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[Carlos G. Maldonado]

A 50 años del holocausto


El deseo de S.E. y consiguiente exhortación de que guerrilleros cubanos participen en un acto de unidad para “cerrar heridas” con excombatientes bolivianos de entonces, tuvo un contundente rechazo por parte de éstos últimos, que recuerdan 50 años de la victoria del Ejército boliviano sobre el invasor.

Hubo casi un centenar de muertos, entre compatriotas civiles y militares que salieron a defender su patria, ajenos a todo color o credo político, honrando únicamente su juramento de lealtad al mandato constitucional en defensa del honor y soberanía de la nación. Fueron asesinados arteramente por las huestes guevaristas; deplorablemente, aún no encuentran un espacio en las páginas y memoria histórica de nuestro país.

Pero la presente “amnesia oficial” del gobierno no impide el recuerdo y la indignación de madres viudas (aún con vida) y huérfanos que evocan a sus muertos, sin odio al agresor, pero con profundo dolor, pesar y coraje por aquellas pérdidas.

Insólitamente, políticos y adláteres de la administración de turno, sin respeto y consideración no solo a quienes hicieron frente al invasor, ya inmolados, sino también a excombatientes aún con vida, que hoy comienzan a vivir la ancianidad con una actitud que raya en la esquizofrenia y, lo que es peor, ante la mirada complaciente de las instituciones representativas (contrariamente a lo que la Patria espera), rinden homenaje al “guerrillero” evocando patéticamente sus hazañas y correrías, olvidando su status de representación nacional que los obliga a postergar su vehemente fervor e idolatría por el “santo laico”, para el inexorable momento en que abandonen o renuncien a sus funciones.

Todo lo anterior nos obliga a preguntarnos si esta insensatez o falta de contacto con nuestro pasado significa el mal uso de nuestra historia, o nuestra memoria colectiva es demasiado débil; puesto que perdonamos tan fácilmente, echando en saco roto y borrando de nuestro recuerdo que la infiltración no trajo estandartes de paz y esperanza, concepciones místicas, ideales puros o libros. La mochila del guerrillero sólo portaba munición letal y diarios para control de “bajas del enemigo”, golpes de mano y emboscadas. Enarboló el odio como único “presupuesto de lucha”, sosteniendo que ¡un pueblo sin odio no puede triunfar!

En pocas palabras, el mundo solo ha progresado, según la funesta receta del médico guerrillero (refractario a su juramento hipocrático), “…cuando se ha ejercido violencia sobre sus instituciones y el apoyo contundente de una selectiva máquina de matar…”, su blanco esta vez fue Bolivia.

“Hay que liberarse de la opresión, sin volverse opresor de los demás”, sentenciaba Dionisio Inca Yupanqui ante la Corte de Cádiz; en España.

En conclusiones: a los actuales cultores de la violencia revolucionaria en nuestro país, furibundos y apasionados por su místico símbolo, es necesario asegurarles que el recurso de la violencia repugna a la conciencia de los bolivianos. Es la Ley de la selva, es la valoración de la fuerza sobre la razón. Les recordamos que la resistencia civil no violenta no solo es un método moral, sino también eficaz.

A riesgo de parecer un contrasentido, señalamos finalmente las palabras del propio guerrillero Harry Villegas, llamado “Pombo”, durante la señalada ceremonia de “homenaje” en Vallegrande por los 50 años, “para mí los recuerdos son muy fuertes, donde tuve que pelear y donde tuve que matar, pero hoy veo que los logros que ha alcanzado este pueblo por la vía no guerrera, no armada, no violenta; sino por la vía pacífica, satisfacen”.

Definitivamente, es un contrasentido rendir homenaje a quien ha invadido armado y encubierto nuestra morada. Exaltar la violencia es deshonrar y envilecer nuestros valores.

El autor es abogado.

 
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