salamanquina, ciudadano de honor de la República, alcalde ad-perpetuam de la ciudad de Salamanca, etc., a la vez que se siente más solo que nunca”.

Otro de los estudiosos de la vida y obra del escritor, Manuel García Blanco, en su abultada obra titulada En torno a Unamuno asegura que “no pocos de sus libros conocieron, antes de serlo, la dispersión en las páginas volanderas de alguna publicación periódica”. Tuvo tanto material que su alma, entregada sumisamente al culto de las letras, no podía esperar a que sus trabajos se editaran en libros y los daba, encendida la pasión, a los periódicos en forma primicial. ¡Ah, don Miguel tan grande y noble como él solo fue: singular en su grandeza!

El primer artículo de mi autoría cuando cursaba estudios universitarios -¡vaya audacia la mía!- que se editó en el suplemento cultural de Presencia Literaria, bajo la dirección de Juan Quirós, en julio de 1967, estuvo dedicado a la obra de Unamuno y el segundo a Azorín, seudónimo que reemplazó al verdadero nombre de José Martínez Ruiz; a quienes veneré devotamente, y lo sigo haciendo hoy en silenciosa y respetuosa admiración, junto a los demás integrantes de la Generación del 98.

 
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