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[Armando Mariaca]

Fuego, devastación y muerte, son saldos de incendios provocados


En la historia de la humanidad, se han producido grandes devastaciones y desgracias que han cobrado miles de víctimas, destrucción de propiedades y tesoros culturales; han desaparecido por la acción del fuego, las aguas, los movimientos sísmicos y otros fenómenos naturales ingentes riquezas que, en conjunto, han provocado lágrimas, dolor y muerte en poblaciones y son los remanentes humanos los que se encargaron de paliar el dolor causado y reconstruir lo que merecía restaurarse y rehacerse porque significaban mucho por ser bagajes culturales de inmensa tradición y riqueza.

Las guerras -especialmente la primera de carácter mundial (1914 a 1918) y la segunda (1939 a 1945)- han cobrado millones de vidas y destrucción de ciudades con sus respectivos valores de toda naturaleza y los pueblos han encontrado los medios para reconstruirlos aunque nunca han podido llorar a quienes dejaron millones de familiares dolidos por toda su vida. Pero, el dolor sufrido ha sido acicate para vencer las angustias y amarguras y reponer lo que correspondía a cada país.

Nosotros, en Bolivia, hemos sufrido desmembración de nuestro territorio y la pérdida de nuestras costas sobre el océano Pacífico. Lo sufrido por todo ello por muchas generaciones se ha hecho imposible medir y sus consecuencias compensar de alguna manera por fortaleza que hayan tenido los espíritus. Lo sufrido en dos meses con los incendios producidos en la Chiquitanía afectando inclusive parte de la Amazonia, es desgracia que no tiene parangón, es mal que afectó a toda la población y la dejó sumida en amargura y lágrimas luego de espectar lo padecido por poblaciones circundantes a las regiones que fueron devoradas por lenguas de fuego que eran trasladadas por los vientos de un sitio a otro consiguiendo propagarse a extensas zonas con fuegos que inmisericordes cobraron millones de vidas animales y especies vegetales que fueron devorados; llamas que consumieron propiedades de quienes con gran sacrificio habían levantado viviendas precarias para empezar vidas que buscaban superar altos índices de pobreza; mujeres y niños que lloraron por las heridas recibidas y sufrieron por sus seres queridos que habían sido alcanzados por el fuego hasta causarles heridas y, en casos, muerte; desgracias que nada ni nadie logró paliar o disminuir en intensidad porque laceraron cuerpos de seres queridos que no alcanzan, pese al paso de los días, amortiguar sus dolores.

Lo sufrido y perdido pudo encontrar mengua con fogatas circunstanciales; pero, autorizados por una Ley y decretos para que quemen bosques y zonas cargadas de árboles y vegetación de toda clase, con el fin de “habilitar tierras para cultivo de vegetales y otros”, los incendios se hicieron más voraces porque eran alentados para que sigan inmisericordemente en su acción destructora, puesto que “habían recibido autorización y apoyo para terminar con lo que, se suponía, perjudicaba plantaciones que servirían para conseguir alimentos”. El fuego demostró que no importó devastación ni quemazón ni muertes de animales y vegetales, voraz e incontenible abarcó más de 5 millones de hectáreas.

El pueblo, con todas sus entidades públicas y privadas pidió que el gobierno disponga o decrete “emergencia nacional por las desgracias sufridas”; pero, indolente e indiferente prefirió no escuchar la voz de las angustias y se negó a decretar lo que hubiese conseguido una mayor atención de la comunidad internacional que, desde el inicio acudió en pos de ayudar al país. Hoy, a más de dos meses, la comunidad aún lamenta que no se haya declarado emergencia nacional no obstante que hasta organizaciones internacionales habían pedido.

¿Cuánto ha logrado el gobierno con una terquedad rayana en la insensibilidad y la irresponsabilidad? ¿Cuánto han peregrinado voluntarios, bomberos y pueblos que demandaban enseres, vituallas y ayuda para sofocar el fuego? ¿Cuánto hemos ganado a nivel internacional por un capricho que no tiene explicación alguna? En la mentalidad tanto nacional como foránea, surgió la idea de que la negativa se debió a que “había que preservar esas nuevas tierras para cultivos de coca que es exigencia del narcotráfico”. Sin hilar muy fino, el país se niega a creer ese extremo, pero, al no haber explicación lógica alguna de las autoridades, se da alguna veracidad en el sentir, pensar y decir de la población.

Dolor, lágrimas, luto y pesar circunda a las regiones cuyas tierras aún son pasto de saldos de fuego con suelos contaminados de cenizas, aguas sucias y la presencia de árboles carbonizados que tardarán décadas en recuperar algo de su prestancia y robustez. No hay explicación para la comunidad nacional -y menos para la internacional- por lo ocurrido que, por la negativa para considerarlo como emergencia, que en el sentimiento y pensamiento como “incendios provocados” con fines que no siempre son creíbles o entendibles; entretanto, sigue el dolor de los damnificados, continúan las lágrimas y dolores por los fallecidos y permanece la amargura de los que perdieron todo sin posibilidad de recuperación alguna. Una comunidad que piensa y siente la presencia de Dios que sabrá aliviar tanto dolor y desesperanza y, además, conseguirá ablandar sentimientos de los que debieron actuar oportuna y debidamente en su momento para evitar que la mayor desgracia del país se extienda hasta alcanzar muchas zonas del país porque para el fuego y los vientos no existen fronteras o límites que paren avances incontenibles.

Todas las viscisitudes pasadas son pruebas que los bolivianos sabremos vencer y así se ha demostrado en el gran Cabildo llevado a cabo en Santa Cruz el día viernes 4 en que se ratificó la vocación por las libertades, la democracia, la justicia y la institucionalidad que serán cumplidos en unidad de todos, porque nadie acepta dictaduras o situaciones en que el pueblo sea prisionero de quienes buscan eternizarse en los poderes de la República.

 
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