Psicología

Cuando el dolor no nos conmueve



No sé desde cuando exactamente, más o menos hace 6 meses, soy incapaz de sentir nada, tengo amigos a los que no les tengo ningún cariño, pero porque no puedo, se portan bien conmigo, pero simplemente, no puedo sentir aprecio por ellos, mi novia me dejó diciendo que ya no la quería como antes, la verdad es que yo creía que si, pero cuando me dejo, fue como si no me afectase lo mas mínimo, fue aquí cuando me di cuenta de que algo no iba bien. Desde entonces poco a poco ha sido como... no se explicarlo demasiado bien, pero todo a mi alrededor pierde importancia, todas las personas de mi alrededor son como desconocidos, en el aspecto de que no me importan pero... pero yo quiero que me importen aunque no lo consiga.

Lo siento, pero no sé explicarlo mejor. Si alguien pudiese darme una pista de lo que me esta pasando se lo agradecería.” Es la experiencia de Marcelo (nombre ficticio), quien confiesa su preocupación, como tantas personas que sienten lo mismo y no saben qué hacer.

La indolencia por un lado significa flojera, pereza o haraganería, y por el otro, indica insensibilidad y el no conmoverse ante el dolor propio o de terceros. Esto se debe a que en la antigua mitología griega la divinidad que personificaba la indolencia también interpretaba a la pereza. Su nombre era Ergia y convivía con otras deidades que representaban al sueño, la quietud y el silencio. Se le pintaba como un ser somnoliento, dormía en medio de telarañas y se mostraba contrapuesta al trabajo.

Desde un punto de vista psicológico, una persona indolente describe a quien no se afecta o conmueve ante el dolor. La indolencia social incluye ser indiferente ante el sufrimiento de una o más personas o de una comunidad.

La indolencia social se presenta en algunas comunidades producto de un fatalismo provocado por la desesperanza y por no poder cambiar el trágico entorno donde habitan, ni poder "salir de abajo" aunque se hagan esfuerzos notables en el trabajo. La obligada resignación y una aceptación forzada de la ruinosa realidad, produciría en algunos la indolencia y una actitud de poca o ninguna solidaridad. En este caso, nos referimos a la indolencia social que encontramos en ciertos niveles desposeídos de la sociedad.

En casos individuales, sin importar el nivel socioeconómico, el indolente es una persona egoísta por naturaleza, generalmente inescrupulosa, superficial. No reacciona ante calamidades y tragedias.

Los indolentes no piensan en los demás, se concentran en sí mismos. Lo que les permite no sentir remordimientos, recatos ni consideraciones con otros. Así, los delincuentes son indolentes con sus víctimas. Los corruptos son insensibles al daño que ocasionan. La indolencia es causa o compañera inseparable de ladrones y criminales.

También tropezamos con los indolentes "pasivos" que se concentran en su propia existencia, ocupados en lograr sus objetivos sin "ver para los lados", aunque algunos sean arribistas y perjudiquen a otros para ellos "subir" o "ascender". Entre los indolentes pululan los fríos y calculadores y los indiferentes y apáticos. Los indolentes normalmente terminan solos y abandonados.

Se puede comenzar a dejar de ser indolente adhiriéndose a alguna causa común con miembros de su comunidad, participando en apoyo y respaldo en distintos eventos, siendo solidarios con las personas cercanas y con la comunidad en donde se viva. El conocer los problemas de otros, aportar soluciones o colaborar con ello, poco a poco, despertará el interés y en algún momento la indolencia dará paso a la sensibilidad, al entusiasmo y al existir con sentido gregario y social.

 
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