[Manfredo Kempff]

Se fue Carlos Fuentes


Conocí a Carlos Fuentes durante la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires, en mayo de 1999, donde habló magistralmente ante un auditorio expectante. Cenamos esa noche, con Fuentes y Jesús de Polanco, en casa de el representante de Alfaguara en Argentina, Esteban Fernández. Recuerdo que más se habló de la complicada política en la Argentina de Menem, que sobre temas literarios. En cuanto Carlos Fuentes llegó a su hotel, poco más tarde, se enteró que su hijo (o su hija) había muerto trágicamente en México.

Volví a ver a Fuentes el año 2007, en la bella Cartagena de Indias, oportunidad en que se celebraban los 80 años de García Márquez y 40 de la aparición de “Cien Años de Soledad”. Curiosamente, al año siguiente Carlos Fuentes cumplió también los 80 años y “La Región más Transparente”, su libro emblemático, alcanzó el medio siglo. Coincidió que, para esa invitación de la Real Academia Española, donde acudió todo un gentío de escritores y gramáticos, estuviéramos alojados en el mismo hotel con Fuentes, en el Santa Clara, dentro de la muralla. Junto con mi esposa María Teresa, Jorge Siles Salinas era uno de los gratos compañeros de viaje, además de otros compatriotas académicos. En dos oportunidades desayunamos en la misma mesa con Fuentes y su guapa mujer, sin poder hablar mucho con él porque, qué desgracia, los literatos amigos no lo dejaban en paz.

Si bien han transcurrido cinco años de aquella última vez que vimos a Fuentes, lo recuerdo como un engreído elegante. Un envanecido con razón y no como tanto mediocre que se ensoberbece por escribir alguna tontería, que, además, la celebran quienes nada saben de literatura. Era impecablemente engreído y rodeado de un aura de cierto misterio que se adivinaba en su mirada escrutadora. Proviniendo de una holgada situación familiar, hijo de diplomático, educado en los mejores colegios y universidades, magnífico expositor, dominador de lenguas, consciente seductor, era, además, un hombre de izquierdas y lo fue hasta el final de sus días. Sus notas de prensa y sus escritos muestran a un personaje crítico del poder gringo, pero también crítico con la propia democracia mexicana lo que no es ninguna rareza.

En su obra resalta una posición firme contra la oligarquía de don Porfirio y claro que, asimismo, ironiza mucho con algunos sinvergüenzas que luego se aprovecharon desmedidamente del tiempo pos-revolucionario, y en tono de sorna afirma que: “La Revolución Mexicana ha sido sabia: entendió temprano que para que una revolución sea efectiva, la militancia debe ser breve y la fortuna larga”. Esto último es muy cierto porque muchas revoluciones en América Latina han seguido el mismo derrotero y los bolivianos lo vivimos en carne propia.

El chileno José Donoso fue, seguramente, uno de los admiradores más grandes de Fuentes, desde comienzos de los sesentas. Según él, el “boom” del realismo mágico parte con “La Región más Transparente” y existen cuatro sillas fijas en esa galería notable: Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar. Tal vez Sábato. Claro que hubo otros más. ¿No merecerían el sitial Carpentier, Rulfo, Cabrera Infante, Edwards, Lezama Lima y hasta el propio Donoso? Quien no quiso aproximarse al “boom”, por terco, diciendo que sólo era utilitario, fue Asturias.

El hecho es que se ha marchado Fuentes a sus 83 años, en la plenitud de sus facultades intelectuales e interesado por todo cuanto acontecía en su entorno, luego de transitar una vida fecunda, llena de éxitos pero tampoco exenta de tragedias familiares. Amó a las mujeres y fue amado. Vivió como le gustaba vivir, escribiendo. Y escribió muchísimo. Alguien ha calificado “La Región más Transparente” como una novela “total”. Junto con “La muerte de Artemio Cruz”, la ubican como el final de la novela de la Revolución. Esa obra abruma con su prosa extraordinaria, su fantasía, su realismo, y el manejo discrepante del lenguaje, lo que la lleva a ser “tan venturosa y tumultuosamente imperfecta como magistral…” al decir de uno de sus críticos.

Aquella mañana calurosa de Cartagena, cuando Carlos Fuentes homenajeó a “Gabo” por sus 80 años, es algo para recordar toda la vida. Porque uno y otro no hicieron sino hablar de su pasado, resultó una tertulia más que nada del pasado de pobreza y desesperanza de García Márquez, con Mercedes Barcha su esposa, que confirmaba y aderezaba las remembranzas de Fuentes. Esto, antes de la gloria que significó el “descubrimiento” plagado de anécdotas de “Cien Años de Soledad”, que pudo no publicarse nunca porque don Gabriel y su Mercedes, juntado centavos, enviaron sólo la mitad del texto a la casa editora de Buenos Aires, pero, en el atolondramiento, fue la segunda parte de la obra en vez de la primera lo que puso en riesgo la edición.

Como en el caso de Borges, aunque por distintos motivos, los lectores del mundo se preguntan por qué Carlos Fuentes no fue premiado con el Nobel siendo un eterno y justo candidato. Lo obtuvo Octavio Paz, otro grande de México, pero no él. Leí en algunas de las notas que se han publicado sobre su muerte en los últimos días, que Fuentes tenía una respuesta que podía consolarlo amargamente: “Si no se lo dieron a Kafka por qué me lo van a dar a mí”.

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