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[Álvaro Riveros]

Clepsidra

No hay pandemia que dure cien años


Así como la peste china viene asolando a varios países del mundo, en 1989 surgió en el Brasil una endemia política denominada “Foro de Sao Paulo”, como un virus que, después de contagiar a su pueblo o célula huésped, adoptó las características de una pandemia, que muy rápidamente se extendió por todo el continente.

Detrás de la creación y manejo de esta toxina, estaban los laboratoristas cubanos que, con la ayuda de científicos adictos a su esencia, supieron alterar el ADN del virus, potencializando su capacidad letal, con la corrupción y el narcotráfico.

Durante más de catorce años, los bolivianos nos convertimos en conejillos de indias de estos sabios y así nos fue. No nos dejaron ni las llaves de los laboratorios y, por el contrario, se declararon dueños y soberanos de un territorio situado en el corazón mismo de nuestra patria, donde ni la policía ni las fuerzas armadas pueden ingresar y/o para hacerlo, deben parlamentar con ellos, como si de un país extranjero se tratara.

Una de las primeras víctimas de esta peste fue la Argentina, donde las condiciones allí reinantes eran como un excelente caldo de cultivo para este patógeno. Fue así como esta bella y otrora poderosa nación no solo cayó duramente ante el embate de esta pandemia, sino que logró combatirla, empero, después de alcanzar una pasajera mejoría de cuatro años, tuvo la mala fortuna de sufrir una recaída que la convirtió en un depósito de alimañas, desde donde todavía diseminan la peste, y amenazan volver a comandarnos, como si nada hubiese acontecido.

Perú y Ecuador, países muy similares al nuestro, especialmente en lo que a la hoja sagrada se refiere, pasaron por la satrapía de los empresarios del demonio y de los cárteles de la droga. A la fecha, son varios los ex mandatarios de esos países que, o murieron, o esperan en capilla el fallo de la justicia que los haga pagar sus aberrantes actos de corrupción.

Paraguay y Uruguay sirvieron solapadamente de tránsito de la droga, o de paraísos fiscales destinados a soterrar los dineros mal habidos, como mascarones de proa, los unos pusieron a un cura travieso al mando del Estado, y el otro, a un provecto tupamaro, ex secuestrador y ahora pontificador de honradez y buenos modales.

Otro de los países más castigados fue Venezuela que, luego de más de tres décadas de dictadura castrochavista, no logra superar esa pandemia, por el hecho de haber dilapidado su inmensa fortuna en mantener esa entelequia y servir de santuario a todos los delincuentes que, sin compasión alguna, la desangraron hasta hacer que cuatro millones de sus ciudadanos deban huir de esa otrora multimillonaria nación, en busca de comida, medicamentos, y su misma subsistencia.

Finalmente, México, la cuna de eminentes héroes de la libertad, hoy se encuentra comandada por un decrépito demagogo que, desde su discurso maradoniano de posesión, mostró su inocultable complicidad con el Señor de los Cielos, cerrando este cruel circuito de latrocinio y escarnio, donde nuestra última esperanza radica en ese viejo refrán: “No hay pandemia que dure cien años, ni país que la resista”.

 
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