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[José Carlos García]

El grito callado de los grafitti

Parte I

El graffiti tiene un valor artístico y es una explosión de color y de formas que expresan caricaturas, paisajes oníricos y escrituras elaboradas. Quizás los analfabetos seamos nosotros por ser incapaces de descodificar esos mensajes al ignorar sus polifacéticos lenguajes.

Una tarde, en Quito, este graffiti me golpeó muy fuerte: “Mantengan prendida una luz, siempre voy a volver”.

Cierro los ojos, aquí en mi casa de Asilah, y vuelvo a pasear por las calles de la querida capital ecuatoriana, el símbolo más acabado de la prepotencia de los conquistadores y de los clérigos que revistieron sus iglesias de plata y de oro, después de haberlas construido con mano de obra indígena dirigida por artesanos de Castilla. Los indígenas siempre estuvieron sometidos y menospreciados, les arrebataron sus tierras, abolieron sus instituciones, persiguieron sus creencias y los utilizaron como bestias de carga. De nada vale decir que tales o cuales clérigos enseñaron a algunos a leer y a escribir, en la lengua de Castilla, después de haberlos obligado a bautizarse y a renegar de su cultura y de sus tradiciones. Salvo en el vestir, porque resultaba colorista y así creían los conquistadores y los clérigos que, si no hubiera sido por los desvelos de los Reyes de Castilla y del Papa de Roma, todavía permanecerían en la ignorancia y encadenados a sus brujerías y demonios que consumían sus almas. La evangelización que, con motivo del cuatrocientos aniversario tanto han ensalzado los apologetas sin rubor ni remordimiento alguno. No hay más que ver que ni durante el tiempo de la conquista y de la colonia, así como después de las independencias en ninguno de los pueblos conquistados se promovió a sus gentes a puestos de responsabilidad o de gobierno.

Por supuesto, ningún indígena alcanzó la mitra episcopal, un ministerio, el rectorado de alguna universidad, la dirección de empresas importantes ni graduaciones superiores en los ejércitos. Por supuesto, en toda América ninguno llegó a regir los destinos de una nación, salvo la efímera anécdota de México, y ya en el Siglo XX. ¿Fue esa la eficacia de la evangelización, la promoción de sus gentes, el respeto a sus culturas? No digamos nada entre los criollos que tomaron el mando, la bolsa y las conciencias. Nadie conoce a intelectuales o artistas, gobernantes o dirigentes empresariales, directores de hospitales o dama alguna que dominase las lenguas indígenas. Si acaso, algunos por curiosidad o divertimento y siempre a niveles muy rudimentarios para dirigirse a los cholos con altivez y distancia. Lo más terrible es que, durante esos cuatrocientos años y aún en la actualidad, los blancos criollos y también los mestizos están convencidos de su superioridad y de la manifiesta incapacidad de los indígenas para gobernarse, para progresar y para asemejarse a la raza escogida por no se sabe quién para dominarlos y explotarlos.

Algunas veces paseé por las calles de Quito recorriendo una serie de fachadas en las que me sorprendían y hacían reflexionar estas supuestas barbaridades. En general, no están escritas por los indígenas, salvo por algunos mestizos que ni siquiera saben que lo son. Están escritas con su sangre por los nuevos explotados, por los marginados, por los excluidos que parecen sobrar en la fiesta de los ricos pero que son parte vital de la sociedad de la cual los han exiliado. Porque no se ven ni se les permite participar algunos creen que no existen y, para recordárselo, están estos gritos escupidos o cincelados en las paredes. Un estilo y formas bien distintas a las que animan a los artistas que cada verano embellecen las paredes de las casas de Asilah, ciudad de encuentros y de saberes, de armonías y de silencios, de vidas palpitantes y de misterios. Mágica medina que sólo se abre a quienes se acercan descalzos y ligeros de equipaje, con los ojos del alma abiertos, aunque esta sangre por muchos costados.

Algunos grafitti recordados de las blancas paredes de Quito: “¡Ya basta! Todos somos inocentes”. Ellos, los pobres, también.

“Les propongo legalizar la vida y dejar salir al sol todos los días”. No parece una propuesta desproporcionada, legalizar la vida.

“No permitas que la moral te impida hacer el bien”. Si lo que muchos entienden por moral continúa enviando a la desesperación a millones de personas, es natural que nos pongamos de parte del bien y de la justicia. Al fin y al cabo, habíamos quedado en que la moral que rige el llamado progreso occidental no es sino un invento de la razón al servicio de unos intereses concretos y calculados. Como lo fueron los supuestos diez mandamientos entregados en la cima del Sinaí al conductor de un pueblo rebelde y contumaz para poder gobernarlo y mantenerlo unido ante las conquistas y expolios que iba a acometer entre los llamados gentiles. Eso sí, en nombre de su dios y del pacto establecido con el pueblo elegido. Es increíble adonde puede llegar la estulticia humana sostenida y amparada por los EEUU cuyo nefasto presidente ha declarado en Alemania que “Israel tiene derecho a defenderse”. Lo escribo en los días en que me llegan noticias de la invasión por el Gobierno de Israel del Líbano y de Palestina, la amenaza a Siria y a Irán en una locura espantosa de un pueblo que buscaba un hogar y se quedó con todos los territorios enviando al exilio a sus legítimos dueños. Ellos, que padecieron numerosos deportaciones y exilios, persecuciones y genocidios reproducen ahora todos esos crímenes en otras personas en una venganza sin sentido que no hará si no acumular carbones encendidos sobre las cabezas de sus hijos y de sus padres en la diáspora. ¿Dónde queda ya el “ojo por ojo” si se dedican a un planificado exterminio? Actúan desde el portaaviones construido por EEUU mientras su poderoso lobby influye poderosa y trágicamente en la potencia hegemónica que hasta ahora decide los destinos del mundo en función de sus intereses, prepotencia y delirio.

 
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