[Juan León]

Menudencias

La pelota ahora está en la otra cancha


Cuando los resultados oficiales se los desconoce todavía, es un hecho que el oficialismo perdió en aquellos lugares que consideraba sus bastiones inexpugnables. El departamento de La Paz, con El Alto y la hoyada constituyen sin duda el fuerte político ideológico más combativo y más decisivo del país. Si a ello se suma Santa Cruz, el cambio político ocurrido el domingo es un cimbronazo muy fuerte. No sólo desde el punto de vista cuantitativo en lo que a votos se refiere.

La perspectiva de perder también las gobernaciones de Beni y Chuquisaca hace más fuerte el sacudón político por su significado a nivel de bases político partidarias. Si en una eventual segunda vuelta el oficialismo pierde Chuquisaca, el resultado será un reflejo fiel de la profunda división en sus bases campesinas. En Chuquisaca el Presidente desconoció al candidato que había elegido, después de un largo debate, la Confederación Campesina.

El caso del Beni es más emblemático todavía. Por los esfuerzos que realizó el oficialismo para copar también políticamente esa región es suficientemente expresivo el retroceso general.

Hasta ahora la única base más o menos sólida de autocrítica la hizo el Presidente. “El pueblo paceño, dijo, dio castigo a la corrupción”.

La otra explicación que atribuye la derrota de su candidata a la gobernación de La Paz es demasiado deleznable. El triunfo de Soledad Chapetón como alcaldesa de El Alto es representativo de que no se le puede echar la culpa al machismo aún prevaleciente en el país. Parece más bien un chiste.

Por otro lado, el afán de echar culpas a otros por la derrota repite viejas prácticas. Culpar a las juntas vecinales y a la Central Obrera Regional de El Alto por haber insistido con la candidatura de Edgar Patana, pese a las graves y serias denuncias de corrupción previas, es más bien poner en la vereda de en frente a esas organizaciones. ¿Estaban coludidas con los graves hechos denunciados? Ojo, que no son los únicos. Lo que ocurre con el Fondo Indígena es probablemente mucho más serio y grave. ¿Y cuánta otra basura habrá también por ahí?

Más sincero sería, tal vez, reconocer que la falla estuvo en confundir una elección, por regional que sea, con la designación a dedo de los candidatos. La medida, de corte totalmente autoritario, característico de éste presente, es más bien típica de una creciente tendencia al absolutismo que hace suponer que la razón está solo de un lado.

Según esa praxis política, el resto no tiene derecho a pensar porque sólo uno se cree dueño de la verdad absoluta. Ese es el principal defecto del “llunquerío” que supone que el jefe siempre tiene la razón aunque nos lleve por el camino al precipicio.

A esos errores, hay que sumar los intentos tan burdos de anular a la oposición utilizando el poder político, que ejerce el gobierno sobre el Tribunal Electoral.

Ya en octubre, desde el propio gobierno se reconoció que su trabajo “dejaba mucho que desear”, pero no se hizo nada para enmendarlo. ¿Quién se responsabilizará ahora o qué se hace ahora ante el atropello que puso por delante de la Constitución una ley?

Se les quitó el derecho a elegir, en el caso del Beni, a miles de votantes. Al margen del perjuicio que le resta total legitimidad a su trabajo, cuánto le cuesta al país repetir ese proceso en esa región. ¿Quién restituye la confianza a la ciudadanía? Y si a eso se suman los tantos y tan groseros errores de gestión, o de sentido común, como el que le costó la cabeza al Ministro de Defensa, hay muchos argumentos de mea culpa que explican la declinación del oficialismo.

Como quiera que sea lo ocurrido el domingo tiene también una lección más importante. La pelota del juego político está ahora al otro lado.

Si la oposición supone, con exceso de triunfalismo y soberbia, que éste es el principio del fin, sería un error. Las cifras, aun siendo preliminares, muestran cuánto camino se pudo transitar si se dejaban de lado rencillas personales o politiqueras.

Cuando persisten las advertencias gubernamentales de trabajar sólo con los gobiernos regionales ideológicamente afines, en realidad se está amenazando con generar un clima de ingobernabilidad.

Tiempo atrás, el propio Presidente dijo en alguna ocasión que sólo el MAS garantiza gobernabilidad. Está visto ahora que tampoco el MAS es capaz de garantizarla ni siquiera dentro de sus propias siglas. O cambia de conducta interna o terminará atomizado como terminaron a lo largo de la historia tantos regímenes populistas y totalitarios. Le toca ahora a la oposición demostrar que puede también garantizar gobernabilidad pese a sus diferencias ideológico partidarias internas.

En ese panorama, la oposición tendrá que hacer esfuerzos extraordinarios para concertar acuerdos y alianzas sobre bases programáticas antes que sobre intereses coyunturales o personales siempre efímeros. Parece difícil. Pero el interés de país tiene que ponerse por encima. El análisis del voto muestra que la gente eligió el camino de pesos y contrapesos, al utilizar el voto cruzado.

Con mayor razón aún, con la insurgencia de figuras nuevas en la arena política. El promedio de edad de los nuevos liderazgos es relativamente bajo en comparación al del pasado inmediato. Ese puede ser un buen punto de partida. Pero sobre todo una señal de esperanza.

Con esa esperanza esta columna marca hoy una tregua, espero sea temporaria. Permítanme agradecerles, amigos lectores, su paciencia. Igual que a los medios que la cobijaron durante tanto tiempo. Hasta pronto.

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