[Rául Pino]

Abatir a la drogadicción


Reducir el número de consumidores de la droga y otras dependencias no se consigue a base de las políticas de los gobiernos, trasuntadas en mecanismos de represión, interdicción, agravamiento y aumento de las sanciones penales.

El problema de la drogadicción es mundial, por lo que las medidas que se adopte por la variedad geográfica y considerando la diferenciación idiosincrásica, nunca serán eficaces ni alcanzarán los resultados de aplicación universal a los que se aspira. La drogadicción es una enfermedad y no un vicio, a la cual se ingresa precisamente por nuestra imperfecta condición humana, sujeta a debilidades y fortalezas.

Por ello no debe estigmatizarse a los enfermos con el vicio de la droga y si han llegado a ese extremo, independientemente de sus flaquezas humanas, tiene mucho que ver la gravitante presión que sufre la juventud ante el bien organizado y despiadado acoso de los comercializadores. La mayoría de los iniciados en la drogadicción son jóvenes, aún en la etapa de formación, sin sus defensas naturales y de formación intelectual, que es un factor que los hace abiertamente vulnerables.

Lo último es un factor para tomar en cuenta muy seriamente, pues cuanto mejor estén formados intelectualmente se reducirá plausiblemente la posibilidad de adicción, pero... ¿podemos exigir esa fortaleza interior a los jóvenes, que ya tienen problemas existenciales que resolver y sufren además la presión de un ejército de comercializadores y de malas amistades?

Es un importante interrogante que despeja el horizonte para buscar fortaleza en la propia naturaleza humana y espiritual, es allí donde se encuentra la fuente para erradicar definitivamente o reducir significativamente la adicción a porcentajes mínimos. Los jóvenes deben, desde muy temprana edad, comenzar a valorar las fortalezas que residen en el espíritu que edifica una determinante voluntad y un crecimiento continuo del amor propio; vanguardia impenetrable para abstenerse y abstraerse de cualquier vicio.

Los estereotipos que son una constante en las sociedades, son culpables directos del consumo de las drogas, pues su influencia es notoria en los seres humanos que se encuentran en estado de formación intelectual. Se debe imaginar solamente la influencia de la moda en todo el mundo y la presión que ejercen los hijos para que sus padres les compren tal o cual prenda, y que en muchos hogares no pudientes produce zozobra económica y no escasos momentos de enfrentamiento entre padres e hijos. Esto representa la satisfacción o no de un capricho o de una vanidad, pese a que la moda en su constante variación no le calza a todos y se adquiere por una valoración de status o inconfesable imitación.

Ahora, ¿se imaginan a la droga también con ese poder de persuasión que, apoyado con una aterradora red de distribución, influye decididamente en los jóvenes aun tiernos y sin las defensas necesarias radicadas en los valores de conservación de la vida, la explotación de un intelecto sano para el estudio y el logro de un profesión u oficio que asigne sentido a sus vidas y un enérgico rechazo a las drogas que causan daños irreparables en la creación más perfecta, que es la capacidad de pensar?

La decisión humana de repeler el influjo de las drogas reside en sus propias fuerzas; no acudir a esa realidad sería admitir tácitamente que el exterminio en la humanidad es voluntario, por la atracción irrefrenable al consumo de las drogas, que crece incontrolablemente gracias a una red de comercialización con ramificaciones internacionales. Y es precisamente este relacionamiento foráneo que ha conducido a establecer, sin duda, que el tráfico de drogas es el negocio deshonesto más lucrativo de la humanidad. Hoy no hay lugar en el mundo donde no se vislumbre, a metros de distancia, la presencia silenciosa, influyente y perniciosa de las drogas.

El autor es Abogado Corporativo, autor del libro “Adiós a las drogas”.

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