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Las arrugas de Dorian Gray

María Luisa Etchart

Oscar Wilde no fue un escritor demasiado prolífico. Sus obras completas caben en un volumen, pero su vida y su martirio añadieron misterio e interés a sus escuetas pero bellísimas obras literarias.

Sus cuentos “El Gigante Egoísta”, “El Ruiseñor y la Rosa” y “El Príncipe Feliz”, entre otros, merecerían figurar en los muchas veces aburridos libros de lectura infantiles, por encerrar pensamientos de amor y compasión capaces de conmover a niños y adultos.

Su única novela, “El Retrato de Dorian Gray”, nos habla de un personaje exteriormente bello, de clase social acomodada, que sólo vive para sus placeres y lucimiento, desconociendo a los que lo rodean en su condición de seres humanos y que, por un efecto mágico, logra transcurrir su vida sin reflejar en su rostro las marcas del paso del tiempo y de su comportamiento cruel y egoísta. El autor presupone que el rostro de una persona va reflejando sus acciones y que éstas dejan su huella y por eso crea la existencia de un retrato pintado por un amigo, a donde van a parar esas vivencias, mientras el rostro original se libra de tales marcas. Así, Dorian vivirá eternamente joven y bello a pesar de su vida casi monstruosa, mientras el retrato celosamente escondido irá incorporando las arrugas y rictus, la expresión de sus ojos y boca producto de su actitud ante la vida.

Las imágenes que vemos actualmente en material impreso, películas y televisión están llenas de rostros que no sólo no parecen haber registrado el paso del tiempo, sino que parecen destinados a enrostrarnos nuestro propio envejecimiento como algo detestable, algo de lo que hay que librarse por cualquier medio quirúrgico. Labios pletóricos de siliconas, dentaduras perfectas, sonrisas permanentes, pieles estiradas, rasgos modificados en busca de una dudosa belleza, ojos que parecen no tener demasiada expresión pero que están allí, enormes y deslumbrantes mirándonos desde un vacío interior que se percibe. Acompañando esta falsa juventud, la actitud de sus portadores (hombres y mujeres) parecen querer decirnos: “Soy mucho más poderoso que tú, simple mortal. Tengo el dinero y la fuerza de voluntad suficientes para someterme a lo que sea necesario para no envejecer y por eso estoy aquí para que me mires y te sientas en total indefensión ante tu propio deterioro.”

Por algún motivo que desconozco, sin embargo, tanta falsa fachada parece casi inexorablemente mostrar un deterioro mental, una necesidad constante de mostrar que se está espléndido, que la vida no les ha tocado, que es más importante el envase que el contenido, que no se debe expresar nada que pueda sugerir maduración, fruto del sufrimiento, ni pensamientos demasiado profundos, no sea cosa que de golpe aparezca una nueva arruguita, y entonces es inevitable preguntarse: ¿No será que, a falta de un retrato que se haga cargo de las arrugas y vivencias, éstas, siguiendo el principio de “nada se pierde, todo se transforma”, éstas se han introducido subrepticiamente en el alma?

La autora es argentina residente en Costa Rica.

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