[Jaime Martínez]

Violencia e intolerancia


Los luctuosos acontecimientos de París con la muerte de varios periodistas, personas inocentes que compraban alimentos en un supermercado, de policías y terroristas, nos hablan con palabras teñidas de sangre acerca del aumento de la violencia y de la intolerancia en el mundo de hoy. ¿Qué nos está pasando a los hombres, que cada vez acudimos más al uso de medios destructivos y mortíferos para solucionar nuestros problemas?

¿Qué nos está sacando de nuestro centro de equilibrio existencial para inclinarnos a la ira y sus caminos de odio y rencor? Lo cierto es que en todas partes se ve los efectos de la furia desatada, incapaz de medir consecuencias, de respetar la dignidad y seguridad de las personas, y nos hace obrar de manera poco humana, impulsiva e inmediatista para atacar al más débil.

Veamos cuanto pasa en los hogares, donde muchas veces campea la violencia con el resultado de lesiones graves o la muerte de niños y mujeres a manos de esposos o padres iracundos y violentos; veamos la reacción de algunas personas, que, cansadas de pedir seguridad y justicia, golpean, queman y aun llegan a matar a los sospechosos de algún hurto; veamos las reacciones poco civilizadas de algunos dirigentes políticos que calumnian, engañan, y quieren vengar a todo trance agravios reales o imaginarios que el contrincante les ha inferido en alguna ocasión; veamos las actitudes de algunas potencias mundiales que no vacilan en provocar la guerra, con tal de apoderarse de petróleo u otra riqueza que necesitan para su mayor desarrollo; o, inclusive, quieren apoderarse de territorios, y cometen genocidio, midiendo las consecuencias con criterios económicos o geopolíticos, pero no humanos ni sociales, etc., etc.

¿Qué está produciendo tensión en el ser humano? ¿El aumento de la presión vital que convierte al hombre en lobo de su semejante, porque le falta espacio para vivir, le falta comida sana y barata, está cada vez más hacinado en los medios de transporte y en las ciudades donde vive? Lo cierto es que por un quítame esas pajas se llega a la violencia, y ya no se respeta al prójimo; inclusive, ya no se lo mira como a persona sino como a competidor, es decir, como a enemigo de mis posibilidades vitales, con las consecuencias de violencia a las cuales estamos viendo y asistiendo cada día, en todas partes.

Al habernos encerrado en los limitados confines de nuestro yo, estamos impedidos de comprender el punto de vista del otro, y queremos imponer nuestros criterios, sin admitir contradicción alguna; y, claro, estallo en ira cuando alguien no está de acuerdo conmigo. Con esto estamos reduciendo nuestras posibilidades de crecimiento como personas, abiertas a todo cuanto la vida nos ofrece: el otro, el prójimo, rico en contenidos humanos y experiencias vitales; lo otro, la naturaleza, a la cual no respetamos, y queremos violentar sus leyes para conseguir nuestro “bienestar” inmediato, con ganancias económicas para mí, claro está.

Para justificar la violencia, e imponer puntos de vista de grupos de poder, ahora estamos recurriendo a la religión: que la civilización cristiana está en peligro, y debemos reaccionar en su defensa; que el Islam está siendo atacado y ofendido en sus valores más sagrados, etc. Pero ¿acaso la religión no es un camino, solo un camino, no un fin en sí mismo, para llegar a Dios, sumo bien y perfección, como lo miran las tres religiones monoteístas?

La religión es un conjunto de creencias, de normas ético-morales que nos pueden conducir a Dios, si hacemos el bien y evitamos el mal en nuestras acciones cotidianas, si no matamos ni engañamos gravemente al prójimo; y, además la religión es un conjunto de celebraciones para alabar y acercarnos a Dios; y la principal celebración es solemnizar y defender el don de la vida. Esto lo hace el cristianismo, el judaísmo y el islamismo.

La sura más importante del Corán, dice: “¡En nombre de Alá, el Misericordioso, el Indulgente!/Alabanza a Alá, el Señor de los mundos/ El Misericordioso, el Indulgente/ el rey del día del juicio/ A ti solamente adoramos y de ti imploramos ayuda./ Guíanos al sendero que es derecho./ El sendero para los cuales es grande tu amor/ y no el de los que llevan sobre sí el odio, ni de aquellos que descarrían”. Desgraciadamente, la manipulación política nos ha metido en la actual confrontación, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, que está a punto de producirse entre el islamismo y el cristianismo.

El autor es Miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua.

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