Los que acribillaron a Abaroa en 1879 asesinaron a Allende en 1973


Recordemos dos hechos luctuosos: 1.- En 1879 capitalistas ingleses y chilenos, asociados en la Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, decidieron lanzarse a un complot desembozado para apoderarse de las inmensas riquezas naturales de Bolivia: guano, salitre, plata, cobre, que explotaban con carácter gratuito. 2.- En 1973 el Ejército chileno bombardeó y asaltó el palacio de la Moneda de Santiago de Chile, para matar alevosamente al presidente electo del país.

La Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta, formada mayoritariamente por capitales ingleses y chilenos, explotaba gratuitamente salitre en el Litoral boliviano y se alarmó al conocer un decreto del presidente Hilarión Daza, de 4 de febrero de 1878, que establecía un impuesto de 10 centavos al quintal de salitre. Estimó la compañía que tal decreto era lesivo a sus intereses y presentó su reclamo ante el Gobierno de Chile, muchos de cuyos componentes eran accionistas de la compañía.

Con pretexto de aquel impuesto, el 5 de abril de 1879 el Gobierno de Chile declaró la guerra a Bolivia y Perú después de una invasión, porque tenían suscrito un acuerdo secreto de mutua defensa. Sabía Chile que se trataba de dos países de indígenas dominados por feudales de raza blanca. Los indios caminaban con los pies desnudos y prohibidos de asomar por las plazas, vivían con mayor atraso. Se mantenían las “encomiendas” de la feudalidad de origen colonial, transformadas en haciendas. Una feudalidad empobrecida que vivía de la servidumbre de los indios, incapaz de ofrecer márgenes de ganancia para la acumulación capitalista. País constantemente empobrecido, cifraba sus esperanzas en la herencia de la riqueza minera potosina. Los feudales de tierra adentro ignoraban las riquezas naturales que ofrecía el Litoral; el sistema capitalista se desarrollaba con gran sacrificio y la guerra de los ingleses en complicidad con los gobernantes chilenos ya estaba cerca.

“Chile -escribió el historiador Alipio Valencia Vega- tenía un ejército entrenado perfectamente, disciplinado de 13.000 soldados, al comienzo de la guerra; el Perú un ejército de 4.000 soldados mal armados, indisciplinados, muy revoltosos, y en Bolivia solamente había un ejército de 1.500 hombres de la misma pobreza que los peruanos. En las escuadras navales la diferencia era mayor; la de Chile era grandemente superior a la peruana, Bolivia no poseía ni un barco de guerra.

Los invasores que desembarcaron en Antofagasta el 14 de febrero de 1879, aprovechando astutamente de las fiestas de carnaval, “en Chile no hay carnavales”, no detuvieron su avance hacia el interior del país del altiplano.

El ejército nacional, comandado por el general Narciso Campero, asociado con otra ficha de lo peor, Aniceto Arce, se había perdido en el desierto de Atacama. Los chilenos tomaron Caracoles, Cobija, Tocopilla y Mejillones. En Calama los bolivianos organizaron la defensa al mando de Ladislao Cabrera. Defendería Eduardo Abaroa el puente del Topáter. El comandante chileno, coronel Emilio Sotomayor, ordenó al teniente Saupert actuar violentamente.

“Había llegado la hora del sacrificio total -escribe el historiador Edgar Oblitas Fernández, en Historia secreta de la Guerra del Pacífico 1879-1884- un escuadrón de soldados chilenos avanza al lugar a acabar con la solitaria resistencia. Le intiman rendición, pero Abaroa por toda respuesta dispara su arma. Una nueva descarga a quemarropa de los chilenos hace impacto y su cuerpo se tambalea. Apoyado en una rodilla sigue agitando su rifle. Los chilenos avanzan y lo rodean.

“ Por última vez, ríndase... -suena la palabra encolerizada del invasor. Y Abaroa haciendo un supremo esfuerzo se agita y logra ponerse de pie y a tiempo de disparar por última vez su rifle al enemigo le lanza aquel terrible apóstrofe.

“-¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, c...! Y naturalmente fue acribillado por la nutrida metralla del ejército chileno”.

En 1973 ocurre otro episodio histórico similar. Y siempre con el tema del mar boliviano. En Chile apenas posesionado Salvador Allende Gossens como Presidente Constitucional de la República decidió reparar la injusticia de 1879. Condenó la oprobiosa injerencia inglesa: “No se puede mantener a un pueblo en cadena perpetua”. “Un pueblo que esclaviza a otro pueblo no es digno”, dijo. Esta decisión le costó la vida…

Un par de días después del asesinato del presidente Allende, el homicida Augusto Pinochet Ugarte lanzó un decreto supremo amenazando con fusilamiento colectivo. El Diario Oficial de Chile informaba: “El Gobierno (del general Pinochet) actualizó la Ley de Seguridad del Estado, incorporando nuevas disposiciones que castigan hasta con la pena de muerte los actos que se cometan y que puedan afectar al país tanto en los planos interno como en el externo. El artículo citado expresa textualmente: “Para los que ofendieren gravemente el sentimiento patrio y los que valiéndose de cualquier medio, propiciaren la incorporación de todo o parte del territorio nacional a un Estado extranjero “Bolivia”. (José Hurtado Gonzales - Referencias tomadas del libro de don Néstor Taboada Terán).

 
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