Vamo’ arriba

Gulliver

Gonzalo Bagnasco

“¡Bagnasco! ¡Le voy a tener que decir a tu padre que no te venga a ver más si te seguís ca***do así!” gritó, dejando los pulmones en la cancha, el último director técnico de básquetbol que tuvo aquel niño de 8 años que alguna vez supe ser.

Es cierto, era el primer partido que mi progenitor presenciaba y mi promedio de tiro de tres puntos había mermado considerablemente.

0 de 7 intentos en el primer cuarto no dejaría contento a ningún entrenador, pero su pedagógica y vehemente técnica de motivación no más que precipitar mi inminente retiro de las canchas.

Todo este preámbulo persigue el único objetivo de demostrar que, si quien suscribe era un asiduo tirador desde los 6,75 metros, nunca fue un gigante, una torre o un freak como el de “El Gran Pez”.

El ayuda base, generalmente, es un individuo cuya altura apenas sobrepasa la media de la población. Ventaja que solo sirve para sacar una entrada un poquito más barata y poder ver a Mick Jagger serpenteando en el escenario, sin necesidad de estar esquivando cabezas y nucas con mayor poder adquisitivo al de uno.

Mis ciento ochenta y ocho centímetros nunca me convirtieron en el tipo más alto de la clase, de la oficina, de la fila del banco o del boliche… hasta que llegué a Bolivia.

Me siento un intruso en Lilliput y no hay Jonathan Swift que pueda escribirle un final feliz a esta historia.

Viajar en minibús se ha convertido en una de las experiencias más tortuosas que he experimentado (y eso que dos por tres, con mi compañera, le damos duro y parejo al sadomasoquismo).

Las rodillas a la altura de las orejas, la espalda levemente encorvada, el cuello a 90 grados para no tocar el techo y los brazos cruzados delante de mi caja torácica para evitar el contacto involuntario con los muslos o glúteos del desafortunado individuo al que le toque en desgracia el lugar contiguo; construyen una imagen triste, desamparadora y -por la posición cuasi momificada que debo adoptar- hasta arqueológica.

Descender del vehículo para permitir a otro pasajero que se encuentra en los asientos traseros ponerle fin a su periplo, es como desatar un nudo marinero de carne, hueso y colesterol elevado, para volver a enredarlo segundos después.

Intenté, sin éxito alguno, ofrecerle al chofer pagar el precio de 3 boletos y viajar sentado de manera perpendicular al avance del coche. Se negó rotundamente y al grito de “¡Achumani… Calacoto… Bájese, extranjero de mi**da… Cota Cota!”, me dejó tirado en la ruta.

Si hay que buscar algo positivo en estas forzadas e involuntarias sesiones de contorsionismo, es que gracias a los calambres experimentados descubrí algunos músculos cuya existencia ignoraba.

Para no seguir sufriendo estos embates diarios de incomodidad y principio de escoliosis, hablé con el Consejo Directivo de EL DIARIO, confiado en que me ofrecerían una limusina con chofer, un auto 0Km a mi nombre (de color oscuro, porque los claritos se ensucian enseguida) o por lo menos un voucher para viajar gratis en taxi. Carcajadas, insinuaciones de una supuesta falta de sanidad psicológica y una patada en el cu***o que me sacó de la oficina, fue lo único que recibí.

Por eso es que recurro a ustedes, estimados lectores, para ejercer en masa una presión que se haga insostenible.

Manifestémonos en las redes sociales del periódico con el hashtag #UnaBicicletaParaBagnasco, hasta que el corazón de los dueños del matutino se ablande y provean a este humilde servidor de un económico pero extremadamente útil birrodado.

Pedaleemos hasta la victoria, compañeros.

¡Altos del mundo, uníos!

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