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[Armando Mariaca]

Lucha partidista debe ser digna y respetuosa


Aunque falta aún mucho tiempo para la realización de las elecciones generales, existe ya en el país un ambiente en que se ven tendencias a atacar a los posibles contrincantes; hay euforia en algunos militantes del partido del gobierno que, contando con todos los medios económicos y publicitarios no trepida en utilizar cualquier forma para mostrar defectos, errores, faltas y delitos a quienes considera “no ser dignos” de gobernar al país porque existe el criterio absurdo, equivocado y contrario a toda moral, de que “el único partido digno es el de gobierno” y que está ‘capacitado’ debidamente para continuar con las riendas del país. Por su parte, la mayoría de partidos que intervendrá en el proceso electoral también se encuentran en posiciones equivocadas al utilizar términos ajenos al respeto y decencia que deben demostrar en su lucha partidista.

La oposición, cimentada en algunos políticos, transita por caminos equivocados porque lo menos que muestran es intención de unidad y coherencia, menos una vocación por conformar un solo frente que rivalice con el partido oficial. Se trata, hasta ahora, de una oposición que no toma en cuenta ni ideologías ni programas o intenciones en favor del país; se trata, simplemente, de abocarse a respuestas a determinadas provocaciones simplemente con ataques personales sin ningun valor intelectual -aunque vanamente se pretende demostrarlo-, pero de baja calidad humana. Por supuesto, no faltan casos - inclusive en el propio Poder Legislativo- que se explaya en insultos a los contrarios, insultos que muestran la ninguna calidad humana de sus autores.

Se muestra modos, medios y sistemas de lucha político-partidista que son innobles e indignos del nivel a que todos queremos que se llegue en nuestra vida democrática. Si bien es cierto que el insulto y la diatriba contra los contrarios no es invento reciente porque en el pasado se han cometido muchos exabruptos contra posibles contendientes en procesos electorales y referendos. Hubo muchos denostadores de la dignidad de los contrarios, muchos de ellos fueron famosos, y aunque se arrepintieron muy posteriormente, especialmente cuando se convirtieron en víctimas de las armas que ellos mismos habían creado; en todo caso, las expresiones y conductas negativas no han creado prestigio alguno, sino todo lo contrario, han disminuido la dignidad y hasta la honorabilidad de los autores de desbordes, de acciones y conductas contrarias al sentido común y a las posiciones limpias que deben mantenerse entre quienes deben luchar noble y constructivamente.

Nadie podría sostener que se abandone las confrontaciones político-partidistas o que no deba censurarse lo que merece censura; pero, en todo caso, se puede ser duro y terminante sin necesidad de recurrir al insulto con vocabularios propios de cantinas; se puede combatir pero en caminos de dignidad y nobleza, como merece el pueblo que, en definitiva, es el que merece respeto y consideraciones por parte de los que están inmersos en las contiendas partidistas.

Hay militantes políticos que consideran “correctos y confiables” los términos utilizados en propagandas y publicidad; que lo que “se diga contra los competidores tiene validez porque así se asegura confianza y votos”, pero, cuando parte de la forma que emplean para sus ataques son utilizados por la oposición, condenan ello y creen que “se falta al sentido democrático que deberían tener las campañas”; extraña forma de discriminación porque implica que sólo el candidato oficial tiene derechos y los demás deben renunciar a ellos.

Pero, si el partido mayoritario que es del gobierno considera que sus “formas y medios de hacer campañas son correctas”, debería tomar en cuenta que la mayoría del pueblo no cree que sea así, que su manera de actuar es convincente para el que va a votar aunque al votante no le convencen las formas autoritarias y mezquinas de publicitar y propagar ofensas, odios y complejos que toda campaña sucia lleva consigo. No debería haber en el comportamiento humano los medios innobles de luchar. Lo cierto es que en nuestra historia ocurrió esto porque los que eran más atacados lograron conseguir el apoyo popular. Lo ideal es que la lucha político-partidista sea digna como dignos deben ser sus protagonistas y es preciso entender que los responsables mayores de los excesos indeseados son los jefes, los que encabezan las candidaturas que, hasta por propia moral, responsabilidad y honestidad política, deberían evitar todo aquello que, lanzado contra los contrarios, resultan ser armas de doble filo porque las consecuencias sufrirán ellos.

Las campañas deben ser dignas y respetuosas consigo mismos, con los contrarios y, sobre todo, con el pueblo que merece respeto y consideración porque de él surgirán los que decidan con su voto los resultados finales de una votación. No puede ni debe haber campañas sucias y malintencionadas, campañas que creyendo ser efectivas son totalmente negativas en sus consecuencias.

 
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