[Manfredo Kempff]

Elogio a un Mago de la cultura


Nada más justo que el Premio a la Trayectoria de la Feria Internacional del Libro de La Paz, que le ha sido otorgado al escritor, historiador, promotor de la cultura y generoso amigo, Mariano Baptista Gumucio. Solo por eso me hubiera encantado estar presente en el acto, donde se ha hecho justicia a una trayectoria inmensa, en que se ha homenajeado al hombre más amante de su patria, a un verdadero custodio de las palabras, colores, sonidos y voces del pueblo boliviano.

Uno de mis primeros contactos con él fue a propósito de la reedición del libro Filosofía del Amor, escrito por mi padre, que produjo Mariano a través de la Fundación Ultima Hora. Mi madre se lo gradeció eternamente y nunca olvidó su gesto. Luego resultamos colegas, brevemente, en el gabinete del presidente Jaime Paz Zamora, él en Educación y yo en Informaciones. Durante aquel gobierno, pese a la ira de muchos descontentos, quedaron a un lado las enemistades de una buena parte de los compatriotas, superando el viejo trauma entre la izquierda guerrillera y la derecha cuartelera. En medio de la pobreza franciscana de entonces, todos los ministros tratábamos juntos de colaborarnos para que la buena gestión presidencial de Jaime Paz tuviera un rostro amable, sin gente que llorara a sus muertos, y que recobrara sus esperanzas. Creemos que se logró.

Después colaboré con Mago cuando él dirigía Ultima Hora, y yo le enviaba notas políticas y hasta de la farándula paceña. Nos encontrábamos en la dirección del periódico, para tomar un cafecito, con Jorge Siles Salinas, Ramiro Prudencio, y el entrañable Mauro Bertero, ahora embajador de la Orden de Malta en una misión especial de carácter permanente en Roma. Ahí nació mi amistad con el locuaz, entretenido y sorprendente Augusto Céspedes, el “Chueco”, que se extendió a algunas reuniones vespertinas en su casa de Calacoto, donde fui un par de veces con Mariano y otras con el inolvidable José Ortiz Mercado, ambos muy amigos del autor de tantas novelas históricas, relatos formidables y cientos de anécdotas.

En el gobierno del general Banzer, cuando nuevamente ocupé las funciones de portavoz, invité a Mago como director de TV7. Lo hice sin consultarle al Presidente, pero cuando le avisé le pareció muy bien la elección. La miseria en Bolivia seguía igual que antes, el dinero no alcanzaba para nada. En TV7 se tenía que hacer magia para sobrevivir, no existían repetidoras como hoy existen en toda Bolivia, el personal era esforzado pero escaso, y lo cierto es que hasta las cámaras costaba reemplazarlas si alguna se averiaba. Ahí vi a un Mago que hacía aparecer cosas de la nada, del aire, de su inagotable imaginación. Fue eficiente con la administración de la estrechez y siempre optimista, de excelente humor, al extremo que a mí, responsable de la Cartera, me parecía humor negro. ¿Qué hacer ante tanta adversidad? Poner buena cara era lo sabio. Sin embargo, pese a los contrastes, la televisión lo embrujó hasta el día de hoy, porque, poco después de su paso por TV7, comenzó con su visitado programa televisivo Identidad y Magia de Bolivia, donde él es director, productor, actor y hasta camarógrafo, de ese emprendimiento que es de tanto interés para la audiencia nacional.

En los frecuentes almuerzos en el elegante departamento de la plaza Abaroa de la recordada y guapa Miryam, donde todos los jueves reunía en torno a sus exquisitas viandas a sus hermanos Fernando, Bernardo y Mariano, estuve frecuentemente convidado. Asistían amigos como los queridos y talentosos Alfredo La Placa y Salvador Romero, ambos fallecidos ya; Alberto Crespo Rodas y Luis Ramiro Beltrán, hoy ausentes también; y Carlos Carrasco, Armando Soriano, Juan Carlos Calderón y otros personajes interesantes, que provocaban sobremesas divertidas, charlas amenas, al mismo tiempo que eruditas. La política del momento se la trataba, como no podía ser de otro modo entre bolivianos, pero el fondo de las tertulias, con el café o el coñac, era sobre cultura, invariablemente. Lejanos recuerdos de tiempos que para Mago con seguridad fueron muy felices, cuando vivían Miryam, Fernando y Bernardo.

Mago, cuando se desempeñaba como cónsul general en Santiago de Chile, tuvo la generosidad de invitarme a una cena en su residencia con el escritor Jorge Edwards, quien, sin haber obtenido todavía el Premio Cervantes, comentó amablemente sobre mi libro Luna de Locos durante el acto de presentación. Por iniciativa de Mariano me incorporé a la Academia Boliviana de la Lengua, lo que para mí significó el mayor honor. Pude, desde mi silencio, encontrarme con quienes verdaderamente conocían el idioma, gramáticos de fuste como don Mario Frías Infante, Carlos Castañón Barrientos, y los ya fallecidos Carlos Coello y Raúl Rivadeneira, además de muchos otros maestros que me siguen sorprendiendo por su conocimiento del lenguaje. En la vieja y fría casona de dos pisos de patio techado y gradas de madera crujiente de la paceñísima calle Ingavi, en nuestra mesa de sesiones, rodeada de anaqueles repletos de libros y de fotos de nuestros más destacados autores, Mago era de los principales académicos por su conocimiento y buen juicio. Tuve la suerte de que fuera él quien respondiera generosamente a mi discurso de ingreso a la corporación.

Mariano Baptista, además de haber luchado para recuperar el Palacio Chico de la calle Ayacucho, preservándolo a lo que hoy pudo convertirse en sede sindical o refugio de políticos de pacotilla, ha sido un creador de museos en todo el territorio nacional. Sin dinero propio del que disponer, trabajando siempre ad-honorem, encuentra cómo financiar los espacios para resguardo de nuestro patrimonio histórico. Autor de más de medio centenar de libros sin los que sería más difícil todavía conocer la enrevesada, prejuiciosa y dudosa historia nacional, los cruceños reconocemos su cariño por nuestra tierra que se plasma en su conocimiento y promoción de la figura de nuestro máximo exponente: Gabriel René-Moreno.

 
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