Beni: llanuras inundables y culturas hidráulicas

Yuri Mirko Ríos Madariaga

Imágenes de un documental referente a las periódicas inundaciones en el delta del río Okavango, me trajeron a la mente lo recién acontecido en el Beni. Enclavado en el extremo meridional del continente africano, más propiamente en el norte del desierto de Kalahari en Botswana, cada año desde hace miles o quizás millones de años, el Okavango se desborda creando un espectáculo que puede ser visto desde el espacio. En oposición al común destino de los ríos, llega a su fin lejos del mar, absorbido por el sediento Kalahari, haciéndolo reverdecer. El delta del Okavango, un ecosistema único en el mundo, fue catalogado como una de las siete maravillas naturales del África en 2013. Por las condiciones descritas, en este lugar las inundaciones son esperadas como una bendición del cielo, especialmente por la fauna silvestre.

En el Beni ocurre un fenómeno parecido. Cada año las precipitaciones pluviales en mayor o menor intensidad, desbordan sus ríos inundando sus vastas planicies. A semejanza del Okavango, las llanuras benianas son también un ecosistema único constituido por pantanos, lagunas artificiales, pastizales húmedos, ríos y especies endémicas entre otros.

En el pasado año las cuencas de tres de sus ríos (Yata, Matos y Blanco) fueron declarados humedales de importancia internacional merced al Convenio Ramsar. Abarcan 6,95 millones de hectáreas, es decir el 32,5 % (un tercio) de la superficie del departamento e igualan la extensión de los restantes humedales bolivianos. Los humedales son ambientes intermedios entre lugares permanentemente inundados y lugares normalmente secos de régimen natural o artificial.

Áreas Protegidas comprendidas en su territorio como la Estación Biológica del Beni y la porción septentrional del TIPNIS, también se caracterizan por poseer llanuras de inundación estacionales, a más de pantanos, arroyos y lagunas. Ahora bien, cuando se contrasta el mapa físico del Beni con su respectiva vista satelital -cual si fueran placas radiográficas- se advierte que el caudaloso Mamoré representa su columna vertebral, eje articulador de la intrincada red de cuencas y afluentes que convergen en el norte y forman el Madera.

Las llanuras del Beni están predestinadas para ser inundadas anualmente, salvo que inesperadas y descomunales fuerzas telúricas alteren este ciclo natural.

Las megarepresas construidas en el Brasil (Jirau y San Antonio) que integran el Complejo Hidroeléctrico del Madera, según se admitió, ya estarían ocasionando cambios hidrológicos en las cuencas de los ríos (demora en la baja de los niveles del agua); y si Bolivia decidiera construir las represas faltantes, con certeza se agravará la situación en el futuro inmediato. A esto se añade la despiadada deforestación de las estribaciones de la cordillera Real (bosques yungueños y subandinos) y de las mismas “pampas” del Beni, éstas últimas para seguir habilitándolas como campos ganaderos o de cultivo. Hay que recordar que los bosques absorben el agua de las lluvias y dan estabilidad a los suelos protegiéndolos de la erosión.

Expertos vaticinan que de persistir esta suerte de combinación de factores naturales y antropogénicos, sus habitantes tendrán que tomar una de dos opciones: construir diques de contención más elevados alrededor de sus poblaciones o desplazarse a otros confines del país en busca de mejores perspectivas. Por tanto, aquí las inundaciones son una indudable calamidad.

¿Alguna vez oyó hablar de las Culturas Hidráulicas de Moxos? Quizás no, pero con seguridad sí de la leyenda de El Gran Paitití o El Gran Dorado.

Cuando los ibéricos llegaron a Sudamérica, oyeron a los nativos hablar de la existencia de un gran imperio beneficiario de una riqueza sin igual que habitaba en los llanos de Moxos. Dicha riqueza estaba conformada no por el oro ni otros metales valiosos, sino por la abundancia de conocimientos aplicados a la producción agrícola intensiva y sostenible, utilizando un adecuado sistema de manejo hídrico que hoy causa asombro. Demostraron que era posible cultivar en ese extenso territorio de suelos impermeables y pobres en nutrientes.

Construyeron centenares de lagunas rectangulares como reservorios de agua y criaderos piscícolas esparcidas en todo el departamento. Erigieron lomas cerca de los ríos para resguardar sus viviendas de las inundaciones, terraplenes a manera de represas y camellones para diversificar sus cultivos. Concibieron canales interconectados para llevar el agua y como vías de comunicación.

Sin duda, obras de ingeniería muy avanzadas para la época en la cual se desenvolvieron (800 a.C. a 1200 d.C.), ya que garantizaban la seguridad alimentaria y el apropiado control de las inundaciones.

Hoy sólo una parte de este legado queda al descubierto del tupido bosque como muestra de su espléndido pasado.

¿Será el tiempo en que la humanidad deba reaprender de la sabiduría ancestral para vivir en armonía con su entorno?

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