En el corazón negro del Ártico

Víctor Martínez González

La temperatura en el océano Ártico aumenta tres veces más rápido que en el resto del planeta y acelera el derretimiento de los casquetes polares de la región, amenazando el ecosistema y la forma de vida de los pobladores de la zona.

Sin embargo, el deshielo ha abierto nuevas rutas marítimas bajo las cuales se hallan sumergidos enormes depósitos de petróleo y gas, además de reservas de oro, diamantes, hierro o níquel que muchas potencias están ávidas de explotar. La pugna por el control de las rutas y de los recursos ha comenzado con numerosas reivindicaciones de soberanía del territorio por parte de los siete países ribereños.

Los yacimientos petrolíferos del Ártico podrían albergar unos 238.000 millones de barriles de crudo, o incluso el doble, según expertos. El planeta consume unos 30.000 millones de barriles al año, según la International Energy Agency. La explotación de estas reservas sería suficiente para cubrir el consumo mundial de petróleo durante 8 años. Contaba el Financial Times que el Ártico podría tener el 13% de las reservas mundiales de petróleo aún no descubiertas.

Además, la región contiene tantas reservas de gas natural como todas las conocidas hasta ahora en Rusia, principal proveedor de Europa, según el Instituto de Investigaciones Geológicas de Estados Unidos.

“El Norte es una nueva frontera, con nuevas riquezas; sabíamos hace tiempo que aquí hay recursos inmensos, pero ahora se aprecia grandes cambios y se abre nuevas oportunidades de negocio”, explica Randy Gillespie, director de investigación del Instituto Marino de Terranova, Canadá. El motivo de la discordia gira ahora en torno a la delimitación de esas fronteras.

Varias potencias se disputan el control de estos recursos, entre las que se encuentran Rusia, Estados Unidos o Canadá, pero también Dinamarca y Noruega. Todas ellas, salvo Rusia, pertenecen a la OTAN, lo que puede abrir conflictos dentro de la alianza. El primer objetivo sería controlar las rutas de paso que atraviesan la región ártica. En septiembre de 2007, la Agencia Europea del Espacio confirmó que la ruta más directa entre los océanos Atlántico y Pacífico a través del legendario Pasaje del Noroeste había quedado abierta por primera vez desde que se comenzó a observar la zona hace 20 años.

Esta vía discurre por territorio canadiense, a través de un archipiélago localizado al norte del país. Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia lo consideran aguas internacionales, y Dinamarca una prolongación de Groenlandia. El gobierno de Ottawa se ha apresurado a reclamar la soberanía de la zona, argumentando que se trata de un paso interior. Así, un barco extranjero sólo podría navegar por el Pasaje del Noroeste con el beneplácito de Canadá.

“La dificultad de establecer una propiedad sobre estos territorios estriba en que el Ártico, a diferencia de la Antártida, que es un continente, es un océano helado, sujeto al régimen de las aguas”, apunta Antonio Remiro, catedrático de Derecho Internacional de la Universidad Autónoma de Madrid. Ninguna nación está dispuesta a perder un tren que podría granjearle jugosos beneficios y buscan adjudicarse la soberanía del Ártico mediante medidas de presión. Hace cuatro años, Rusia envió a una expedición de científicos a bordo de dos pequeños batiscafos para explorar el lecho del océano con el objetivo de confirmar la existencia de una vasta cordillera submarina que resultaba ser la prolongación geológica del territorio ruso.

Los científicos colocaron una cápsula de titanio con una bandera rusa en su interior, como medida simbólica que advirtiera de que ese pedazo de tierra a 4.200 metros de profundidad les pertenecía. Por otro lado, un portavoz de la OTAN declaró que la organización estaba dispuesta a proteger a los barcos y puertos involucrados en el transporte de petróleo y gas en la zona. La decisión podría enfrentar a los países de la alianza involucrados, o a ésta con Rusia.

Mientras los gobiernos no expresen una voluntad firme por disminuir la dependencia del petróleo y abrir paso a las energías renovables mediante medidas que ratifiquen el compromiso por combatir el cambio climático, como el fracasado protocolo de Kioto o las infructuosas Cumbres del Clima, las grandes potencias continuarán destruyendo el planeta. Y continuará el expolio de regiones vírgenes en busca del preciado oro negro. Hoy, la lucha por controlar los recursos de la región ártica se antoja como uno de los grandes conflictos geopolíticos del Siglo XXI.

El autor es periodista.

ccs@solidarios.org.es

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