[Rodolfo Becerra]

El eterno problema de la justicia boliviana


Es muy difundido ese apotegma popular, sin autor conocido, de “Cuídate de la mujer chilena, del amigo peruano y de la justicia boliviana”. Personalmente no hemos tenido ocasión ni experiencia de comprobar los dos primeros cuidados, pero sí podemos afirmar que es una ingrata realidad la tercera precaución. Esta oprobiosa condena que como una plaga inextinguible asola la realidad de la justicia en nuestro país no es atribuible sólo a los jueces. Hemos conocido honorables magistrados, jueces intachables, hombres y mujeres, que dan lustre a la noble, delicada y difícil tarea de juzgar con probidad, elevación moral y dignidad. A ellos va más bien nuestra admiración y reconocimiento.

En primer lugar, son los políticos los autores de la corrupción judicial, a ellos se atribuye los males de la justicia; por esta causa es que en nuestra obra “Reformas Constitucionales”, publicada antes de postular a ser constituyente sin éxito, propusimos la elección directa de la Corte Suprema de Justicia para que el Poder Judicial tenga igual jerarquía y no sea dependiente en su elección de los otros poderes, que es causa de la sumisión y dependencia de éstos. Pero, lamentamos decirlo, el propósito fue completamente distorsionado, resultando más grande el manjar para los políticos, que desvirtuaron el proyecto, terminando el remedio peor que la enfermedad.

Hay, no obstante, otra causa capital para el deterioro de la justicia, para su desprestigio y la falta de confianza y credibilidad, por lo que pleitear equivale a un calvario insoluble, a un martirio del que, lamentablemente, uno que entra ya no puede escabullirse, particularmente en el campo penal. Esta causa primera es el abogado, porque el juez, el funcionario, el magistrado, primero son abogados y como es el abogado serán aquéllos.

Es que la formación de los abogados es muy precaria y sigue una travesía equivocada. Ya nos ocupamos de este tema en otra parte (EL DIARIO, 24/8/2000).

Así como se selecciona por aptitudes físicas o estéticas para el ingreso a una academia militar, a una asociación deportiva o a un instituto musical o artístico, la admisión para el estudio del Derecho debe ser preponderantemente selectiva, sin mirar cuestiones de índole social, económica o de otra clase, si no únicamente la disposición de conciencia y aspectos de inclinación y formación moral, venciendo varios tamices, que pueda asegurar que el futuro abogado sea el custodio y la garantía de corrección, probidad y justicia, sea como abogado o como magistrado. Y es que como es el abogado será el juez, si aquél llega a esta magistratura, porque la abogacía se ocupa de la honra, de los bienes materiales, morales e intelectuales de los ciudadanos y esta labor debe ser desarrollada con la más alquitarada corrección.

Peor es hoy que se ha abierto el estudio del Derecho sin limitación, a cuanta persona aspira a tan noble profesión. Se han multiplicado las universidades públicas y privadas, donde proliferan las Escuelas de Derecho, más como medio lucrativo para éstas, que por eficiencia académica, porque es tal la afluencia de postulantes, tengan o no vocación, porque se cree equivocadamente que es fácil la carrera y como con esa facilidad pueden hacerse llamar “doctor” sin merecerlo. Más aún ahora que se ha abreviado los años de estudio, se engrosa infinitamente el ejército de rábulas, más que de abogados, muchos de los cuales llegarán a ser jueces o altos funcionarios bastando enfilarse a un partido político o hacerse dirigentes. Y estos jueces así designados son la lacra que envilece la justicia boliviana.

Pero conociendo la causa del descrédito de la justicia, ¿se acometerá el cambio de este panorama desolador? Primero que todo habría que limitar las Facultades de Derecho a lo mínimo indispensable, una por capital de departamento, bajo inflexibles exigencias éticas y culturales de admisión y rigurosa eficiencia académica, porque no se debe olvidar que el abogado debe ser un humanista con formación ética y deontológica, para que cumpla a cabalidad su misión.

Se podrá cambiar leyes, modificar códigos que de nada valdrán si no se mejora al abogado para que la justicia adquiera lustre, que solamente se podrá alcanzar, como dijo ese ilustre abogado español don Angel Ossorio y Gallardo, cuando: “sientan el honor y el orgullo de ser abogados, que es una de las cosas más grandes que en el mundo cabe ser”. Y así no sólo mejorará la justicia, también el nivel de la sociedad.

bdlarltd@hotmail.com

TITULARES

Usurpado el 7 de octubre de 1970, por defender
la libertad y la justicia.
Reinició sus ediciones el primero de septiembre de 1971.

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