[Jaime Martínez]

Fanatismo y destrucción del arte


Fanático es quien cierra herméticamente mente y corazón a toda opinión contraria a la suya; el que es incapaz de ver y escuchar cualquier opinión que contradiga en algo al punto de vista que se le ha inculcado; es, pues, un ser acrítico, incapaz de pensar de manera abierta, analítica, desapasionada, con respeto a las ideas y maneras de vida de los demás. Esta manera de vida está cada vez está más extendida en nuestro tiempo, en diferentes lugares. Veamos, por ejemplo, actitudes de candidatos a gobernaciones o alcaldías y de quienes los apoyan ciegamente, cerrados a ver lo bueno que presenta el contrincante, y prestos a magnificar errores del que está en otras filas.

Desde hace tiempo, un grupo de artistas se ha dedicado a pintar murales, grandes o pequeños en distintas zonas de la ciudad, con el afán tanto de embellecer las paredes de nuestras calles como para despertar el gusto estético de los transeúntes, y, claro, ofrecerles un momento de solaz en su camino hacia el trabajo o la casa; pero, ahora, los fanáticos seguidores de algún candidato no vacilan en pintar encima de ellos mensajes políticos, o peor, de pintarrajear encima del anterior anuncio otro grafiti, con el afán de desvirtuarlo; todo eso quién sabe para ganar réditos ante el mandamás de su tienda política; sin darse cuenta que con esas actitudes se convierten en marionetas de otro, y se despersonalizan al perder valores.

Por otra parte, el mundo está atónito por el salvaje atentado a monumentos de culturas milenarias, que los “yihadistas” de ISIS están cometiendo en lugares sometidos por las armas, a ellos. Se trata de obras de arte hechas por gente civilizada, en las cuales no sólo hay valor artístico, que en este caso es grande, sino, además, la representación simbólica de una cosmovisión, de una concepción del mundo y de la vida y, por eso mismo, un tesoro cultural invaluable, puesto que son páginas pétreas del desarrollo espiritual de la humanidad, que saliendo de la barbarie quiere dejar su impronta de trascendencia, de perfeccionamiento interior en esas figuras, al representar en ellas su manera de vivir en la tierra, con la mirada puesta más allá de la muerte.

Esculturas que han desafiado a las inclemencias de la naturaleza y al paso del tiempo, pero que no han podido oponerse al embate del fanatismo, y ahora caen a golpes del combo esgrimido en manos empecinadas por la intolerancia, con el argumento de que se oponen a cualquier idolatría, sin tener en cuenta que hoy nadie rinde culto idolátrico a esas figuras. ¿Acaso Dios no es la belleza suprema, y ama cualquier manifestación que engrandezca al hombre? ¿Acaso Dios no da la libertad a los hombres para que lo busquen por diferentes caminos, respetando sus decisiones? ¿Por qué, entonces, los hombres tienen que imponer un punto de vista religioso?

Pero hay una obra de arte mayor a cualquier otra: la vida humana. Obra fundamental de Dios para compartir con la humanidad el tesoro de la vida, que Él la tiene de manera infinita. Sin embargo, la intolerancia mata a quien no profesa la misma religión que el fanático, arrogándose señorío sobre la vida y la muerte del prójimo, en nombre de Dios, colocándose paradójicamente por encima de Él. Además no se contenta con matar al cuerpo físico, sino pretende matar a la psique de la persona, dejándola sin posibilidades de pensar por sí misma, sin capacidad de elegir aquello que, de buena fe, mira como verdad, pues el fanático quiere cambiarle toda su estructura personal, deshaciendo de esta manera el plan divino, que quiere que la persona sea libre, buscadora y realizadora de su existencia.

Por eso, nadie, en ningún lugar del mundo, debe pretender introducirse en la conciencia de persona alguna con el ánimo de hacerle pensar o decir aquello que no cree; sin embargo, los obsecuentes seguidores de un líder suelen justificar lo dicho por el jefe, aun en contra de sus opiniones, o de la misma recta razón, pues no quieren pensar sino conseguir réditos ante él.

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