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Consideraciones sobre la vacuna contra la Covid-19

Alejandro Braña Vigil

La historia de la Medicina es pródiga en descubrimientos y avances que han conseguido mejorar drásticamente nuestra capacidad para curar o, al menos, mejorar un gran número de enfermedades graves. Cuando el 4 de mayo de 1796 un cirujano nacido en Berkeley llamado Edward Jenner inoculó en un niño de ocho años, James Phipps, el exudado obtenido de una pústula producida por viruela vacuna, consiguiendo así evitar el entonces muchas veces mortal contagio de la viruela humana, se abrió una nueva era de la medicina, la era de las vacunas y con ello empezó a ponerse en práctica una de las más exitosas aportaciones que el ser humano ha ideado para el tratamiento de muchas enfermedades infecciosas graves. Es oportuno señalar que, en su principio y hasta que no quedó perfectamente comprobada la eficacia del procedimiento, Jenner hubo de sufrir multitud de críticas y acusaciones de superchería, hasta que la comprobación fehaciente de la eficacia de la vacuna echó por tierra las críticas. Hoy se considera la vacunación como uno de los diez máximos logros obtenidos en salud pública.

Una vacuna es una preparación biológica capaz de conseguir que el organismo genere inmunidad específica contra una enfermedad determinada mediante la producción de anticuerpos. La vacuna es una especie de señuelo capaz de “engañar” a nuestro sistema inmunitario y provocar que éste responda muy activamente, hasta conseguir la desactivación del agente infeccioso cuando el organismo se ha puesto en contacto con él. Lo que se pretende conseguir con ello es una inmunidad adquirida de suficiente calidad como para evitar que contraigamos la enfermedad para la que se nos ha vacunado. En estos momentos, la máxima preocupación sanitaria es lo que pasa con la vacuna contra el virus SARS-Cov-2, causante del daño más intenso que la humanidad ha vivido desde hace más de 100 años y, con ello, de un desastroso balance económico y social. Todos estamos de acuerdo en que algo debe hacerse para poner término a esta trágica amenaza frente a la que parecen habérsenos agotado los recursos.

Seamos claros en los planteamientos. A día de hoy, los únicos medios de control de la pandemia son, en primer lugar, el de dificultar la transmisión y contagio directo de la enfermedad; en segundo lugar, el tratamiento de los pacientes infectados que la desarrollaron y, en tercer lugar, las vacunas. Naturalmente, siempre es posible pensar en el milagro de que el propio virus acabe inactivándose o perdiendo mucha de su virulencia en el curso de una de sus continuas mutaciones. Pero eso, de verdad, es mejor no contar con ello.

Del distanciamiento social, el lavado de manos y el uso de mascarilla, qué quieren que les diga. Ya somos expertos en ello y tenemos evidencia de que son procedimientos eficaces para reducir la tasa de contagios. En el otro extremo, también sabemos que destruyen empleos, agotan la economía, provocan serios daños psicológicos y, en definitiva, alteran tan negativamente nuestras vidas que pobres de nosotros si no hay en perspectiva un horizonte más halagüeño.

Por lo que se refiere al tratamiento del enfermo ya infectado bástenos decir que, aunque conocemos mucho mejor el comportamiento clínico del SARS-Cov-2 y ahora utilizamos protocolos más ajustados que, por ejemplo, nos han hecho descartar determinadas medidas que se habían postulado al inicio de la pandemia, lo cierto es que aún no disponemos de ningún tratamiento específico y eficaz. El diagnóstico temprano y la aplicación inmediata en los casos graves de una serie de medidas terapéuticas concretas disminuyen los casos de progresión del daño y acortan el curso evolutivo de la enfermedad. Pero, no nos engañemos, aún entre el 5 y el 10 % de los enfermos, a veces más, van a sufrir un deterioro progresivo e imparable y requerirán el temido ingreso en UCI, con las consabidas terapias agresivas que, aunque capaces de salvar la vida del enfermo en muchos casos, lo hacen pagando un precio físico y psicológico muy alto que no es del caso analizar aquí.

No lo invento yo. En España ya se han muerto más de 60.000 personas como consecuencia del SARS-Cov-2 y, al menos, se han infectado más de 1.730.000. Estos mismos datos, a nivel mundial, son sobrecogedores. Al menos ya ha habido 72 millones de afectados y alrededor de dos millones de seres humanos han muerto como consecuencia de la Covid-19. Estamos, pues, frente a un demoledor enemigo que, en apenas unos meses, ha puesto patas arriba nuestra flamante sociedad del desarrollo, del progreso y del bienestar. Es necesario, por tanto, que podamos disponer cuanto antes de una vacuna específica. Y ya la tenemos; es más, ya tenemos varios tipos de vacunas activas frente a la Covid-19, en distinto nivel de desarrollo y, por tanto, podemos empezar a vislumbrar cierto grado de esperanza en la resolución de esta pandemia. No voy a detenerme en el análisis de cada una de las distintas vacunas, ni si son más fiables las basadas en ARN-M, las basadas en virus inactivos, en vector viral, etcétera. Todas ellas han de ser analizadas y valoradas de acuerdo con controles rigurosos que determinen su eficacia y su seguridad.

No se trata de tener una fe ciega en la ciencia. Ésta está formada por científicos y, con ellos, una compleja y a veces oscura amalgama integrada por la industria, universidades, fundaciones e instituciones de todo tipo que no siempre están movidas por nobles intereses. De acuerdo, pero lo cierto es que lo que ha hecho progresar a la humanidad desde sus albores es, precisamente, la aplicación de principios científicos, elementales y básicos en su comienzo y ya desde hace mucho tiempo de complejidad y precisión crecientes, sujetos a multitud de controles y sumamente regulados. O sea que, no hay duda, hemos de poner en la ciencia y, más concretamente, en su aplicación, la esperanza de que va a seguir ayudando al progreso de la humanidad y esto incluye nuestra salud. Bien es cierto que deben ponerse límites, restricciones y controles severos para evitar que prevalezcan intereses espurios o faltos de ética, pero eso es todo.

Por otra parte, tenemos enfrente un reto colosal en términos de daño sanitario y sus inevitables efectos colaterales, el daño económico y el daño social. ¿Seríamos capaces de resistir esta sangría hasta que dispongamos de una vacuna con la que se hayan seguido los pasos lentos, “funcionariales” que hasta ahora eran lo obligado? ¿No tiene sentido que, por una vez, la comunidad científica mundial, la industria del medicamento, los agentes supervisores y los gobiernos se hayan puesto de acuerdo en simplificar rutinas con el fin de acelerar los procesos que han de conducir a una vacuna eficaz?

No hay tratamientos inocuos y, naturalmente, todas las vacunas pueden dar lugar a efectos indeseables, incluso graves. Lo que hay que ver es si, globalmente, compensa utilizar este eficaz procedimiento teniendo en cuenta el binomio riesgo-beneficio. Los datos publicados, con miles de pacientes ensayados, indican que sí, sin duda. Las instituciones responsables de que se cumplan los requisitos que certifican seguridad y eficacia en cualquier agente terapéutico para uso humano (FDA, EMA) son organismos fiables y sus criterios han de ser tenidos en cuenta en la hora de tomar decisiones cuando se trata de introducir cualquier agente terapéutico novedoso. En este sentido, el visto bueno de la vacuna “anti-Covid” que la FDA y la Agencia Europea del Medicamento han dado son elementos de juicio muy sólidos para aceptar la procedencia de su uso.

Respeto al máximo el recto proceder y las opiniones honestas de todos mis colegas, pero también hemos de darnos cuenta de la altísima responsabilidad que los médicos tenemos contraída con la sociedad, que ha puesto su confianza en nosotros para tratar de poner remedio cuanto antes a esta dramática enfermedad y, con ello, al sufrimiento y angustia que la acompañan.

El Dr. Alejandro Braña Vigil es presidente del Colegio de Médicos de Asturias.

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Usurpado el 7 de octubre de 1970, por defender
la libertad y la justicia.
Reinició sus ediciones el primero de septiembre de 1971.

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