Los animales en la doctrina católica

Augusto Vera Riveros

Declaro vehementemente mi condena a toda forma de maltrato animal.

Sin embargo, a propósito del bullado caso de un can que mordió a un niño en pasados días y el deprimente espectáculo que en torno a ello se ha montado, imposible me resulta no puntualizar algunas consideraciones respecto a quienes autodenominándose católicos y aun pertenecientes a ciertas sectas religiosas, idolatran a sus mascotas hasta al inaudito extremo de equipararlas con la propia raza humana.

Ni siquiera en el nihilismo pasivo, podría admitirse tan escandalosa forma de concebir a las mascotas, por las que en las últimas décadas, en el mundo deshumanizado en que vivimos y en nuestro país en concreto, se ha establecido una especie de culto que ofende los más básicos principios morales y lastima el celo que Dios siente por su creación sublime: el hombre.

La Teología católica, con unanimidad y absoluta razón, enseña que los animales no tienen derechos, porque los derechos están indisolublemente asociados a las obligaciones. Demás está decir que ningún perrito está obligado a nada. En consecuencia somos los humanos, en obediencia a la doctrina eclesial quienes tenemos el deber de no maltratar a los animales, lo que no significa que en términos de consideración, ambas especies tengamos que ponernos en igualdad.

El Catecismo en el N° 2418 determina que: “Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían remediar más bien la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales, pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos”. Luego, el amor hacia los animales debe traducirse en la abstención de cualquier forma de maltrato, pero hacer erogaciones exorbitantes, compartir la cama con ellos, gastar en accesorios como gafas, ropas y hasta zapatos, como ya vi últimamente, cuando existen millones de seres humanos muriendo de hambre, es un revés a todo precepto bíblico y justificación natural. Jesús mismo expulsó demonios de unos hombres, despeñando una piara en la que prefirió que el maligno quede alojado. ¿Por qué lo hizo? Sencillamente porque ninguna otra criatura puede equipararse a la especie humana.

Los activistas por los “derechos” de los animales y los amos de mascotas que copiando costumbres foráneas veneran a sus perros, tienen que saber que sus papilas gustativas son tan escasas que no necesitan de alimentos saborizados caros; que calzar las patitas de sus cuadrúpedos o ponerles ridículas gafas y aun vestirlos, puede ser tan cruel como mantenerlos encadenados. Se les impide la sudoración, cuya principal zona son precisamente las almohadillas de las patas en el primer caso y se los degrada al más absoluto irrespeto con prendas pensadas para los humanos.

Huelgan mayores consideraciones sobre las prácticas esnobistas de hacerlos castrar o esterilizar o ¿es que acaso alguna hembra o macho caninos es consultado para ello? ¿Alguien sabe con seguridad si los animales sienten o no, placer durante la cópula, como para que su dueño, por comodidad, les prive de tales sensaciones? La ciencia no obstante se inclina por inferir que los animales también experimentan gozo en el acceso carnal.

Lo evidente es que Dios no espera que los animales sean tratados como humanos, porque son seres inferiores (Gn. 1:28), lo que significa que amar a un animal más o igual que a un ser humano, lo cual es muy frecuente, resulta antinatural y abiertamente contrario a la fe.

El autor es jurista y escritor.

 
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