[Erika J. Rivera]

Carnaval y la reproducción de las diferencias sociales


Continúo con mis reflexiones críticas en torno a los significados múltiples e incómodos de nuestra fiesta mayor, el carnaval. Después de haber pensado sobre el vínculo entre carnaval e identidad nacional, hoy lo hago acerca de los nexos entre el carnaval y las segregaciones sociales.

En cuarto lugar: ¿Será parte de mi identidad la indiferencia ante la economía informal? Debo decir que no he visto lazos de solidaridad entre las personas de grandes capitales y aquellos que poseen mucho menos. Sobre todo los pequeños capitales están lanzados al libre mercado de la economía informal. Familias enteras, distribuidas de grandes a pequeños, acumulan peso a peso para la supervivencia cotidiana. Carnaval es una oportunidad, al igual que cualquier otra fiesta patronal, porque será el espacio donde habrá circulante. Sin embargo, ¿hasta cuándo será nuestra forma de generar economía? Hemos naturalizado la informalidad de tal forma que nos olvidamos de cuestionar nuestro modelo económico. ¿Será esto parte del vivir bien? Este es el espacio en el que nos conformamos de acuerdo con las posibilidades de cada quien y hacemos gala de nuestra gran indiferencia. Nos da igual que en carnaval sobreviva cada quien como pueda. A nombre de la fiesta no cuestionamos nuestra responsabilidad social, ni tampoco la necesidad de una transformación profunda de la economía. La informal vuelve a reproducir las grandes desigualdades.

En quinto lugar: ¿Será parte de mi identidad la tolerancia con respecto a la mediocridad musical? Hablar de la música es más lo decepcionante. La música actual expresa la frialdad y la brutalidad de las relaciones entre los individuos. Yo agregaría sin miedo que denominamos nuestro orgullo musical a la violencia encubierta a través de morenadas que expresan sin tapujos: “cuánto cuestas, cuánto vales, amor mío…”, “me dicen mandarina…”, “fría tan fría como la cerveza…” y una infinidad de textos y refranes que también disimulan una sociedad machista, violenta y de grandes segregaciones. Se dice que el carnaval y la fiesta en las calles son la conquista del pueblo en desmedro de las élites, donde salen a relucir fechas y procesos históricos de la etapa prehispánica y de la republicana, y asimismo el ascenso de la minería y de los nuevos comerciantes de extracción popular. Sin embargo, nadie habla sobre esta violencia inmersa en las letras musicales, que supuestamente nos debe hacer sentir orgullosos de nuestra identidad plurinacional. El baile, la música y las letras también nos muestran las nuevas segregaciones. Por ejemplo: para ciertos sectores que disfrutan de la fiesta no somos nada si no poseemos patrimonio. Los textos musicales reflejan las visiones de ciertos sectores en los que si no se tiene, no se es nadie. ¿Dónde queda el rito, la fe, la devoción, la reciprocidad? Es evidente que hace falta una investigación seria sobre el sentido de la música en su relación con la realidad.

En sexto lugar: ¿Será parte de mi identidad el encubrimiento de nuestra miseria cultural como pueblo, recurriendo a argumentos altisonantes como nuestra identidad y la diversidad cultural?

La respuesta a estas preguntas puede ser de amplitud diversa. Sin embargo, considero que somos un país de individuos lanzados existencialmente a la economía informal. La lluvia carnavalera no sólo trae la reproducción cíclica rural, sino que también muestra en las aceras urbanas la miseria y la segregación. La fiesta tapa lo otro. Muchos no aceptamos la hediondez y la putrefacción, disimuladas mediante la construcción de la ritualidad. Carnaval también debería ser el tiempo de reflexión de lo que somos y de lo que construimos. Debemos percatarnos de que también es la reproducción cíclica de nuevas segregaciones. La disidencia empieza cuando percibimos la injusticia encubierta de un mundo que aparenta ser perfecto. Más aún ahora que dicen que nos encontramos en el tiempo del Pachakuti: ¿Será que los bolivianos estamos preparados para transformaciones cualitativas? Practicamos Sodoma y Gomorra y así nos quedamos en las transformaciones aparentes. Cada año repetimos nuestro vacíos y frustraciones, pero a eso nos gusta denominarlo cultura. Es posible que cientistas sociales rechacen mi visión crítica sobre la fiesta, pero la última palabra la tiene el lector que tiene la facultad de reflexionar en torno a la teoría, la realidad y su propia experiencia.

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