[Severo Cruz]

Hostigamiento chileno permanente


“No nos es lícito sin el consentimiento de una nación que no nos ha hecho injuria, ocupar ni aun momentáneamente su territorio”, anota, en una de las ponencias, en materia de Derecho Internacional, el jurista boliviano Agustín Aspiazu (Véase su libro “Dogmas del Derecho Internacional”, 1872, página 65, Artículo 58).

En consonancia con esta teoría, Bolivia en ningún momento, que sepamos, asumió actitud de injuria, hostigamiento o provocación en contra de sus vecinos y menos en contra de Chile, empero, desgraciadamente, fue invadida, cuya secuela es el centenario diferendo, que actualmente llama la atención de los integrantes de la Corte Internacional de Justicia, con sede en La Haya. Y acotemos que ella siempre fue partidaria de allanar el camino de la paz, amistad y solidaridad.

La vocación pacifista de Bolivia se inscribe en el momento mismo que marcó su independencia política, de la subyugación colonialista ibérica, en 1825. Y a 190 años, aproximadamente, de aquel trascendental acontecimiento, se ratifica, plenamente, esa actitud, cuyo espíritu se inspira en el entendimiento civilizado, con los países que la circundan en la región y con aquéllos de ultramar.

“Resolvámonos pues de una vez a repeler las hostilidades que los chilenos se atreven hacernos alucinados por el influjo de algunos malos peruanos asilados entre ellos”, refiere el Mariscal Andrés de Santa Cruz, en carta dirigida al General Domingo Nieto, el 22 de octubre de 1836, desde Lima, Perú.

Esta versión histórica es una prueba, desde todo punto de vista, de que Bolivia fue objeto de hostigamiento, permanente y sistemático, de parte del vecino, que se remonta a los tiempos de la Confederación Perú – Boliviana, conforme reiteró el Protector, en su mencionada correspondencia.

Hoy Bolivia continúa siendo hostigada, por Chile, en los estrados de La Haya, con argumentos falaces, distraccionistas y temerarios, cuya intención es invalidar la participación del tribunal de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en el debate del tema marítimo. Así se corrobora la patraña del país vecino.

“La guerra me parece ya inevitable y debemos prepararnos a ella, después de haber manifestado de un modo bastante positivo y notorio nuestras disposiciones pacíficas. Pero la moderación tiene sus límites, y no debe extenderse hasta comprometer la dignidad nacional”, subraya el Mariscal de Zepita. (Éste y el anterior dato están insertos en el libro “Archivo Histórico del Mariscal Andrés de Santa – Cruz”, 1993, página 421).

En la actualidad “nuestras disposiciones pacíficas” son amenazadas con acciones de fuerza como en los tiempos de la barbarie. Incomprensible que haya aún posturas de esta naturaleza, que, en vez de buscar las señales del entendimiento civilizado, que nos permitan restañar las heridas originadas por el conflicto del Siglo XIX o propiciar la reconciliación en estos momentos tan intrincados, alimentan los odios y promueven los antagonismos, que alejan toda propuesta de paz, en esta parte del Cono Sur.

En suma: Bolivia, pese al pacifismo que practicó ante la comunidad internacional, fue invadida y enclaustrada.

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