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[Augusto Vera]

Si Maquiavelo viviera en Bolivia…


Menos mal que Nicolás, hablo del que tenía un gran cerebro, dejó este mundo hace varios siglos; pero jugando un poco con la imaginación, si el florentino viviera en la Bolivia de los últimos años especialmente, algunos de los principios que lo hicieron célebre respecto a cómo hacer política, quedarían irremediablemente cortos, y él, humillado, en el contexto de esta su ilusoria residencia.

Quienes me honraron leyendo mi anterior nota, recordarán que abordé el racismo, el odio y otros comportamientos en nuestro país, de los que no se quiere hablar, tanto, como se practica. No se lo hace porque son asuntos que enlodan, de alguna manera la “impoluta” unidad de los bolivianos.

Pero si de bajezas hablamos, en los políticos de nuestro país es moneda corriente descender a la ruindad, empleando métodos y recursos vedados para la imposición o hegemonía de sus creencias ideológicas. En Bolivia, desde siempre, los escrúpulos en la lucha por el poder, son valores que pertenecen a la fantasía. La rivalidad entre liberales y republicanos hizo pensar que la toma del poder debía hacerse a cualquier precio. Los caudillos bárbaros de nuestra historia, como Mariano Melgarejo, Manuel Isidoro Belzu, Agustín Morales y tantos otros, nos demostraron que los dirigentes políticos no tenían límites para alcanzar sus ambiciones personales a través del asalto al poder que unos intentan mantener y del otro lado, lo pretenden con idéntica perfidia.

Y entonces Maquiavelo, a quien asociamos con la maldad, se torna seráficamente bondadoso si sus teorías comparamos con las de nuestros gobernantes, y aun con las de sus opositores. Así que el buen Maquiavelo no pudo imaginar que en la futura Bolivia, sus principios iban a ser superados pródigamente. ¿Afirmar ello es exageración? Solo es necesario hacer un recuento histórico rápido desde los albores de la república. Las traiciones que sufrieron grandes hombres como Antonio José de Sucre y Gualberto Villarroel o la que profirió el iletrado Melgarejo a Linares y Achá, para citar pocos casos de la larga lista de brutales acciones reñidas con los más básicos códigos morales, de conciencia e ideológicos, nos hacen pensar que el padre de la ciencia política moderna, quedaría azorado por la clase de políticos (no de la clase política, porque esa clase no existe), que ha superado con holgura la vieja tesis de que “el fin justifica los medios”.

Si nos situamos en la última década, cualquier ciudadano sensato de medianas convicciones morales queda emocionalmente aniquilado al ser testigo de la patológica tendencia de gobernantes para hundir al adversario, de aferrarse al poder sin importar que la ley quede manoseada, dignidades pisoteadas y conciencias enmugrecidas, y del otro lado, al que no se le puede reprochar la denuncia de los evidentes abusos, sino la virulencia con que manifiestan su inquina.

En verdad Maquiavelo sostenía que “solo el fin justifica la acción”. Que si un príncipe quiere mantener su dominio, debe estar preparado para no ser virtuoso y un gobernante prudente no puede, y no debe cumplir su palabra cuando lo pone en desventaja; doctrinas que a lo largo de nuestra vida independiente y hasta hoy, nuestros gobernantes de hecho o de derecho, de un ala o de la otra, han demostrado religiosamente practicar, envileciendo la política y destruyendo al adversario para encumbrarse en unos casos y aferrarse al poder en otros. Pero aun para Maquiavelo, que no era tan malo como se piensa, había ciertos límites. A los políticos bolivianos, que no son tan buenos, como se sabe, nada los detiene; por eso son más maquiavélicos que Maquiavelo.

El autor es jurista y escritor.

 
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