En vísperas de Colquepata

Ídolo Copacabana y míticas sirenas inquietan en adoratorios del Titicaca

Por: Rolando Carvajal


LOCALIDAD DE COPACABANA.
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Ni bien transcurre Semana Santa en Copacabana ya casi está encima la celebración del Señor de Colquepata, a partir del sábado pasado, especialmente para los afanosos pasantes que financian entradas de conjuntos folklóricos por las calles y prestes, estas sorprendentes mezclas de sincretismo de ostentación capitalista y fiesta religiosa que se prolongan hasta tres días incluso la semana entera.

Por estos días, hasta el próximo jueves 4, bailarines y auspiciantes desbordarán las calles que ascienden al Calvario local, frente a la iglesia principal en cuyas faldas, entre los picos casi gemelos del antiguo cerro Llalllagua (ex Llillanaco), está enclavada la capilla del milagroso Señor de Colquepata.

Un poco adelantada, la festividad que evoca una “altura de plata” a orillas del lago Titicaca, está hermanada con la menos mestiza “Santa Veracruz Tatala” en el Valle Alto cochabambino y la más nativa del “Tata Pachaka” en Macha, norte de Potosí â€′tinku o encuentro violento de por medioâ€′ que se honran cada 3 de mayo.

La conmemoración católica se multiplica en otras partes del mundo, de España y las Canarias a México. De California a Paraguay y Chile. Ni qué decir en Perú.

Desde los tiempos de los reyes Fernando e Isabel, hace cinco siglos, se la conoce como Cruz de Mayo o fiesta de las Cruces, aunque en Ciudad de México es sencillamente fiesta de la Cruz, cuando albañiles y constructores festejan su día emplazando en lo alto del edificio una cruz adornada de papeles de colores o un manto blanco.

En tierra guaraní, al otro lado del río Paraguay, es “Kurusú Ara” a secas, alentada desde las misiones jesuíticas y la prédica franciscana frenada en parte por la tiranía del doctor Francia, “Karai Guasú”, Dictador Supremo y después Perpetuo durante 24 años, según su designación oficial en la temprana república.

En la ciudad de La Paz, el templo de San Agustín festeja al Señor de Mayo.

Pero en el altiplano lacustre boliviano, Copacabana y su ancestral santuario que deviene de épocas preaymaras, las veneraciones y peticiones de favores se reproducen los 12 meses plenos de misas y bendiciones los 365 días.

“La capilla de velas de la Virgen siempre está abierta todo el año”, dice la licenciada Amalia Amaru, una de las responsables de turismo en este municipio de 15 mil habitantes, de los cuales sólo tres mil residen en el pueblo principal, la mayor parte atendiendo a turistas.

OCURRE DESDE HACE 500 AÑOS

Y quizá, milenios, si se observa que las ceremonias de veneración se suceden hace milenios, según el registro arqueológico y la investigación histórica sobre el antiguo adoratorio nativo, desarrollados por especialistas como Teresa Gisbert y Hans van der Berg.

Durante la extirpación de idolatrías que protagonizaron los sacerdotes católicos coloniales enviados para evangelizar a los originarios, muchos de ellos hallaron tras los altares cristianos, estatuillas de divinidades andinas o huacas emparedadas por orden de amautas nativos, armaras o quechuas, para proseguir el culto tras la apariencia de divinidades cristianas.

Lo relata en su obra el mismo Alonso Ramos Gavilán, un agustino que en 1621 publicó la primera reseña del santuario y los milagros de la Virgen.

En general, dentro del proceso de transculturación y mestizaje entre distintas culturas como se denomina a los sincretismos sean culturales o religiosos, el cristianismo identifica a Copacabana con el demonio y el pecado personificado en la sirena o la serpiente escamada y sobre ellas triunfa María, refiere Gisbert.

BENDICIONES TODO EL AÑO

En el largo feriado de Semana Santa, el ancestral centro religioso pudo haber hospedado en su treintena de hoteles y similar número de alojamientos y albergues diversos, unos 9.000 visitantes, más del triple de la población local, superando las previsiones municipales de sólo 4.000 peregrinos.

“En febrero o agosto son las fiestas principales”, explica la licenciada Amaru, aludiendo al pasado 2 de febrero, fiesta de la Virgen de la Candelaria que se honra con tanta fe como en Oruro con la también famosa Virgen del Socavón.

Grupos de folkloristas, pasantes e invitados cerraron calles y plazas con elevados y pesados escenarios abriendo pistas de baile improvisadas para el jolgorio que se extendió tres días en derroche de salud, bebida y música fuerte por los favores concedidos y por obtener.

La de Copacabana es deudora, en vena católica, de la Virgen de la Candelaria, una de las advocaciones marianas trasladadas a América.

Y junto con la famosa Basílica y los sitios arqueológicos prehispánicos, el lago Titicaca es el principal destino turístico del país, después del salar de Uyuni

La entrada de Colquepata, por otra parte, es uno de los mayores acontecimientos folklóricos sólo superado por la multimillonaria fiesta católica del Gran Poder en la ciudad de La Paz o la fiesta de Santiago en Guaqui, también a orillas del Lago.

EL ÍDOLO COPACABANA, QUESINTUU Y UMANTUU

El ídolo Copacabana y las sirenas Quesintuu y Umantuu precedieron en culto religioso y subyacen, de acuerdo con diversas versiones prehispánicas recogidas por la crónica colonial, a la veneración por la Virgen morena.

Junto con las boguitas, el umanto y otras especies piscícolas del lago están desapareciendo o se han extinguido en las últimas décadas por la pesca indiscriminada y la contaminación que actualmente afecta la supervivencia de pejerrey, karachi, suche, mauri y las truchas, que a su vez devoran los bancos de los pequeños ispis, recordó el año pasado el alcalde de Copacabana, Pedro Nina.

El ambientalista Carlos Montenegro recordó que la carne del umanto, “león del Titicaca” declarado en extinción oficialmente en 1967, era semejante a la del pejerrey.

En el siglo XVII los cronistas agustinos Alonso Ramos Gavilán y Antonio de la Calancha dieron cuenta de la aventura de Yupanqui y su talla potosina en maguey, luego de un intento frustrado en su propio pueblo, para trasladarla al convento de San Francisco en Chuquiabo, en afán de laminarla en oro antes de emplazarla en Copacabana.

Las mitológicas mujeres-peces, aún hoy presentes como imágenes en los lauraques o adornos alargados en las trenzas chipayas y las portadas de iglesias en torno a los lagos y salares del altiplano, estuvieron” sensualmente ligadas al dios Tunupa” (relacionado con el fuego), según detalla el jesuita Ludovico Bertonio en su Vocabulario aymara de 1612.(Erbol)

 
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