8 de mayo

Día internacional de las aves

Yuri Mirko Ríos M.


El piquito de oro.
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VISITANTES EN LA HUERTA

Esta anécdota gira en torno a un árbol leguminoso de cinco metros de alto situado al centro de la huerta, fue el regalo de una tía. Veinte años transcurrieron, desde ese entonces lo vi crecer. Si bien no es nativo del altiplano, se adaptó perfectamente al clima y a la altitud de la zona (3.700 msnm).

Este árbol, una de las muchas especies de acacia existentes en el mundo, fue la piedra fundamental para el diseño de la huerta. Hoy acompañada de macetas de barro y tres jardineras largas y estrechas, todas abonadas con residuos orgánicos e infinidad de lombrices, acogen plantas ornamentales (pajarillos, rosa-les, geranios, etc.), plantas medicinales y especias (manzanillas, romeros, oréganos, etc.) y arbustos frutales (tumbos y granadas); que convierten a este pequeño espacio en irresistible para las aves.

Un día al ver un par de nidos cerca de la copa del árbol, tuve la idea de proveer alimento a las aves que lo eligieron como su hogar. Construí un rectángulo de maderitas en desuso como armazón para contener una bandeja plástica. Las inclemencias del tiempo me obligaron a pintarlo y una rama de mediana altura sirvió para colgarlo mediante hilos de nylon. Faltaba un ingrediente imprescindible y simple de obtener: la comida consistente en migas de pan y arrocillo, exquisitos manjares para las aves granívoras y omnívoras.

Las intrépidas pichitankas y chibtas fáciles de contemplar en los parques y plazas de la ciudad, inauguraron la bandeja con comida. A continuación tímidamente piquitos de oro y chiguancos asomaron. A finales del año pasado, osaron venir unos simpáticos miembros de la familia de las palomas: las kurucutas. Sin embargo, otras aves de distintos hábitos alimenticios también aparecieron de manera transitoria (chaiñitas, colibríes y algunas más).

En lo personal me deleito con sus cantos y al observarlas comer o haciendo alguna travesura me libro del estrés… ¡son una terapia para el alma! Demás está decir que aman la libertad tanto como nosotros amamos la nuestra.

Reproduzco la frase que don Carlos Capriles escribió en la Presentación de su libro “Las Aves de La Paz: Alegres desconocidos habi-tantes de la ciudad”:

¡El Señor bendiga a sus criaturas aladas!

He aquí una breve descripción de las cinco especies que reconocí y que hacen el honor de visitarme.

EL PIQUITO DE ORO

(Catamenia analis) presenta dimorfismo sexual, es decir tanto el macho como la hembra pueden diferenciarse a simple vista. El macho (izquierda) es plomizo, alrededor de los ojos lleva tonos negruzcos que se asemejan a un antifaz. La hembra es poco vistosa, el cuerpo en general es marrón con jaspeados negros en las alas. Sin duda, el pico pintado de amarillo intenso gracias al cual recibe su nombre, aunque éste en la hembra es menos chillón. Su presencia en la huerta ha disminuído inquietantemente, hasta el punto que ya no los he vuelto a ver, quizás por competencia con otras aves granívoras o por depredadores; no por nada está clasificado como una especie vulnerable.

LA PICHITANKA

(Zonotrichia capen-sis) llamada también gorrión ame-ricano, es la avecilla más común que puede observarse en las plazas, parques y jardines de la ciudad. Un singular copete lo distingue del re-cién introducido gorrión europeo que podría amenazar a su población. Tiene la garganta blanca y en el cuello lleva una franja castaña a manera de “chalina”. Su melodioso trino es uno de los primeros que puede escucharse al amanecer. Generalmen-te viene a comer en parejas, rara vez solo. En la huerta parecen ratoncitos saltando en busca de más comida.

LA CHIBTA

(Phrygilus punensis) es la segunda avecilla más común que visita la huerta después de la pichitanka. Tolera bien la presencia huma-na, incluso distancias tan cortas de solo dos metros. El dorado del pecho y el dorso son lo más llamativo, con-trastan con la cabeza y cola plomizas. Vienen en parejas y parecen turnarse, mientras uno come el otro vigila. Comparten sin problema el alimento con otras especies de aves.

EL CHIGUANCO

(Turdus chiguanco) vestido con un elegante traje negro, habitualmente lo veo solo en busca de despercicios, lombrices, insectos y hasta huevos en la huerta. A veces se posa en la bandeja para comer migas de pan. Tiene el pico y las patas anaranjadas, en torno a los ojos se distingue un anillo amarillo. Es el gigante de las especies que visitan la huerta. No faltan personas que al verlo sienten temores infundados nada valederos.

LA KURUCUTA

(Metriopelia ceciliae) es la más graciosa de todas las aves que visitan la huer-ta. Más pequeña que la paloma doméstica, viene a la huerta en dos “pandillas” de tres individuos, rivales entre sí, cuando se percatan de la presencia de un miembro ajeno, rápida-mente lo desalojan a picotazos; detestan compartir la comida con otros grupos. Alrededor de los ojos presenta una zona anaranjada despro-vista de plumas que vista a la distancia da la impresión de ser la esclerótica del ojo. Cuando siente algún peligro vuela sin pérdida de tiempo produciendo un sonido similar al cascabel.

No es un ave colorida, pues abundan los tonos marrones.

 
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