El idealismo

Por Eduardo Vacaflores León


Georg Wilhelm Friedric Hegel.

Las clases “educadas” (refiriéndonos en este caso a los filósofos idealistas alemanes), dice Herbert Marcuse, se aíslan de los asuntos prácticos (de la realidad) y volviéndose por eso impotentes para aplicar su razón a la remodelación de la sociedad, se realizan en los dominios de la ciencia, el arte, la filosofía o la religión.

Esto era lo que ocurría desde los años finales del Siglo XVIII hasta el segundo decenio del Siglo XIX, cuando Hegel dictaba sus Lecciones de la Filosofía de la Historia Universal en las universidades alemanas, mientras los gobernantes franceses, españoles e ingleses se dedicaban, en el mayor de los secretos, a construir cada uno de ellos su versión del nuevo Estado, nacidos como consecuencia del derrocamiento del antiguo régimen, mientras los últimos idealistas las construían en sus teorías, que nunca llegarían a conmover alguna realidad.

Sin embargo, debido a la potencia de sus desarrollos, harían que las generaciones venideras, en lugar de buscar aprender la verdadera contextura de las instituciones de la modernidad europea, de la propia realidad en la que ellas actúan, se dedicaran a conocer las elucubraciones de los idealistas germanos, que fueron las que originarían el desarrollo del llamado movimiento positivista.

El sistema de Hegel estaba asociado a una filosofía política definida y con un orden político y social no olvidando que allí nace la propia política como práctica. Es decir que Hegel, obligado por las circunstancias en las que realizaba su trabajo, toma partido por uno de los bandos en pugna, lo que obviamente le resta valor científico a su visión.

Lo más interesante es que estos trabajos comenzaron a realizarse en la etapa industrial de los europeos, que era el que les proveía las condiciones materiales para pensar como pensaban: que ya habían llegado a la etapa de la culminación de la historia acontecida, partiendo como cosa que va de suyo que el planeta tierra, con todas sus riquezas naturales, era como el aire que se respiraba, algo con lo que simplemente contaban.

Hegel en sus Lecciones de la Historia Universal no habla de las materias primas, como tampoco lo hace posteriormente Kant ni lo hizo Marx, que eran, sin embargo, las que con su transformación industrial estaban creando la increíble riqueza que les permitía hablar de la culminación de la historia universal y de la posibilidad de la riqueza para todos, lo que nos tiene que hacer saber que ya eran consideradas un derecho natural de los europeos. Desde un mundo en el que el hambre había sido la constante de la historia humana, estas doctrinas eran como el canto del gallo que anuncia el amanecer de una nueva era de prosperidad y de eterno progreso, que habría de organizarse desde el nuevo Estado.

De sus lecciones no sólo deriva el lenguaje revolucionario, sino una nueva terminología de la filosofía aplicada al discurso político, que necesitamos conocer, para conocer la verdadera naturaleza de su trabajo, que daría lugar a que la filosofía idealista a la que representaba, se la hubiera calificado filosofía negativa, lo que se hizo para dar lugar al nacimiento de la aberración en la que consiste la mal llamada filosofía positivista.

No olvidemos que la palabra filosofía nace en Grecia, que es donde se realiza el descubrimiento de estas nuevas formas de conocer la realidad, que consistía en la tarea de unificar las realidades latentes, que son aquellas que no podemos capturar con nuestros sentidos, con las realidades que se patentizan a ellos.

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