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[Álvaro Zuazo]

Políticamente incorrecto

Poder sin límites pero nulo


Mientras en Ecuador el presidente Lenin Moreno promueve un referéndum para eliminar la reelección indefinida, en Bolivia, Evo Morales festeja su habilitación por un tribunal ad hoc que ha cerrado su gestión y en triste paso regalándole, in extremis, la ansiada sentencia que casi le promete el poder eterno si no fuera tan imperfectamente humano como el que más. O más.

Moreno tiene algo que su par boliviano no: mesura. Es el problema del poder -siempre temporal, como la vida-, que a algunos, los más débiles, los menos formados para asumirlo -intelectual, psicológica y moralmente- termina por convertirlos en seres extraños, sin sentido de la realidad, de los límites.

Seres que terminan creyendo eso del “seréis como dioses”, pero que tarde o temprano caen por su infinita soberbia.

Como dice Chesterton: “Y el diablo cayó por su gravedad”, en un juego con la palabra gravedad como fuerza gravitatoria y como esa miseria que hace creer a algunos superiores a otros. Esa miseria por la cual, quien la padece, cree que merece la consideración propia de un ser superior.

Chesterton apunta que el diablo odia que se rían de él, que no se le tema, que no se actúe ante él con respeto y temor reverenciales. A esa gravedad se refiere.

Los médicos británicos David Owen y Jonathan Davidson han llamado a esto síndrome de Hybris, un desorden adquirido de la personalidad, cuya principal característica es la desmesura, la falta de límites propia de un ego desmedido, de un ególatra o egomaniaco.

Se trata de una patología que había sido ya detectada por los griegos, que utilizaban expresiones parecidas para referirse a los males que acusaban algunos hombres públicos con comportamiento de semidioses, de tiranos.

Rasgos inocultables de ese mal son la creencia en quien lo experimenta que siempre tiene la razón, en que ningún otro puede tenerla frente a la superioridad propia, y la seguridad de que quien se interpone a sus planes merece el destierro. Cuando menos.

Los que padecen la enfermedad aman ver sus nombres resaltados en calles, ciudades, plazas, edificios y en cuanto espacio público fuera posible. En fin, cuanta forma de homenaje pudiera tener a su ego por centro y eje. Cómo no, un museo. Y, por supuesto, en vida. Quienes rodean a estos seres merecen un capítulo especial. Son los levantamanos, los “amarraguatos”, los obsecuentes y serviles que desde donde estén tratan de rendir pleitesía al poderoso. A la espera de dádivas, prebendas, puestos, cargos, dinero y cualquier forma de reconocimiento a la sumisión que con frecuencia hace de esta un negocio. O por temor a represalias. O a un pasado condenatorio, ante secretos y debilidades inconfesables que el poderoso conoce. En todo caso, en algún momento han perdido su dignidad y no hacen más que prestarse, como cosa propia del que manda, a su endiosamiento y desmesura.

Y entonces tenemos a la sentencia de ese tribunal donde se encuentran ambas partes. A quien padece el síndrome de Hybris y a quienes él hace padecer como efecto de su megalomanía y afán de mayor sumisión y obediencia.

Son las dos partes las que han terminado por convencer a muchos que las elecciones judiciales no sirven más que para servir al poderoso; no a la ciudadanía, a la que han traicionado. Porque ¿si ignorar o, peor, echar al traste la decisión mayoritaria del 21F no es traicionar al pueblo, que vendría a serlo? ¿Cómo se puede creer en el patriotismo y amor al pueblo de alguien que se impone por encima de quien es el verdadero dueño de la soberanía nacional y de sus decisiones colectivas?

Y así llegamos al 3D que, salvo manipulación, será mucho más nulo que hace seis años. Tanto como los responsables de la indignación popular.

 
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