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Una luz en este malestar que recorre el mundo

José Carlos García Fajardo

Los voluntarios sociales asumen la causa de los más débiles, denuncian estructuras de poder injustas y se saben responsables solidarios mientras existan personas o comunidades explotadas o marginadas. Denuncian injusticias y aportan propuestas alternativas. Así podremos construir una sociedad más justa, más libre, más humana y más solidaria. Nadie sabe de lo que es capaz hasta que se arriesga a hacerlo. Vivimos un momento apasionante de la historia en el que todo es posible si nos atrevemos a emprenderlo. El reconocimiento social del voluntariado interpela a quienes se reúnen para recuperar fuerzas, compartir experiencias y llevar a cabo proyectos ilusionantes.

Si hago silencio, reflexiono y extiendo la mirada, me sería difícil encontrar personas más admirables, más amables y más entregadas a los demás. Estas personas son las que nos animan a seguir en la lucha. Estos vigilantes que permanecen alerta y por los que reposa la ciudad.

Nos parece una luz en este profundo malestar que recorre el mundo y se extiende a través de los medios. Ya nadie puede librarse de sus impactos al caminar, ir al cine, entrar en Google, abrir su correo electrónico. O ver a multitudes cada vez más solitarias con las que te cruzas; hasta en nuestros sueños se abren camino y dejan sus trazas. Influyen en nuestro inconsciente, en costumbres, gestos, expresiones y hasta en ese hontanar de silencios que arropan nuestros miedos. David Riesmand lo intuyó al publicar, en 1959, “Las muchedumbres solitarias” (The lonely crowd) casi simultáneo a la irrupción de los jóvenes en los 60 hartos de dirigentes políticos, sociales, económicos, religiosos y frustrantes que padecían. Puesto que “Dios ha muerto”, al igual que Darwin, Marx, Freud, los jóvenes, tampoco “se encontraban demasiado bien”. Les habían engañado con el mito de una Era de prosperidad, que no era otra cosa que utopías en busca de una Edad de oro que jamás había existido. Trabajo para todos, amor libre, educación, sanidad, comunicar sin fronteras, igualdad, libertad y justicia universal casi sin esfuerzo, trabajo ni compromisos sociales.

Habíamos padecido dos espantosas guerras con millones de jóvenes muertos en campos de batalla que trataban de “asumir” las descolonizaciones de inmensas tierras y la esclavitud de incontables seres en África, Latinoamérica, Oriente próximo, India, China y el sudeste asiático. Para sustituirlas por economías de casino, mano de obra miserable, creación de dependencia que ocasionó una “deuda eterna” imposible de pagar y que llevó a millones de seres a descubrir que no tenían que perder más que sus cadenas en una desesperanza explosiva manejados por dictadores, ejércitos privados, redes de explotación de sus riquezas naturales y de la mano de obra a la que calificaron de “recursos” necesarios para producir inmensos beneficios. Esa era la dinámica de los nuevos zares, de los déspotas y oligarcas ocultos detrás de cuentos con los que pretendían “acunarnos”, adormecernos y utilizarnos.

Junto a una decepción desesperanzada muchos jóvenes se lanzaron al grito de “seamos razonables, pidamos lo imposible” buscando la playa bajo los adoquines. Junto a esa bendita explosión desde Berkeley a París, Berlín y otras ciudades o falsos paraísos que enajenaban, pero que no les abrían a horizontes de libertad, justicia, trabajos dignos, espacios en los que sentirse queridos y necesarios. Albert Camus se alzaba como paradigma del tránsito del gozo en Bodas y Verano en Tipassa y tantas obras geniales que lo abrieron a la révolte. La muerte cegó a la aurora, la noche a la esperanza. Pero fue en esos años cuando alborearon grupos de jóvenes en Europa y América que se sentían responsables solidarios y querían aportar su esfuerzo, iniciativas de voluntariado, compromisos inseparables de una auténtica compasión con alternativas viables, sostenibles, endógenas y universales.

Ante el temor a nuevas decepciones, se extiende la necesidad de recuperar nuestras señas de identidad mediante la lucidez, la fraternidad y la comprensión de nosotros mismos.

Cómo sería la humanidad si nos mostrásemos más bondadosos con nuestras imperfecciones. De ahí la oportunidad de transformar nuestros fallos en oportunidades y en desafíos. Cada momento puede ser una oportunidad para perfeccionar la comprensión hacia nosotros mismos. Reconocer la imperfección, advertir los prejuicios de pensamientos negativos y prestar atención a ese sentimiento que quizás no sea más que una sensación física conectada a una emoción pasada. Tenemos que aprender a reírnos de nosotros mismos, sin perder la atención debida. Todos tenemos pensamientos negativos que nos acompañan desde largo tiempo. Pero su presencia nos brinda la oportunidad de liberarnos de ellos, lo que nos devuelve el control para tomar decisiones positivas. Estar en armonía con todas las cosas significa carecer de ansiedad acerca de nuestras imperfecciones.

El autor es Profesor Emérito U.C.M.

 
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